La mañana se filtró por las cortinas de seda de la mansión Lombardo, pero Ágata ya estaba despierta. El silencio de aquella habitación, tan diferente a los gritos matutinos de su padre, la hacía sentir en un sueño frágil. Mateo apareció en el umbral de la puerta, impecable en un traje gris carbón que resaltaba su autoridad.
—Tengo asuntos que atender en el puerto —dijo Mateo, su voz resonando con una firmeza que no admitía réplicas—. Valerio te llevará a recoger tus pertenencias.
Ágata asintió, apretando las manos sobre su regazo. Mateo se giró hacia su amigo, que esperaba en el pasillo con una sonrisa ligera.
—Valerio, no la dejes sola ni un segundo —ordenó Mateo, clavando sus ojos en los de su mano derecha—. No permitas que nadie se le acerque, especialmente su padre o su hermana. Aunque ella te pida espacio, no se lo des. Es una orden.
Valerio asintió con seriedad, captando la nota de posesividad letal en la voz de su jefe. Mateo le dedicó una última mirada intensa a Ágata antes de desaparecer por las escaleras.
El trayecto en el auto de Valerio fue, para sorpresa de Ágata, extrañamente ligero. A diferencia del silencio tenso que mantenía con Mateo, Valerio no paraba de hablar.
—¿Sabes? Mateo actúa como si fuera un bloque de hielo, pero anoche casi perfora la pared de su despacho cuando vio esas marcas —comentó Valerio, esquivando un auto con destreza—. En el fondo es un romántico... a su manera retorcida. Una vez rescató a un perro callejero y lo alimentó con filetes de primera durante un mes.
Ágata soltó una pequeña risa tímida, el sonido más dulce que Valerio había escuchado en mucho tiempo.
—¿De verdad? No imagino al señor Lombardo haciendo eso —susurró ella, sonriendo levemente.
—Oh, no se lo digas, o me cortará la lengua. Pero sí, tiene sus momentos. Y tú, futura señora Lombardo, parece que has sacado su lado más... territorial.
Valerio observó a Ágata por el espejo retrovisor. Al ver su sonrisa genuina, sintió una punzada de ternura. No era atracción; era el instinto de un hermano mayor queriendo proteger a alguien que ha sido golpeado por la vida injustamente.
Sin embargo, la atmósfera cambió en cuanto el auto cruzó las verjas de la mansión Donati. La sonrisa de Ágata se desvaneció, reemplazada por esa máscara de sumisión que tanto irritaba y preocupaba a los Lombardo.
Fabricio y Lucrecia ya los esperaban en el salón principal. Fabricio tenía ojeras y el cabello revuelto, mientras que Lucrecia miraba con desprecio las maletas vacías que traían los escoltas de Valerio.
—¿Qué significa esto? —exigió Fabricio, interceptándolos—. Ágata no puede mudarse así como así. El matrimonio es en un mes.
Valerio dio un paso al frente, su expresión transformándose en la de un depredador profesional.
—Órdenes directas de Mateo Lombardo, Donati —dijo Valerio con una frialdad que helaba la sangre—. Ágata se muda hoy. Si tienes alguna queja, mi jefe te espera en su oficina. Pero te advierto, no está de muy buen humor después de lo que descubrió anoche.
Fabricio palideció, retrocediendo un paso. Sabía exactamente a qué se refería.
—Sube, Ágata. Yo te ayudo —dijo Valerio, ignorando a los demás.
En la habitación de Ágata, el contraste con la mansión Lombardo era doloroso. Era un cuarto pequeño, casi austero, que gritaba soledad. Valerio la ayudó a empacar con una eficiencia sorprendente. Ella solo tomó lo esencial: sus pesados códigos legales, sus notas del despacho y, con manos temblorosas, sacó de un doble fondo en su cajón una fotografía vieja y amarillenta de su madre. La guardó contra su pecho antes de meterla en la maleta.
—¿Es ella? —preguntó Valerio suavemente.
—Es lo único que tengo que es realmente mío —respondió ella.
Bajaron las maletas con ayuda de los escoltas. Al llegar al vestíbulo, Lucrecia se cruzó de brazos, soltando una risa burlona.
—Vaya, la rata abandona el barco. Espero que sepas cocinarle a tu mafioso, Ágata, porque es lo único para lo que sirves.
Fabricio, sin embargo, miraba a Ágata con una mezcla de ira y desesperación egoísta.
—¿Quién va a prepararme el café, Ágata? —espetó su padre—. ¿Quién va a supervisar la cocina? Nadie tiene tu sazón, nadie sabe cómo me gusta la comida. No puedes irte y dejarme así. ¡Eres una malagradecida!
Ágata se detuvo en seco frente a la puerta. Por un momento, Valerio pensó que ella cedería, que el peso de la culpa la haría dudar. Pero Ágata ni siquiera lo miró. Se dio cuenta de que su padre no la necesitaba a ella; necesitaba a su cocinera, a su empleada gratuita.
—El contrato está firmado, padre —dijo Ágata, con una voz que sorprendió a Valerio por su firmeza—. Ahora mi lugar está donde Mateo diga.
Valerio le puso una mano en el hombro y la guio hacia el auto sin permitir despedidas. Mientras el vehículo se alejaba, Ágata miró por el cristal trasero cómo la figura de su padre se hacía pequeña. No sentía tristeza, solo un vacío inmenso que empezaba a llenarse con la incertidumbre de su nueva vida.
—Lo hiciste bien, pequeña abogada —dijo Valerio, palmeando su mano mientras conducía—. Ahora vamos a casa. A la de verdad.