El trayecto hacia la mansión Donati fue un silencio sepulcral, solo interrumpido por el rugido del motor del Lamborghini. Mateo conducía con una mano, manteniendo la otra sobre la palanca de cambios, observando de reojo a la mujer que parecía fundirse con el asiento de cuero. Ágata no pidió explicaciones, no preguntó a dónde iban. Parecía haber aceptado que su voluntad ya no le pertenecía.
Al llegar a la propiedad de los Donati, Mateo estacionó bruscamente. Del asiento trasero tomó una caja de seda negra, pesada y elegante, con el sello de una de las casas de alta costura más exclusivas de Europa. Se la extendió a Ágata sin mirarla.
—Tienes exactamente 20 minutos para estar lista —sentenció Mateo, consultando su reloj de pulseran—Ni un segundo más. Nos esperan.
Ágata tomó la caja. Sus dedos rozaron la seda fría y asintió con una sumisión que empezaba a inquietar a Mateo. Bajaron del auto y entraron a la casa. En el vestíbulo, Fabricio y Lucrecia ya los esperaban, vestidos de gala. Lucrecia lucía un vestido rojo carmesí, excesivamente corto y escotado, diseñado para robarse cada mirada en la habitación.
Al ver entrar a Mateo, Lucrecia se enderezó, humedeciendo sus labios y lanzándole una mirada cargada de una intención depredadora. Recorrió el cuerpo del heredero Lombardo con descaro, esperando que él cayera ante su encanto. Sin embargo, Mateo solo le dedicó una mirada fugaz, una cargada de un asco tan evidente que Lucrecia retrocedió un paso, ofendida.
—Sube, Ágata. El reloj corre —ordenó Mateo, ignorando el saludo de Fabricio.
Ágata subió las escaleras a toda prisa. Una vez en su habitación, abrió la caja. El aliento se le escapó. Era un vestido n***o de seda, con un corte corazón que resaltaba sus clavículas y mangas caídas que le daban un aire etéreo y elegante. No era un vestido para una sirvienta; era el vestido de una reina oscura.
Se duchó en tiempo récord, sintiendo el agua caliente lavar el rastro de cansancio del despacho. Con manos ágiles, se enfundó en la seda. El vestido se ajustaba a su cintura como una segunda piel, cayendo en una falda larga que bailaba a cada paso. Se calzó las zapatillas de tacón medio, consciente de que no quería destacar más de lo necesario, pero el espejo le devolvió una imagen que no reconocía. Aplicó un poco de máscara de pestañas, un toque de gloss rosa en sus labios y una pizca de rubor para ocultar su palidez. Dejó que su cabello castaño cayera en ondas naturales, una cascada que enmarcaba su rostro juvenil. y tapaba las cicatrices que el vestido no lograba tapar.
Abajo, en el gran salón, el ambiente era tenso. Fabricio intentaba entablar conversación con Mateo, pero este solo respondía con monosílabos, manteniendo la vista fija en la escalera. Lucrecia bufaba, molesta por ser ignorada.
Exactamente a los veinte minutos, el sonido de unos tacones sobre el mármol hizo que todos levantaran la vista.
Ágata apareció al borde de la escalera. Mateo, que estaba apoyado contra una columna con aire aburrido, se enderezó lentamente. Sus ojos se oscurecieron. Sin la ropa holgada del despacho y sin el peso de los expedientes, Ágata era... deslumbrante. Tenía una belleza clásica, pura, que contrastaba violentamente con el mundo de pecado en el que él vivía.
Fabricio se quedó petrificado. El color abandonó su rostro y el vaso de whisky que sostenía estuvo a punto de resbalar de sus dedos.
—Dios mío... —susurró Fabricio, con la voz quebrada por un destello de algo parecido al remordimiento —Eres... eres igual a ella.
Era el vivo retrato de tu madre —la misma elegancia silenciosa, la misma mirada que parecía ver a través de las mentiras. Por un segundo, el odio que Fabricio sentía por Ágata se mezcló con el fantasma de la mujer que amó y perdió, haciéndolo retroceder.
Lucrecia, por su parte, apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. El vestido n***o de Ágata, aunque más discreto que el suyo, emanaba una clase que ella jamás podría comprar. La "sirvienta" de la casa acababa de eclipsarla por completo.
Mateo caminó hacia la base de la escalera y extendió su mano hacia Ágata.
—Puntual —murmuró él, su voz ahora con un matiz más bajo, casi íntimo—. Vámonos
—Ágata colocó su mano pequeña sobre la de él. La piel de Mateo estaba caliente, firme. La guio hacia la salida, dejando atrás a su familia.
—Ustedes nos siguen en su auto —ordenó Mateo a Fabricio sin mirarlo —ya saben que mis padres no perdonan la impuntualidad.
Subieron al Lamborghini. El viaje hacia la mansión Lombardo fue diferente. Mateo conducía con más agresividad, como si la belleza de Ágata hubiera inyectado una dosis de adrenalina en su sistema. Sabía que esta noche, en la fiesta de compromiso, todos los ojos estarían sobre ellos. Los invitados más influyentes de la ciudad, desde políticos corruptos hasta jefes de otras familias, estarían allí para ver a la mujer que había logrado "atar" al heredero más indomable de la mafia.
Ágata miraba sus manos enguantadas, preguntándose si alguna vez volvería a ser la chica que revisaba leyes en un despacho. Mientras el auto se detenía frente a la imponente mansión de los Lombardo, rodeada de seguridad armada y fotógrafos, comprendió que el contrato ya no era solo un papel. Era una jaula de oro, y Mateo Lombardo acababa de cerrar la puerta con llave.