El cuerpo de Juan Daniel había quedado destrozado, prácticamente todos sus huesos rotos. Pero como si Dios lo hubiese escuchado, sus órganos principales, su cerebro, sus ojos, todo lo demás estaba bien dentro de lo que podía estar mal, muy mal. —Luciana, hora del almuerzo. Fernanda todos los días la acompañaba, más que por que ella lo necesitará, era porque la rubia no se movía del lado de su esposo, lloraba en silencio cuando le hablaba y no obtenía ninguna respuesta. Lo acariciaba y ayudaba con los baños de espuma en las partes que podían bañarlo. —Lo sé, gracias. Y Fernanda estaba allí junto a ella para recordarle, que debía comer, beber agua y caminar, extrañamente lo que no había pasado hasta ese momento sucedió y la barriga de Luciana se mostró, el bebé parecía que quería llama

