Rosella, todavía sujetándose la mano quemada, lo miró con una mezcla de sorpresa y confusión. No sabía quién era ese hombre ni por qué estaba allí, pero su tono y actitud la hicieron sentir como una niña regañada. —Yo… lo siento —murmuró, sin saber qué más decir. Estaba paralizada, tanto por el dolor en su mano como por la intensidad del hombre que la miraba, como si ella fuera una completa inepta. El hombre la miró con dureza y sacudió la cabeza, como si no pudiera creer lo que estaba viendo. —¿No tienes idea de lo que estás haciendo, verdad? —dijo con desprecio—. ¿Qué clase de esposa eres si ni siquiera sabes cocinar sin casi incendiar la casa? Rosella bajó la mirada, sintiéndose avergonzada y humillada. —Lo estaba intentando… solo quería hacer algo bien —murmuró, luchando por con

