Esteban forcejeó brevemente, intentó liberarse del agarre de Angello, pero la presión firme de su mano lo hizo desistir. Sus ojos, llenos de rabia, se encontraron con los de Angello, que lo miró con una mezcla de decepción y determinación. —¡Suéltame, Angello! —gruñó Esteban, apretando los dientes, intentando zafarse. —Solo si prometes que no harás ninguna estupidez —respondió Angello, sin aflojar su agarre. Su voz mantuvo la misma firmeza, pero ahora había una nota de advertencia que Esteban no pudo ignorar. Rosella, que había estado reteniendo el aliento, observó la escena con los ojos muy abiertos, sin saber cómo reaccionar. El miedo y la confusión la mantuvieron inmóvil, pero ver a Angello defenderla de esa manera despertó algo en su interior, un sentimiento de gratitud mezclado

