El aire de la casa estaba cargado de tensión al día siguiente. Rosella se levantó temprano, como si quisiera evitar cualquier interacción con Esteban. Por su parte, él no dejó de pensar en las palabras que ella le había dicho la noche anterior. La frialdad en su voz, la aparente indiferencia... todo eso lo atormentaba. Pero no estaba dispuesto a rendirse. Mientras Rosella desayunaba en la cocina, su padre, Fausto, entró con una sonrisa cálida y le dio un beso en la frente. —Buenos días, hija. ¿Dormiste bien? —preguntó mientras tomaba una taza de café. Rosella asintió, pero su semblante era distante. Fausto se percató de su estado y decidió abordar el tema con delicadeza. —Sé que tienes muchas cosas en la cabeza, Rosella. Pero quiero que sepas que siempre estoy aquí para escucharte. No

