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El Pecado Del Lobo

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Blurb

Rachel Smith, una chica de 18 años, vive en Lilyvern, un pueblo en Estados Unidos. Lleva una vida normal junto a sus padres y su novio Evan, con quien cortará su relación debido a una infidelidad.

Ella, junto con su familia empezará a entablar una amistad con los vecinos recién mudados del vecindario, entre los que destaca su hijo, Romus Prescott, un joven atractivo a quien Rachel se acercará y con quien congeniará de gran manera, llegando a más que una amistad, aunque todo podría cambiar cuando Rachel descubra la inesperada e increíble naturaleza de Romus y su familia.

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Bienvenida
—¿Una cena —preguntó Rachel en su mensaje de texto—, es en serio? —Claro, hace mucho que no te invito a cenar. —respondió Evan desde su propio teléfono celular. Rachel escribió rápidamente en su aparato móvil y respondió. —Es un muy bonito detalle de tu parte. —Lo dices como si no fuéramos pareja. —escribió Evan. —Perdona, ¿lo somos? —bromeó Rachel. —Jajaja, deja de bromear, ¿quieres? —Al final de ese mensaje, se cargó al instante un pequeño emoticón de una carita riendo con lágrimas en sus ojos. —Será este fin de semana, ponte hermosa o me retractaré. —dijo, casi como una amenaza. —Claro, me pondré un vestido de seda. —dijo, colocando un par de emoticones engreídos a la derecha del texto. En cuanto pulsó «Enviar», se marcó casi al instante una doble palomita en el recuadro del mensaje, momento en el que tres burbujitas empezaron a agitarse en orden por debajo y al lado contrario del mensaje, indicando que estaba escribiendo. —Eso espero, además tengo algunas cosas de las que hablarte. —¿Me propondrás matrimonio? —respondió ella—. No pretendo casarme a los 18, aun soy muy joven. —Ni yo a los 20. —respondió él. Mientras hablaba con su novio, Rachel estaba recostada de la parte alta de la ventana de su habitación, teniendo vista total sobre la casa del frente, la cual en estos momentos estaba terminando de ser equipada por la mudanza de la nueva familia que la estaba ocupando. Vio como un hombre se montaba en el camión de la mudanza y partía con él, habiendo acabado al fin al parecer, mientras ella con mirada indiferente lo observaba y esbozaba una que otra sonrisa al chatear con su novio. —¿Crees que tus padres te permitan ir? —le preguntó. —Claro, tu les agradas, además tampoco es que me retengan tanto, me dan mi libertad, ¿entiendes? —le respondió ella. En cuanto pulsó el botón de envío, tres golpecitos se escucharon en la puerta. —¿Sí? —preguntó Rachel en voz alta. La puerta se abrió y reveló a su madre, Linda Smith, una mujer castaña de 40 años, la cual lucía aún bastante joven. —Hola, cariño. ¿Puedo pasar? —preguntó la mujer. —No tienes que pedir permiso, mamá. —respondió la joven, sonriéndole a su madre. —Está bien —La señora entró al cuarto y le echó un vistazo a su hija—. ¿Por qué aun no estás arreglada? —le reprochó con las manos en su cintura. —¿Por qué habría de hacerlo? —Visitaremos a los nuevos vecinos, ¿Dónde están tus modales? —dictó la señora. —Prefiero quedarme aquí. —dijo, volviendo la vista hacia su celular. —No, señorita, irás con nosotros. Siempre es bueno conocer gente nueva. —mandó la madre, lanzándole un suéter azul marino. —Arréglate un poco, te esperamos. —dijo ella, caminando hacia la puerta y saliendo de la habitación. Rachel suspiró y rodó los ojos con fastidio, sin otra opción más que acceder. Miró de vuelta su celular y notó un nuevo mensaje de Evan. Ella lo leyó rápidamente y luego cortó la conversación, informándole de la situación. —Oye, dejaré de escribirte por ahora, mis padres quieren que los acompañé a saludar a los nuevos vecinos. Te amo. —le envió, incluyendo un emoticón soltando un beso. Ella se colocó el suéter, se arregló un poco el cabello, y con desinterés absoluto, salió por la puerta, bajando las escaleras y encontrándose a sus padres ya preparados en el primer piso. —Bien, hora de irnos —dijo Grand, su padre, dando un ligero aplauso—. Asegúrense de dar una buena impresión. —agregó, abriendo la puerta y dejando pasar a Linda y a Rachel primero. El trio realizó una corta caminata de casa a casa. Rachel miró hacia el cielo, el cual se encontraba invadido por nubes grises y oscuras. El clima estaba frío y los árboles se agitaban un poco por el viento gélido. El padre tocó la puerta de la casa ajena y junto con la madre esperaron. Rachel se quedó atrás de ellos, con las manos entre sus bolsillos, denotando aburrimiento y enfocando su atención más que nada en el vehículo que parecía tener esa familia. Era una camioneta gris con un diseño bastante llamativo, era alta y no lucía demasiado nueva, aun así, le llamaba la atención. La puerta se abrió y Rachel enfocó su atención hacia el joven que se mostró por ella. Tenía el cabello n***o y corto, piel algo bronceada y ojos grises. Tenía una barba de unas pocas semanas y una