Rosella subió a la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un golpe sordo. La rabia y la frustración se mezclaron en su interior como una tormenta descontrolada. Caminó de un lado a otro, intentando calmar sus pensamientos. No podía creer que Esteban hubiera rechazado a su padre, a ella. ¿Qué tenía Alberta que ella no?
Se acercó al espejo y miró su reflejo. Su belleza era innegable, siempre había sido el centro de atención. Pero ahora, esa imagen le devolvía una mirada vacía. Tomó un cepillo de plata y lo lanzó contra la pared, rompiéndolo en pedazos.
—¡No lo permitiré! —exclamó, su voz resonando en la soledad de la habitación—. Esteban será mío, cueste lo que me cueste.
Se desplomó en el borde de la cama, intentando trazar un plan. Sabía que su padre estaba dispuesto a hacer lo necesario, pero quizás ella también podía intervenir para lograrlo.
Tomó su teléfono e intercambió un par de mensajes por un par de minutos. En ese momento tocaron la puerta, y cuando ella abrió, estaba una camarera con una bandeja con una bebida.
—Le mandan este jugo de fresa señorita Pazzi para antes de acostarse.
—Gracias —respondió, ni siquiera preguntó quién era porque estuvo segura que se trataba de su padre.
Después de tomarse la bebida, dio un bostezo, se quitó la ropa y se acostó desnuda con una sonrisa, esperando que todo saliera como lo planeó.
*****
Al salir de la habitación, Esteban estaba hecho una furia, enseguida comenzó a buscar a Alberta entre los invitados.
Necesitaba hablar con ella, contarle lo sucedido y planear sus próximos pasos. La encontró en una de las terrazas, admirando el paisaje nocturno.
—Alberta —llamó suavemente.
Ella se giró, y al ver la expresión en su rostro, supo que algo andaba mal.
—¿Qué pasa mi amor? —inquirió con preocupación.
Esteban suspiró.
—Vámonos, no quiero permanecer ni un solo minuto más —sentenció con evidente molestia.
—¿Qué ocurre? ¿Qué te tiene así? —insistió la mujer.
—Acabo de rechazar una propuesta de Fausto, quería que me casara con su hija para que asumiera el control de sus empresas.
Alberta lo miró con preocupación.
—¿Y cómo lo tomó?
—No muy bien. Me advirtió que tendría que tragarme mis palabras y que me iba a pesar. Siento que esto no terminará aquí.
Ella tomó su mano con un gesto de preocupación.
—¿Qué vamos a hacer? —dijo con preocupación. —Esteban, solo tenemos dos alternativas, alejarnos de todo esto y empezar de nuevo en otro lugar o tal vez... tal vez deberías aceptar su propuesta.
Esteban la miró incrédulo.
—¿Cómo puedes decir eso? Te amo, Alberta. Con la única mujer que quiero hacer mi vida es contigo.
Ella volvió a mirarlo, con tristeza en su expresión.
—Esteban, seamos realistas. Fausto no nos dejará en paz hasta que te cases con la caprichosa de su hija, hará nuestro futuro miserable… si aceptas ganamos tiempo, quizás sea lo mejor.
Él negó con la cabeza.
—No puedo creer que estés dispuesta a dejarme ir así.
Alberta dejó caer una lágrima.
—No es que quiera, pero a veces la vida te pone obstáculos y muchas veces debemos sacrificar nuestros deseos —pronunció mientras sus ojos se humedecían.
Él la miró con ternura.
—No quiero huir porque no he hecho nada malo y no permitiré que Fausto manipule nuestras vidas. Vamos a retirarnos.
Alberta asintió, aunque la inquietud persistía en su mirada.
—Entonces vayamos.
Sin embargo, mientras caminaban uno de los ejecutivos, Ernesto Berti lo detuvo.
—Esteban, ¿ya se van? —preguntó el ejecutivo con una sonrisa forzada—. Es que necesitaba hablar contigo un momento.
Esteban miró a Alberta con resignación y luego se volvió hacia Ernesto.
—Lo siento, Ernesto, pero estamos por retirarnos. ¿Puede esperar hasta mañana?
—Me temo que no —insistió Ernesto, su sonrisa desvaneciéndose—. Es una propuesta interesante que deberías reconsiderarla.
Alberta apretó la mano de Esteban, quien tensó la mandíbula visiblemente.
