Los días que siguieron fueron un torbellino de emociones para Rosella. Fausto, notando la tensión entre ellos, decidió marcharse antes de lo previsto. —Hija, creo que es momento de que ustedes dos se enfrenten a lo que sienten y arreglen sus cosas, o si decides volver a casa, te estaré esperando, pero no creo que mi presencia ayude mucho a acomodar las cosas —dijo Fausto mientras se despedía, acariciando suavemente la mejilla de Rosella—. Recuerda que no siempre estaré aquí para protegerte, pero confío en que sabrás tomar la decisión correcta. Rosella lo abrazó con fuerza, tratando de ocultar la mezcla de miedo y alivio que la invadía. Por un lado, deseaba que su padre se quedara; su presencia era un refugio. Pero, por otro lado, sabía que Fausto tenía razón. Esteban, parado a unos p

