Rosella sintió que la sangre le hervía en las venas ante las palabras de Alberta. La rabia se mezclaba con el dolor y la inseguridad, creando un torbellino de emociones en su interior. Por un momento, se quedó paralizada, incapaz de responder. —No te atrevas a llamar bastardo a mi hijo —dijo finalmente, su voz temblando de ira contenida—. Y no me importa lo que creas que eres para Esteban. Yo soy su esposa, la madre de su hija y tú no eres nada. Alberta soltó una carcajada fría, sus ojos brillando con malicia. —Oh, querida. ¡Qué ingenua eres! ¿De verdad crees que un bebé cambiará algo? Esteban siempre vuelve a mí. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará. Rosella dio un paso adelante, enfrentándose a Alberta cara a cara. —Escúchame bien, Alberta. No sé qué juego estás jugando, pero se a