—Está bien, tú adelántate —le dijo Esteban a Alberta, se despidieron y ella salió.
—Vamos, acéptame un trago mientras hablamos —Esteban asintió mientras lo seguía a un salón donde estaba un bar.
***
En un salón, Fausto llamó a su asistente personal.
—Quiero que actúes de inmediato —ordenó—. Necesito que recopiles toda la información posible sobre Esteban Ferrero. Sus negocios, sus inversiones, todo.
El asistente asintió.
—¿Alguna instrucción específica, señor?
Fausto apretó los puños.
—Si no quiere aceptar por las buenas, entonces sentirá la presión. Nadie desprecia a mi familia sin consecuencias.
***
Mientras tanto, en el bar del salón, Esteban se sentó junto a Ernesto Berti. El ambiente era tenso, y Esteban no podía evitar sentirse incómodo.
—Bien, Ernesto, ¿de qué se trata esto? —preguntó, tomando el vaso que el barman le ofrecía.
Ernesto se tomó su bebida antes de responder.
—Esteban, he oído que has tenido una conversación... interesante con Fausto.
Esteban frunció el ceño.
—Eso es asunto mío.
Ernesto levantó las manos en señal de paz.
—Lo sé, lo sé. Solo quería ofrecerte un consejo. Fausto no es alguien a quien se deba subestimar. Tiene mucho poder y no dudará en usarlo.
—¿Vienes a advertirme o a amenazarme? —inquirió Esteban, irritado.
—Ninguna de las dos —respondió Ernesto con calma—. Solo quiero ayudarte. Hay formas de manejar esta situación sin que nadie salga perjudicado.
Esteban lo miró con escepticismo.
—¿Y cuál sería esa solución mágica?
Ernesto se inclinó hacia él.
—Acepta la propuesta de Fausto. Cásate con Rosella. Podrías mantener a Alberta como tú... compañera discreta. Muchos lo hacen. Todos salen beneficiados.
La ira se encendió en los ojos de Esteban.
—¡No voy a traicionar a Alberta ni a mí mismo de esa manera! No soy ese tipo de hombre.
Ernesto suspiró.
—Esteban, estás siendo ingenuo. El mundo en el que vivimos requiere sacrificios. Piensa en tu futuro, en tus negocios. No lo arriesgues todo por un ideal romántico.
Esteban se puso de pie abruptamente.
—Prefiero perderlo todo antes que vender mi alma. Si eso es todo, me marcho.
Ernesto lo observó con una mezcla de lástima.
—Como quieras. Solo recuerda mis palabras cuando las cosas se pongan difíciles.
Sin responder, Esteban se alejó, tomó otra copa mientras salía, sin embargo, se sintió extraño, un poco aturdido, un calor comenzó a recorrer su cuerpo. Se subió en el ascensor, pero los números los vio distorsionado, se detuvo en el piso que pensó que era el cuatro.
Cuando bajó comenzó a mirar cada una de las habitaciones y al llegar a la habitación cuatrocientos diez, entró y empezó a desvestirse, se acostó en la cama, cuando sintió el cuerpo de mujer, cálido a su lado una ola de excitación lo recorrió.
La proximidad era ineludible, y el espacio entre él y la mujer se disolvía como azúcar en café caliente.
Ella sintió que el aire se llenaba de un aroma masculino, una mezcla de pino y especias que parecía bailar a su alrededor, invadiendo sus sentidos con una dulzura salvaje y desconocida, intentó abrir los ojos, pero se sentía tan cómoda que no deseaba analizar nada.
Sintió corazón latiendo al ritmo de un tambor desbocado, no pudo más que acercarse más a su cuerpo, él se giró.
En lugar de palabras, sintió cómo los labios de él se encontraron con los suyos en un contacto suave, explorador, que le robó un suspiro ahogado. Ella apretó más los ojos, entregándose a ese beso que parecía prometer tanto más que un simple roce. Un cosquilleo eléctrico recorrió su espalda, y su sonrisa se amplió sobre sus labios aún ocupados en aquel dulce intercambio.
Lo sintió impetuoso, lo besó, sin intención alguna de alejarse. Su risa ligera se mezcló con el baile de sus labios, y en ese momento, nada más existía él, mientras ella sonreía satisfecha, porque su sueño se estaba haciendo realidad.