Esteban se dejó llevar por la bruma que nublaba su mente. Todo se sentía como un sueño extraño, irreal, una sensación que se movía entre el placer y la confusión.
El calor de la mujer a su lado parecía reconfortante, su tacto firme y seguro, como si fueran dos amantes encontrándose después de una larga espera. Esteban, era incapaz de discernir la realidad de la fantasía, y decidió hundirse más en la experiencia.
Los besos se intensificaron, los cuerpos se encontraron en un abrazo cada vez más apremiante. Las manos de ella recorrían su espalda, explorando cada músculo con una mezcla de curiosidad y deseo.
Él correspondía, acariciando su piel suave y sintiendo cómo su propia respiración se aceleraba, atrapado en la fiebre del momento. Por un instante, sintió que el mundo se desvanecía, que nada importaba más que este contacto que lo tenía nervioso y deseoso al mismo tiempo.
Sin embargo, algo en el fondo de su mente, una pequeña chispa de duda, comenzó a arder. La fragancia de la mujer no le resultaba del todo familiar; no era el perfume que Alberta solía usar. Un pensamiento fugaz intentó abrirse paso en su conciencia: "¿Dónde estoy?" Pero antes de que pudiera cuestionarlo más, la mujer pronunció su nombre,
—Esteban…
La voz era dulce, pero no era la de Alberta. Intentó identificar de quién era, pero no pudo, solo sintió las manos de ella en su piel, su mente borrosa por el aturdimiento.
Enredado en la neblina de su confusión, intentó alejarse, pero su cuerpo se sentía pesado, como si algo lo hubiera debilitado. Su corazón comenzó a latir con fuerza, mientras no podía oponerse a esas sensaciones que lo invadían.
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Fausto se levantó temprano a desayunar, marcó el teléfono de su hija, pero esta no le respondió.
Nunca fue un hombre paciente, y esa mañana su impaciencia estaba al límite. Sentado en el restaurante del hotel, observó su reloj por enésima vez. Rosella debía haber bajado para desayunar hacía más de media hora, pero aún no había señales de ella. Intentó llamarla de nuevo, pero su teléfono seguía sin responder.
Frustrado, se giró hacia Ernesto, que estaba sentado en una mesa cercana, hojeando unos informes.
—Ernesto —llamó Fausto, su tono mostrando su creciente irritación.
Ernesto levantó la vista con un brillo en sus ojos, percibiendo la impaciencia en los ojos de Fausto.
—¿Sí, señor Pazzi?
—¿Has visto a Rosella esta mañana? —preguntó Fausto, sin molestarse en ocultar su disgusto.
—No, señor Pazzi. No la he visto desde anoche —respondió Ernesto, encogiéndose ligeramente de hombros.
Fausto frunció el ceño, una mezcla de preocupación y enfado creciendo en su interior. Rosella no era de las que se ausentaban sin avisar, y sabía que tenían asuntos importantes que discutir.
—Bien —dijo, levantándose bruscamente de la mesa—. Voy a subir a ver qué está haciendo.
Con pasos decididos, Fausto se dirigió al ascensor. Mientras subía, su mente comenzaba a dar vueltas con pensamientos cada vez más oscuros. Rosella era impredecible, pero confiaba en que lo hiciera bien.
No podía permitirse que su hija tomara decisiones equivocadas en un momento tan crítico.
Cuando llegó al piso de las habitaciones, caminó rápidamente por el pasillo hasta llegar a la puerta de la habitación de su hija. Golpeó con firmeza.
—¡Rosella! —llamó en voz alta, golpeando la puerta de nuevo—. ¡Rosella, abre la puerta!
No hubo respuesta.
Volvió a golpear, esta vez con más fuerza.
—¡Rosella, soy tu padre! ¡Abre la puerta de inmediato!
Silencio.
Fausto sintió cómo la ira comenzaba a hervir en su interior. ¿Qué demonios estaba haciendo su hija? Miró a su alrededor buscando a alguien del personal del hotel y, al ver una camarera la detuvo.
—Dígale al gerente que venga urgente y traiga la llave para abrir esto —ordenó con autoridad, sin dar a lugar a ninguna negativa.
