998 Words
La mansión Lombardo no era un hogar; era una fortaleza de mármol y cristales blindados. El aire vibraba con el sonido de la orquesta de cámara y el tintineo de copas de cristal de Baccarat. Hombres con trajes de tres piezas y armas ocultas bajo la axila conversaban con mujeres envueltas en diamantes. En el centro de todo, Mateo mantenía su mano firmemente anclada en la cintura de Ágata, presentándola como el trofeo más valioso de la noche. —Sonríe, Ágata —le susurró Mateo al oído, su aliento rozando su cuello —esta gente huele el miedo, y no permitiré que piensen que mi futura esposa es una presa fácil. Ágata asintió, forzando una curva en sus labios que no llegaba a sus ojos tristes. Tras dos horas de saludos hipócritas y miradas lascivas de los socios de Giacomo, sintió que las paredes se cerraban sobre ella. —Señor Lombardo... ¿podría ir un momento al tocador? —preguntó ella en un hilo de voz. Mateo la recorrió con la mirada, detectando el cansancio en sus hombros. —Cinco minutos. No te desvíes del pasillo principal —sentenció él, soltándola con renuencia. Ágata caminó hacia el pasillo lateral, buscando desesperadamente un segundo de silencio. El corredor que llevaba a los baños era opulento, flanqueado por estatuas y cuadros renacentistas, pero estaba desierto. Al salir del tocador, tras mojarse las muñecas con agua fría para calmar sus nervios, una sombra bloqueó su camino. Era Enzo Valli, uno de los socios más antiguos y problemáticos de los Lombardo. Un hombre de unos cincuenta años, con ojos saltones y una sonrisa que revelaba demasiada ambición y poco respeto. —Vaya, vaya... pero si es la joya de la corona —dijo Enzo, barriendo el cuerpo de Ágata con una mirada que la hizo sentir sucia —Fabricio realmente se guardó lo mejor para el final. Lucrecia es divertida, pero tú... tú tienes ese aire de santita que dan ganas de profanar. Ágata intentó pasar por su lado, manteniendo la cabeza baja. —Con su permiso, señor Valli. Me están esperando. Enzo extendió un brazo, bloqueándole el paso contra la pared de mármol. El olor a tabaco y alcohol barato inundó el espacio personal de Ágata. —No tengas tanta prisa, preciosa. Mateo es un hombre ocupado. Un socio tan importante como yo merece una bienvenida adecuada de la futura señora Lombardo, ¿no crees? —Enzo alargó una mano regordeta, intentando acariciar la mejilla de Ágata. Ella retrocedió, su espalda chocando contra la pared fría. Por un segundo, el miedo la paralizó, recordándole los golpes de su padre. Pero entonces, algo en su interior, la futura abogada que estudiaba leyes para defender a los indefensos, despertó. —Quite su mano de encima —dijo Ágata. Su voz no tembló. Sus ojos se clavaron en los de Enzo con una fijeza que lo sorprendió —Soy la prometida de Mateo Lombardo. Si me toca, no solo estará faltando al respeto a una mujer, estará firmando su propia sentencia con la familia que le da de comer. Enzo soltó una carcajada ronca, aunque sus ojos mostraron un destello de duda. —Tienes garras, gatita. Eso me gusta m... —Ella te dio una orden, Enzo. La voz de Mateo llegó desde el inicio del pasillo, tan fría y afilada como un bisturí. Mateo caminaba hacia ellos con una lentitud aterradora, sus manos metidas en los bolsillos de su pantalón, pero con una postura que gritaba violencia inminente. Enzo se apartó de Ágata como si ella quemara, palideciendo al instante. —Mateo... solo estábamos... bromeando. Solo felicitaba a la novia —tartamudeó el hombre, retrocediendo. Mateo se detuvo frente a él. Era mucho más alto, más joven y mil veces más peligroso. Sin previo aviso, Mateo tomó a Enzo por el nudo de la corbata, estampándolo contra la pared en la que segundos antes estaba Ágata. —Si vuelves a respirar el mismo aire que ella, si vuelves a mirarla sin mi permiso, te cortaré los párpados para que no puedas volver a cerrar los ojos cuando te envíe al fondo del río —susurró Mateo al oído de Enzo, con una calma que daba más miedo que cualquier grito. —Lo siento... lo siento, Mateo. No volverá a pasar —gimió Enzo, temblando. Mateo lo soltó con desprecio, como quien tira una bolsa de basura. Enzo huyó por el pasillo sin mirar atrás. El silencio volvió a reinar. Ágata permanecía inmóvil, con el corazón martilleando contra sus costillas. Mateo se giró hacia ella. Su mirada, antes letal, se suavizó un ápice al notar que ella aún estaba temblando levemente. —¿Te tocó? —preguntó Mateo, acercándose un paso. —No... llegaste antes —respondió Ágata, bajando la vista. Mateo levantó el mentón de Ágata con el dedo índice, obligándola a mirarlo. Estaba sorprendido. No esperaba que ella se defendiera sola antes de que él interviniera. "Sentencia con la familia", había dicho ella. Estaba aprendiendo rápido. —No vuelvas a separarte de mi lado en toda la noche —ordenó Mateo. Pero esta vez, su mano no fue a su cintura, sino que entrelazó sus dedos con los de ella, apretándolos con firmeza —apartir de ahora, eres una Lombardo. Y nadie, absolutamente nadie, te pone la mano encima sin morir por ello. Ágata sintió el calor de su mano. Por primera vez en su vida, alguien la defendía de un depredador en lugar de entregársela. Era un sentimiento confuso, estaba bajo el control de un mafioso, pero dentro de su jaula, se sentía más protegida que en su propia casa. —Entendido —susurró ella. Regresaron al salón de la mano, marcando una imagen de unidad que dejó a los invitados (y especialmente a una furiosa Lucrecia) en total silencio. El compromiso era oficial, y el mundo de la mafia acababa de entender que Ágata Donati ya no era una moneda de cambio, sino la propiedad personal de Mateo Lombardo.
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