Rosella observó a la mujer que acababa de irrumpir en la cabaña, con una mezcla de sorpresa y temor. La mujer, de mediana edad, tenía una expresión dura y líneas de amargura marcadas en su rostro. Vestía ropa sencilla y práctica, y llevaba una bolsa grande de tela colgando de un hombro. —Mi nombre es Roberta —respondió la mujer, con un tono seco y autoritario—. Trabajo para el dueño de la hacienda… Arguello Armani, y él me ha encargado de asegurarme de que sobrevivas en este lugar. Rosella tragó saliva, intentando mantener la calma. No esperaba que alguien más supiera de su situación, mucho menos que alguien la "supervisara" en ese lugar. —¿Qué hace aquí? —preguntó Rosella, tratando de disimular su incomodidad. Roberta la miró de arriba abajo, como evaluando cada aspecto de su aparien

