Capítulo 5. Una tregua.

1711 Words
Rosella retrocedió, herida por las palabras de Esteban. —¿Cómo puedes decir eso? ¡Yo tampoco recuerdo nada! —gritó entre sollozos. —¡Mentirosa! Siempre quieres salirte con la tuya —le dijo sacudiéndola. Fausto, al escucharlo y ver como la trataba, rojo de ira, se abalanzó sobre Esteban y lo agarró por el cuello de la camisa. —¡No te atrevas a insultar a mi hija, desgraciado! —rugió, sacudiéndolo—, vas a casarte con ella, porque si no soy capaz de matarte con mis propias manos. En ese momento, producto del escándalo, la gente se aglomeró en la puerta, no solo estaban los empleados del hotel y la gente de confianza de Fausto Pazzi, sino también Alberta, quien lo miraba con una expresión de dolor. Esteban, dolorido por el apretón de Fausto, sintió un torrente de emociones al ver a Alberta de pie en la puerta. Su rostro, normalmente sereno, ahora mostraba una mezcla de dolor y decepción. El bullicio a su alrededor se desvaneció; en ese momento, solo existían Alberta y él. —Alberta… —murmuró, dando un paso hacia ella, tratando de acercarse. Alberta levantó una mano, deteniéndolo en seco. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero su mirada era firme. —No te acerques, Esteban —dijo con voz temblorosa, pero decidida—. Necesito entender qué está pasando aquí. Esteban intentó encontrar las palabras correctas, sintiendo la desesperación apoderarse de él. —Alberta, te juro que no sé cómo terminó esto. Estoy seguro de que ella me drogó y me tendió una trampa. Alberta lo miró con escepticismo. —¿Una trampa? —repitió con incredulidad—. ¿Y se supone que debo creer eso? —Sabes muy bien como ella ha andado detrás de mí como una perra en celo, y tanto dio hasta que logró su cometido. Rosella, todavía en la cama, aprovechó la oportunidad para defenderse. —¡Yo no hice nada! —sollozó—. No recuerdo nada. Desperté y… y esto estaba pasando. No entiendo cómo llegaste aquí ¿Si eres tan inocente que hacías en mi habitación? Este es el noveno piso y tú te estás quedando en el cuarto. Esteban se volvió hacia Rosella, su rostro lleno de ira. —¡Basta de mentiras, Rosella! —gritó, apuntándola con el dedo—. No sigas intentando manipular a todos. Sabes perfectamente lo que hiciste. Fausto, que aún respiraba con dificultad por la ira, se interpuso entre Esteban y su hija. —¡No permitiré que insultes a mi hija de esta manera! —bramó—. Si sigues con tus acusaciones, vas a desear no haber nacido, Esteban, voy a acusarte de vi0lación y te encerraré en la cárcel. Alberta, aún conmocionada, se vio afectada como si su mundo se estuviera desmoronando a su alrededor. No podía creer lo que estaba presenciando. —Esteban —dijo finalmente Alberta, tratando de mantener la compostura—, necesito que me digas la verdad, aquí y ahora. ¿Realmente no recuerdas nada de lo que pasó? ¿Puedo confiar en ti? ¿En serio fuiste víctima de una trampa o estaba simplemente tratando de salvarte a ti mismo? Esteban respiró profundamente, sabiendo que esta era su única oportunidad para recuperar la confianza de Alberta. —Alberta, te lo juro por todo lo que es sagrado para mí, no tengo idea de cómo terminé aquí. Anoche, después de hablar con Ernesto, me sentí mareado… todo se volvió borroso. Y cuando desperté, estaba en esta cama con Rosella. Yo nunca te traicionaría así. Porque te amo, tú eres el amor de mi vida. Alberta permaneció en silencio, su mente luchando por procesar las palabras de Esteban. Quería creerle, pero las pruebas estaban en su contra. Rosella, viendo la vacilación en Alberta, decidió presionar un poco más. —Alberta, sé que esto es difícil de entender —dijo la chica con voz suave—, estoy tan confundida como tú. Yo jamás haría algo así a propósito. Fausto, aprovechando la oportunidad, reforzó la narrativa de su hija. —Alberta, todos hemos sido víctimas aquí —dijo con un tono más calmado, aunque su rostro seguía rojo de ira—. Pero la verdad es que este escándalo no puede salir de esta habitación. Esteban debe asumir la responsabilidad. Si decide casarse con Rosella, todo puede arreglarse. Esteban, al escuchar las palabras de Fausto, sintió cómo su furia volvía a encenderse. No podía permitir que Alberta pensara que él había hecho algo tan despreciable. —¡No! —exclamó, con fuerza—. No voy a casarme con esta mujer, por algo que no hice. No dejaré que manipulen mi vida de esta manera, además, ella me desagrada, no la quiero, ni siquiera la deseo. Alberta lo miró fijamente, y por un momento, Esteban creyó ver un destello de confianza en sus ojos, un indicio de que aún creía en él. Pero entonces, ella apartó la mirada, indecisa. —No puedo… no sé en quién creer —susurró. Rosella, notando que Alberta estaba en conflicto, aprovechó para acercarse a ella. —Alberta, yo sé que no soy tu amiga, pero te juro que yo no planee nada. Ambas somos