La oficina de Giacomo Lombardo olía a tabaco caro y a decisiones que cambiaban el destino de las personas. Mateo Lombardo, el heredero del imperio, permanecía de pie frente al ventanal, observando las luces de la ciudad que pronto le pertenecería por completo.
Su figura, imponente y vestida con un traje a medida que costaba más que el salario anual de cualquier mortal, irradiaba una tensión peligrosa.
—No voy a casarme con esa mujer, padre —sentenció Mateo, sin girarse —Lucrecia Donati es una víbora que solo busca el brillo del oro y la atención de cualquier hombre con pantalones. No permitiré que una mujer así camine a mi lado. Es un insulto a nuestro apellido.
Giacomo soltó una carcajada ronca desde su sillón de piel.
—¿Crees que soy idiota, Mateo? Sé exactamente quién es Lucrecia. Por eso, el contrato no es con ella.
Mateo se giró lentamente, arqueando una ceja poblada. Sus ojos oscuros, fríos como el hielo, analizaron a su progenitor.
—Fabricio tiene otra hija —continuó Giacomo, deslizando un sobre sobre la mesa —Ágata. La menor.
—¿Otra hija? —Mateo frunció el ceño —He estado en todas las reuniones, en todas las galas. Jamás he visto a una "Ágata". Fabricio solo presume a su primogénita.
—Eso es porque Ágata no es como ellos. Fabricio la tiene en la sombra, tratándola más como a una empleada que como a una Donati. Es joven, es virgen y, lo más importante para nuestro negocio, es sumisa. No causará problemas, no gastará tu fortuna en escándalos y te dará los herederos que este imperio necesita.
Mateo guardó silencio. La idea de una mujer "fantasma" despertó una chispa de curiosidad que no esperaba sentir. Sin decir palabra, tomó el sobre y salió del despacho.
En su propia oficina, a pocas cuadras de distancia, Valerio, su mano derecha y mejor amigo desde la infancia, ya lo esperaba sentado en el borde del escritorio, jugando con una navaja automática.
—¿Y bien? ¿Ya tenemos fecha para el funeral de tu soltería? —bromeó Valerio con una sonrisa ladeada.
—Quiero todo sobre Ágata Donati Greco —ordenó Mateo, lanzándose a su silla—. Ahora.
Valerio no necesitó que se lo repitieran. Sabía que cuando Mateo usaba ese tono, el tiempo era oro. Se deslizó hacia su computadora y, tras unos minutos de tecleo frenético, imprimió un fajo de hojas que dejó frente a su jefe.
—Aquí tienes, capo. Ágata Donati, 22 años. Practicante en el despacho Martínez & Asociados. No tiene r************* activas, no frecuenta clubes, no tiene registro de novios ni escándalos. Básicamente, la mujer vive entre su cubículo de abogacía y la mansión de su padre.
Mateo leyó el informe con detenimiento. La foto del expediente mostraba a una joven de ojos grandes y tristes, con el cabello recogido con sencillez. No había rastro de la arrogancia de Lucrecia.
—Parece una santa, Mateo —soltó Valerio con una carcajada —Es casi demasiado perfecta. O es una genio ocultando sus pecados, o te acabas de ganar la lotería de las esposas trofeo. Una abogada inocente en una familia de lobos. Es... poético.
—Nadie es tan perfecto, Valerio —murmuró Mateo, cerrando el expediente —Averigua a qué hora sale de ese despacho.
—A las 8 en punto. Es tan puntual que podrías sincronizar tu reloj con ella.
Mateo se puso de pie, tomando las llaves de su Lamborghini n***o mate. Sus labios se curvaron en una sonrisa depredadora.
—Es hora de conocer a mi prometida.
A las 8 de la noche, la calle frente al bufete de abogados estaba inusualmente silenciosa, hasta que el rugido gutural de un motor de doce cilindros rompió la paz. El Lamborghini n***o de Mateo se detuvo justo frente a la puerta principal, estacionándose en doble fila con la arrogancia de quien sabe que nadie se atreverá a multarlo.
Ágata salió del edificio acompañada de Tiziano. Ella caminaba con la mirada fija en el suelo, mientras él hablaba con vehemencia, gesticulando con las manos.
—Ágata, por favor, déjame llevarte a casa. Podemos seguir hablando de esto, no puedes simplemente rendirte...
Tiziano se detuvo en seco al ver el auto. La puerta de tijera del Lamborghini se elevó, y Mateo Lombardo emergió de la oscuridad como una aparición salida de una pesadilla elegante. El contraste era brutal, Tiziano con su traje de oficina un poco gastado y su aire de intelectual, frente a Mateo, que desprendía un aura de peligro crudo y riqueza obscena.
Mateo caminó hacia ellos, ignorando por completo la existencia de Tiziano. Sus ojos estaban fijos en Ágata, evaluándola de arriba abajo. Era más pequeña de lo que imaginaba, más frágil.
—Ágata Donati —la voz de Mateo vibró en el aire frío, reclamando su nombre.
Tiziano dio un paso al frente, intentando interponerse, pero Mateo ni siquiera parpadeó.
—¿Quién es usted? —preguntó Tiziano, su voz cargada de una valentía que no ocultaba su nerviosismo—. Ella no va a ninguna parte con un desconocido.
Mateo finalmente desvió la mirada hacia el abogado, una mirada cargada de un desprecio letal.
—Soy el hombre con el que se va a casar —respondió Mateo con una calma aterradora —Así que te sugiero que des un paso atrás antes de que mi paciencia se agote.
Tiziano palideció, girándose hacia Ágata.
—¿Es él? Ágata, no tienes que hacerlo. ¡Dile que no! ¡Entra de nuevo al despacho!
Ágata miró a Tiziano con una tristeza infinita, y luego levantó la vista hacia Mateo. Sus ojos se encontraron, y por un segundo, Mateo se sorprendió. Esperaba miedo, quizás llanto o resistencia. Pero en los ojos de Ágata solo vio una aceptación absoluta, una sumisión que rayaba en la derrota total.
Sin decir una sola palabra, Ágata pasó al lado de Tiziano. Caminó hacia el auto deportivo y se detuvo frente a la puerta abierta del copiloto.
—Buenas noches, señor Lombardo —susurró ella, con la voz apenas audible.
Mateo se quedó inmóvil por un instante. La falta de resistencia lo descolocó más que cualquier grito. Se acercó a ella, colocándole una mano en la base de la espalda, un gesto posesivo que hizo que Tiziano apretara los puños en la acera, impotente.
—Sube al auto, Ágata —ordenó Mateo, su tono ahora un poco más suave, pero igual de dominante.
Ella obedeció sin dudar, deslizándose en el asiento de cuero con la elegancia de alguien que ya ha aceptado su destino. Mateo rodeó el coche, lanzándole una última mirada de advertencia a Tiziano antes de arrancar.
Mientras el motor rugía y se alejaban, Mateo observó de reojo a su prometida. Ella no miraba el lujo del auto, ni la velocidad a la que iban. Tenía las manos entrelazadas sobre su regazo, mirando la ciudad pasar como si fuera una película de la que ya no formaba parte.
"¿Qué clase de mujer eres, Ágata Donati?"
Se preguntó Mateo, sintiendo por primera vez que el contrato que su padre había firmado era mucho más complejo de lo que el papel decía. Ella era una santa rodeada de demonios, y él acababa de reclamarla como suya...