El despacho de Mateo en la mansión Lombardo era un santuario de orden y frialdad. Valerio ya estaba allí, sentado frente a la computadora con una expresión inusualmente seria. El aire festivo de la planta baja se sentía a kilómetros de distancia; aquí arriba, solo importaba la tinta y el papel.
—Siéntate, Ágata —ordenó Mateo, señalando una silla de cuero frente a su escritorio.
Ella obedeció, manteniendo la espalda recta. Valerio comenzó a teclear, el sonido rítmico era lo único que llenaba la habitación.
—El matrimonio será en un mes —comenzó Mateo, cruzando las manos sobre el escritorio—. Durante ese tiempo, se harán los preparativos legales y la transferencia de la deuda de tu padre a mis libros. ¿Aceptas?
—Acepto —respondió ella sin pestañear.
Mateo la observó un segundo más de lo necesario. La sumisión de Ágata empezaba a irritarlo; quería una reacción, un grito, algo que le recordara que era humana y no una muñeca de porcelana.
—Quiero oír tus condiciones —dijo Mateo de repente.
Valerio detuvo el tecleo y levantó la vista, sorprendido. En los contratos de la mafia, la mujer rara vez tenía voz. Ágata parpadeó, desconcertada.
—¿Mis... mis condiciones?
—No soy un tirano, Ágata. Si vas a estar a mi lado cinco años, quiero saber qué esperas a cambio, además de la libertad de tu padre.
Valerio anotó la duración del contrato mientras Ágata jugaba con el borde de sus guantes de seda.
—Solo pido una cosa —dijo ella, su voz ganando una fuerza inesperada—. Me falta un año para terminar mi carrera de abogacía. Quiero que me permitas seguir asistiendo a mis prácticas en el despacho y graduarme. No quiero ser solo... una esposa.
Mateo arqueó una ceja. Esperaba que pidiera habitaciones separadas, una asignación económica mensual exorbitante o que él no tocara su cuerpo. Pero ella pidió libros y leyes. Asintió hacia Valerio.
—Concedido. Mientras cumplas con tus deberes sociales como mi esposa, no interferiré con tu carrera. Mis condiciones son simples: el contrato durará cinco años mínimo, lealtad absoluta y... —Mateo hizo una pausa, clavando sus ojos en los de ella— deberemos tener al menos un heredero. El apellido Lombardo necesita continuidad.
Ágata tragó saliva. Sus dedos se apretaron contra sus muslos, pero asintió.
—Entiendo.
Valerio imprimió el documento. El sonido de la impresora pareció una sentencia de muerte en el silencio del despacho. Ambos firmaron con trazos firmes. Mateo tomó el papel, pero su mirada se desvió a las manos de Ágata. Ella estaba tirando frenéticamente de sus guantes, intentando cubrirse las muñecas.
—Quítate los guantes —dijo Mateo. Su tono ya no era de negocios; era una orden cargada de sospecha.
—No... yo... hace frío —tartamudeó ella, retrocediendo un paso.
—Ágata. Quítatelos. Ahora.
Ella tembló, pero la obediencia estaba grabada a fuego en su alma. Se deslizó la seda negra lentamente. Mateo se puso de pie y rodeó el escritorio. Tomó sus manos y giró sus brazos. Tres cicatrices blancas y gruesas cruzaban su piel pálida. Con un movimiento brusco, Mateo la giró, notando que el encaje del vestido en la espalda no lograba ocultar marcas similares que subían hacia su nuca. Parecían huellas de un látigo o un cinturón.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó Mateo. Su voz era un rugido contenido.
Ágata intentó zafarse, pero él la sujetó con firmeza, aunque sin lastimarla.
—¡Dime quién fue! —exigió Mateo, subiendo el volumen.
Ágata se encogió, las lágrimas desbordándose finalmente. El pánico en sus ojos fue la respuesta que Mateo no quería escuchar. Ella retrocedió hasta chocar con la estantería, sollozando en silencio. Mateo sintió una furia negra, una que no sentía ni en las guerras de territorio. Se acercó de nuevo, esta vez con movimientos lentos, y tomó sus manos con una delicadeza que sorprendió incluso a Valerio.
—¿Fue Fabricio? ¿Fue tu padre, Ágata? —preguntó, esta vez en un susurro letal.
Ágata asintió levemente, ocultando el rostro entre sus hombros. Valerio soltó una maldición por lo bajo y cerró la computadora de golpe.
La mandíbula de Mateo se tensó. En su mundo mataban, extorsionaban y destruían, pero había códigos. Y golpear a una hija hasta dejarle marcas de por vida no era uno de ellos. La decisión se tomó en su mente antes de que pudiera procesarla.
—No vas a volver a esa casa —sentenció Mateo—. Valerio, cancela el transporte de los Donati. Que se larguen. Ágata se queda aquí desde esta noche.
—Mateo... mis cosas... mis libros de estudio están allá —suplicó ella entre hipos.
—Iremos por ellos mañana. No volverás a pasar un segundo bajo el mismo techo que ese animal. Valerio, encárgate de que Fabricio entienda que, si toca a Ágata de nuevo, el contrato se cancela y su funeral se adelanta para mañana mismo.
Mateo llamó a una de las empleadas de confianza de la mansión.
—Lleva a la señorita Ágata a la habitación frente a la mía. Dale ropa de dormir y asegúrate de que tenga todo lo que necesite.
La empleada guio a una Ágata aturdida fuera del despacho. Al quedarse solos, Mateo golpeó la pared con el puño, dejando una grieta en el yeso.
—Ese infeliz la estaba rompiendo, Valerio —gruñó Mateo.
—Lo sé, capo. Pero ahora es tuya —respondió Valerio con seriedad—. Y algo me dice que Fabricio Donati acaba de firmar su propia sentencia, aunque todavía no lo sepa.
Minutos después, en la soledad de la habitación frente a la de Mateo, Ágata se puso la pijama de seda que le habían entregado. Se hundió en las sábanas de hilos caros, sintiendo por primera vez en veintidós años que la puerta de su habitación no necesitaba una cerradura para sentirse a salvo. El monstruo que la había comprado acababa de convertirse en el único hombre que la había defendido de su propio padre.