mirada segura y seria. —¡Hola! ¿Qué tal? —saludó Grand, contento. —Bienvenidos a Lilyvern —habló Linda—. Pueblo agradable, climas lluviosos y vecinos lindos. —agregó, intentando halagar al joven. —Yo soy Grand y ella es mi esposa, Linda. Un placer conocerlos. —dijo el hombre, rodeando los hombros de su esposa en un cálido abrazo. —Oh, y ella es nuestra hija, Rachel. —presentó Linda. Rachel solo sonrió y alzó ligeramente la mano en un saludo. —Hola. —dijo sin más. Detrás del joven se asomó un señor mayor, sonriendo al igual que el primero. —Wow, gracias. Esto es muy considerado de su parte. —dijo el señor, sonriente y halagado. El joven salió un poco por la puerta y le dio espacio al señor. —Él es mi padre, Frank Prescott —lo presentó—. Y yo soy Romus Prescott. —¿Romus? —preguntó Rachel, curiosa. —Lo sé, es extraño. Cortesía de mi padre. —dijo, al parecer no orgulloso de su nombre. —Hijo, tengo mejor gusto que tu madre, de haber escuchado los nombres que quería ponerte desearías conservar el tuyo por siempre. —dijo, riendo ligeramente con los padres de Rachel. —Te lo agradezco, padre. —respondió Romus, sonriendo. —¡Querido! —llamó una voz femenina al fondo. —Oh, hablando del diablo. —Abby, ven aquí. Los vecinos nos visitan. —dijo el señor, volteando hacia atrás. Una mujer de cabello castaño se mostró muy contenta al ver al trio. Dando ligeros saltitos se acercó a ellos y se abalanzó hacia Linda, regalándole un abrazo de gratis. —Hola, ¿qué tal? Queríamos darles la bienvenida, esperamos no molestar. —dijo Linda. —De ninguna manera, son bienvenidos —Dijo la mujer—. Soy Abby Prescott. Hamilton de soltera. —agregó. —Oye, no tienen por qué saber eso, ¿acaso planeas dejarme? —preguntó Frank sonriente. —Lo he considerado. —bromeó Abby, riendo con los padres de Rachel, a quien también le logró sacar una sonrisa. —Adelante, por favor, pasen. —invitó la mujer. Ambos padres entraron a la casa, mientras Rachel volvía la mirada hacia la camioneta. Los autos no eran su pasión, pero le encantaría tener una similar a esa. —¿Sabes conducir? —le preguntó Romus repentinamente, haciéndola girar hacia él de forma rápida. —Sí, me enseñó mi padre. —respondió, con una sonrisa. —El mío igual. —Él respondió a su sonrisa con una similar, mostrando su dentadura superior, blanca como la nieve y casi plateada, además de unos colmillos largos que se asomaban. A ella se le hizo raro, pero lo dejó pasar, pues todo el mundo tenía sus defectos dentales. —¿Quieres verla? —le preguntó suavemente. —Me gustaría. —respondió Rachel, algo entusiasmada. Él le sonrió y agitó su cabeza un poco, señalando que se dirigiera a ella. Él fue el primero en caminar, guiándola hacia la camioneta. Al llegar, extendió sus brazos hacia el auto. —Chevrolet, 4x4, cerrada, color gris ya opacado —dijo con voz aburrida—. No está mal. —¿No está mal? —replicó Rachel, sin creerse que lo dijera de tal forma. —Para mí es excelente. —Me alegro. —respondió él, sonriendo y con sus manos guardados en los bolsillos de su pantalón. Él sacó una de sus manos y arrojó algo hacia Rachel, a lo que los reflejos de esta reaccionaron al instante. Sujetó aquello con delicadeza y lo detalló, notando que eran las llaves del vehículo. —¿Me das un tour? Aun no conozco el pueblo. —dijo él, caminando hacia el lado del pasajero del auto. Rachel sonrió entusiasmada y subió a la parte del conductor, cerrando la puerta y acomodándose en el asiento, sujetando el volante con una sonrisa en sus labios. Romus subió después de ella, suspirando al cerrar la puerta y recostándose del asiento. —¿Es tuya? —preguntó ella. —De mi padre, pero dispongo de ella cuando se me antoja —respondió—. No lo comentes. —agregó, colocando su dedo índice en sus labios para fingir un pacto de silencio. —Descuida, no lo haré. —Ella sonrió, introdujo las llaves en el encendido y arrancó el motor, apretando ligeramente el acelerador para escuchar su rugido. Ella sin más, arrancó, incorporándose a la carretera y acelerando por el asfalto cada vez más. Ligeras gotas tocaron el parabrisas y se deslizaban lentamente por este. —No hace un buen clima, ¿no? —No, casi siempre es así. —Me agrada. —Romus miraba por la ventana y detallaba cada lugar por el que pasaban. —Y dime, ¿de dónde eres? —preguntó ella, averiguando un poco. —De Chicago. —respondió él. —¿Eres de la ciudad? —Así es. Allí era agradable, pero un día presenté mis molestias por el líder de la familia y me echaron. —¿Líder? —preguntó ella, confundida, enfocando su atención en la carretera. —Mi abuelo —aclaró él—. Es el pilar de la familia, un hombre adinerado. —Ya veo. —Con algo de dinero decidí mudarme a un pueblo al sur de la ciudad. —explicó. —¿Y tus padres? —Son muy apegados a mí, decidieron acompañarme sin yo pedírselos. —Es lindo. —dijo ella, sonriendo. —Es muy cursi. —Se preocupan por ti. —De más, diría yo. Rachel siguió conduciendo, disfrutando tanto del paseo en el auto como de su plática con Romus, un posible nuevo amigo.

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