Unos minutos después apareció el hombre,se veía nervioso.
—Necesito que abran esta puerta de inmediato —ordenó, señalando la puerta de la habitación de su hija.
El gerente, un hombre de expresión inquieta, vaciló por un momento.
—Señor Pazzi, no podemos abrir una habitación sin la autorización del huésped, a menos que sea una emergencia…
Fausto lo interrumpió con una mirada que habría helado la sangre de cualquiera.
—Esta es una emergencia. Mi hija no responde, y quiero asegurarme de que está bien. Si no abre esa puerta, puede estar seguro de que este será su último día trabajando aquí.
El gerente tragó saliva y asintió rápidamente.
—Por supuesto, señor Pazzi. Permítame un momento.
El gerente sacó una llave maestra de su bolsillo con manos temblorosas y la introdujo en la cerradura. La puerta se abrió con un suave clic, y Fausto empujó la puerta con fuerza para entrar, decidido a descubrir por qué su hija no había respondido a sus llamadas.
Al entrar en la habitación, lo primero que notó fue el desorden. Ropa esparcida por el suelo, sábanas deshechas, y en el centro de la cama, su hija Rosella yacía dormida en el pecho de Esteban. Ambos estaban por completo desnudos, envueltos en las sábanas, completamente ajenos a su presencia.
Fausto sintió cómo la sangre se le subía al rostro. Su mandíbula se apretó con tanta fuerza que casi sintió un crujido en los dientes.
—¡¿Qué carajos pasa aquí?! —gritó, su voz resonando por toda la habitación.
Rosella despertó de golpe, sobresaltada. Sus ojos se abrieron rápidamente, y un destello de pánico cruzó su rostro al ver a su padre de pie junto a la cama y Esteban, aún adormilado, parpadeó varias veces, tratando de entender lo que estaba sucediendo. Su mente estaba nublada, como si estuviera emergiendo de un sueño profundo.
—¡Papá! —exclamó Rosella, con una mezcla de sorpresa y confusión—. ¿Qué… qué estás haciendo aquí?
Esteban, al darse cuenta de la gravedad de la situación, intentó cubrirse con la sábana mientras su mente luchaba por recordar cómo había llegado a esa cama.
—Señor Pazzi… yo… no sé cómo llegué aquí —balbuceó Esteban, aún desorientado.
Fausto se acercó más a la cama, su rostro rojo de ira.
—¡Esto es una deshonra! —vociferó—. ¿Cómo te atreves a meterte en la cama de mi hija?
Esteban, sintiendo que su cabeza aún daba vueltas, levantó una mano en señal de súplica.
—Le juro, señor Pazzi, que no sé cómo sucedió esto… No recuerdo nada después de haber estado en el bar anoche.
Fausto lo miró con desprecio.
—¡No me vengas con excusas, muchacho! —gritó—. ¡Has abusado de mi hija! Te aprovechaste cuando me dijiste que no te ibas a casar con ella, pero si quisiste revolcarte con ella —gruñó molesto—, de mi hija nadie va a venir a burlarse.
Rosella, recuperándose de su desconcierto, empezó a sollozar, llevándose las manos al rostro.
—Papá, no sé qué pasó… No sé cómo llegamos aquí… —murmuró entre lágrimas.
Fausto, sintiendo una mezcla de furia y desesperación, dirigió su mirada a Rosella.
—¿Qué quieres decir con que no sabes? —preguntó con dureza—. ¿Estás diciendo que fuiste forzada?
Rosella levantó la vista, sus ojos brillando con lágrimas.
—No lo sé, papá…—respondió con una voz temblorosa.
—Esteban, esto no se puede quedar así, ¡Tendrás que casarte con mi hija! —exclamó Fausto con firmeza.
Rosella no pudo evitar la expresión de alegría en su rostro a pesar de lo que estaba pasando, sin embargo, esas mismas palabras hicieron desatar la furia en Esteban.
—¡Eres una miserable, caprichosa! Esto lo planificaste ¡Fue una trampa! ¡Y fuiste tú! —exclamó mirando a Rosella con desprecio.