víctimas aquí. Esteban sintió que la rabia lo consumía de nuevo. La habilidad de Rosella para manipular y fingir lo exasperaba. —¡No caigas en su juego, Alberta! —rogó, extendiendo una mano hacia ella—. ¡Esto es lo que quieren! Que dudes de mí, que pienses que soy capaz de hacer algo tan ruin. Tienes que creerme. Alberta volvió a mirarlo, esta vez con más firmeza. —Esteban, quiero creer en ti… pero también necesito pruebas. Necesito algo más que solo palabras. Fausto, al darse cuenta de que Alberta no estaba convencida, se volvió hacia Esteban con una expresión calculadora. —Muy bien, Esteban, tú quieres defenderte ¿verdad? Entonces te desafío a que encuentres esas pruebas que te eximan de responsabilidad. Tienes exactamente tres días para demostrar que no estuviste involucrado en esto de alguna manera. Si no lo haces, te casarás con mi hija. Esteban lo miró con una mezcla de desprecio y desafío. —No tengo intención de ceder a tu chantaje, Fausto. Pero acepto el desafío. En tres, no solo demostraré que todo esto fue una trampa, sino que también dejaré al descubierto las sucias manipulaciones de la que he sido objeto. —Muy bien —dijo Fausto con una sonrisa gélida—. Pero no olvides, que las personas que desafían a la familia Pazzi suelen arrepentirse. De vuelta a la habitación, Esteban se giró hacia Alberta. —Mi amor… yo… no sé qué pasó, ella me montó una trampa para atraparme —dijo con preocupación, de pronto una idea le llegó a su mente —, acompáñame a un centro médico, necesito hacerme un análisis de sangre para ver si tengo algún rastro de alguna sustancia. Alberta lo miró con una mezcla de duda y esperanza. —¿Crees que ella te drogó? —Es lo único que explicaría por qué no recuerdo nada —respondió Esteban, pasándose una mano por el pelo con frustración—. Vamos, no hay tiempo que perder. Salieron apresuradamente del hotel y se dirigieron al hospital más cercano. En el camino, Alberta no pudo evitar preguntar: —Pero Esteban, ¿cómo es posible que no notaras nada extraño? Él suspiró. —No lo sé, Alberta. Todo es tan confuso... Pero te juro que yo nunca... —Shh —lo interrumpió ella, poniendo un dedo sobre sus labios—. Vamos a encontrar la verdad. Pero si descubro que estás mintiendo, Esteban, no voy a perdonarte. Esteban asintió, con el corazón latiendo a mil por hora. Sabía que esta era su última oportunidad de probar su inocencia y, más importante aún, recuperar la confianza de Alberta. Llegaron al hospital y se dirigieron directamente a la recepción de urgencias. Esteban, con voz tensa, le explicó a la recepcionista que necesitaba un análisis de sangre de inmediato. —Es urgente, por favor —dijo, su voz firme pero suplicante. La recepcionista, viendo la urgencia en los ojos de ambos, accedió rápidamente. —Llenen estos formularios y esperen un momento. Les llamaremos lo antes posible —respondió, pasándoles una hoja. Mientras Esteban llenaba los papeles, Alberta no dejaba de observarlo. Veía su determinación, y eso la ponía más ansiosa. Unos minutos después, una enfermera apareció y los condujo a un laboratorio. Esteban se sentó en la silla y estiró el brazo. La enfermera preparó la aguja mientras él giraba su rostro hacia Alberta. —Todo va a salir bien —le dijo, intentando sonreír—. Confía en mí. Alberta lo miró, su expresión era una mezcla de duda y esperanza. —Eso espero, Esteban. Realmente lo espero —respondió, apretando sus propias manos para calmar su nerviosismo. La enfermera extrajo la sangre con rapidez y profesionalismo, y cuando terminó, les informó que los resultados estarían listos en unas horas. Les sugirió que esperaran en la sala de espera, pero Esteban negó con la cabeza. —No, no podemos esperar. Necesito esos resultados tan pronto como sea posible —dijo, sin ocultar su urgencia. La enfermera asintió, comprendiendo la gravedad de la situación. —Haré todo lo que pueda para acelerar el proceso —prometió antes de salir. Esteban y Alberta salieron al pasillo y se apoyaron contra la pared. El silencio entre ellos era tenso, cargado de emociones no dichas. —Esteban… —comenzó Alberta, su voz suave pero firme—. Si resulta que no hay ninguna droga en tu sistema, quiero que seas honesto conmigo. No me mientas. Él la miró fijamente, su expresión era seria. —Te prometo, Alberta, que estoy siendo completamente honesto. No sé cómo terminé en esa habitación. No sé qué me pasó anoche, pero voy a demostrarte que no fue mi culpa. Alberta asintió lentamente. Una media hora esperando y la recepcionista llamó a Esteban. —Señor Ferrero, los resultados de su análisis están listos —anunció la enfermera, entregándole los resultados. Sin pérdida de tiempo, Esteban abrió el sobre, pero los resultados no eran los que esperaba, porque allí indicaba que no había ningún rastro de droga en su sangre.
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