El Defectuoso

600 Words
Diez años después. Bastión del clan Darius. ​Elian escupió sangre en el polvo del patio. ​Otra vez. ​—Levántate, basura. ​Valen, su primo, hizo girar una pequeña esfera de fuego en la palma de su mano. Era un Nivel Dos. Un prodigio para sus dieciséis años, o eso decían los ancianos del clan. ​Elian se limpió la boca con el dorso de la mano y se incorporó lentamente. Su ropa no era más que tela de saco remendada, empapada en sudor por haber estado cargando lingotes de hierro desde el amanecer. ​No dijo nada. Había aprendido hacía mucho tiempo que las palabras solo traían más quemaduras. ​—¿Te crees superior por mantenerte en silencio, Defectuoso? —Valen escupió a los pies de Elian—. Tu padre fue un héroe. Tu madre una santa. Y tú eres un simple esclavo sin nivel. Un error genético. ​La esfera de fuego en la mano de Valen voló hacia el pecho de Elian. ​Elian no intentó esquivarla. Si lo hacía, Valen usaría eso como excusa para golpearlo hasta romperle los huesos. El fuego golpeó su hombro, quemando la tela y chamuscando su piel. Elian apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes, ahogando un grito. ​A lo lejos, en el balcón superior que daba al patio de entrenamiento, una figura los observaba en silencio. ​Era Darius, el líder del clan. Su tío. ​Darius no intervino. Nunca lo hacía. Disfrutaba viendo cómo el hijo de su difunto y odiado hermano perfecto era pisoteado por el fango. Ver a Elian reducido a la nada era el trofeo diario de Darius. ​—Suficiente, Valen —gritó uno de los guardias del perímetro, no por compasión, sino por aburrimiento—. Deja al huérfano. Las campanas están a punto de sonar. ​Valen bufó, apagando el fuego de su mano con un gesto arrogante. —Lávate esa sangre de la cara, Defectuoso. No quiero que manches el suelo sagrado durante la ceremonia. Hoy es el día en que los ancianos confirmarán lo que todos ya sabemos. ​Elian se quedó solo en el patio mientras su primo se alejaba riendo. ​Se tocó la quemadura del hombro. Ardía, pero el dolor físico era algo a lo que ya estaba acostumbrado. Lo que realmente le quemaba por dentro no era el fuego de un Nivel Dos. Era la impotencia. Elian se limpió la boca con el dorso de la mano y se incorporó lentamente. El viento caliente del patio agitó su cabello oscuro y desordenado, que le caía sobre la frente ocultando unos ojos profundos y cansados. Era alto para sus dieciséis años, pero la desnutrición lo hacía ver demasiado delgado. Su piel, curtida por el sol implacable, estaba cubierta de pequeñas cicatrices y moretones, testimonios mudos de una vida de abusos. A pesar de los harapos de tela de saco que vestía, había una dureza en su mandíbula cuadrada que ni los golpes de Valen podían quebrar. ​Cerró los ojos, recordando vagamente un destello de luz cálida y el rostro borroso de un hombre con espadas de cristal. Sus padres. ​"¿Por qué me dejaron en este infierno?", pensó. ​El sonido ensordecedor de los cuernos de guerra resonó por todo el Bastión. Era la llamada. La Ceremonia de los Niveles iba a comenzar. ​Elian suspiró, enderezó su espalda a pesar del dolor y caminó hacia su humillación pública. No tenía poder, no tenía magia. Pero juró por su sangre que, de alguna manera, sobreviviría a todos ellos.
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