BLAIR
—Tal vez estés exagerando un poco, ¿no te parece?
Salgo de mi ensimismamiento y regreso a la realidad, el semáforo se ha puesto color verde, un claxon suena atrás de mí, y piso el acelerador, avanzando.
—Odio el tráfico —musito por lo bajo.
—No me cambies el tema, Iry.
Miro de soslayo a Kaden, mi mejor amigo. Nos conocemos desde que prácticamente íbamos al jardín de niños, recuerdo haberme robado su paleta llena de baba, lloró y desde ese momento, no nos hemos separado. Sus ojos verdes me sonríen y yo blanqueo los míos.
—Solo me preocupo, ha estado muy extraño estás dos semanas, no salimos, y cuando lo hacemos —que son pocas veces— permanece callado, con la mente en otro lado, llegamos a casa más rápido de lo normal, a veces pienso que se quiere deshacer de mí.
—Nadie en su sano juicio se desharía de ti, eres hermosa, inteligente…
—Lo dices porque eres mi amigo —lo interrumpo.
—Lo digo porque es la verdad.
Mi humor no mejora, sé qué hace un esfuerzo para no tener que dejarme con los nervios de punta, pero no funciona. El aeropuerto nos da la bienvenida y aparco en uno de los sitios vacíos. Kaden baja sus maletas y cierro la cajuela.
—Sigo sin poder creer que te vayas a estudiar a Harvard por tres años —reflexiono, sintiendo que me arrancan algo del pecho.
—Eh, no llores —me envuelve en un abrazo de oso y me permito inspirar su olor a loción—. Te haré videollamadas, vendré en fiestas festivas, también en tu cumpleaños, incluso puedes ir a visitarme.
—Mientes —Los dedos de mis manos se aferran a su gabardina negra—. ¿Acaso no has escuchado del fracaso de las relaciones a distancia?
—Eso es en los novios.
—Para el caso es lo mismo, también aplica en los mejores amigos, conocerás a mucha gente, tendrás una novia, o varias, pasaré a ser parte de tu pasado, me dejarás en el olvido y nunca más nos volveremos a ver —me aparto de él, dejando que mis ojos se llenen de agua que me niego a derramar—. A partir de aquí, nuestros caminos se separan.
Kaden suelta una carcajada que grabo en mi memoria, me niego a dejarlo ir, me sentiré muy sola sin él.
—Eres tan exagerada, el drama no te va, ambos lo sabemos, no te queda el papel de mimada —se inclina porque es más alto que yo—. Prometo que no pasará nada de lo que me acabas de decir, eres lo más importante que tengo, no me olvido de ti, ¿entiendes?
—Los hombres son mentirosos por naturaleza.
—Sí, pero soy tu media naranja —me guiña un ojo y sonrío.
Kaden me vuelve a abrazar y esta vez sé que es la despedida, nos quedamos por un buen rato así, hasta que se aparta.
—No estás sola, tienes a tu familia, a tu hermana Clove, y a Tobin.
—Valiente novio que no atiende mis llamadas —bufo.
—Estará ocupado, tranquila —me da un beso en la coronilla—. Tengo que irme.
Asiento lento.
—Te llamaré en cuanto me instale.
—Está bien, te quiero.
—Te quiero dos millones más.
Veo a mi mejor amigo alejarse, hasta desaparecer en el interior del aeropuerto, que se vaya a Estados Unidos me aterra, porque es la única persona con la que he entablado un lazo fuerte además de mi familia y de Tobin.
«Hablando del diablo»
Saco mi celular y le marco una vez más, pero me sigue mandando a buzón de voz, desisto y me pongo en marcha a mi siguiente destino; la universidad privada a la que asiste mi hermana menor. No entiendo por qué la insistencia de mi madre para que Clove estudiara en ese colegio internado del que solo he escuchado cosas siniestras. Tiene una fama dudosa que el poder corrupto de los más ricos de Inglaterra, se atreven a borrar con solo un chasquido de dedos.
Clove estudia ballet ahí, cuando éramos pequeñas, mi madre nos llevaba a clases iguales, particulares y muy costosas, no somos tan millonarios como muchas familias, pero sí tenemos una buena posición dentro del mundo económico de este país. El asunto es que yo renuncié al poco tiempo, lo que provocó que mi madre enfocara toda su energía en mi hermana. No me quejo, prefería un buen libro, que someterme al dolor.
Hoy es su baile de otoño, se supone que, para su asistencia, debido a que es becada, debe tener la firma de autorización de sus padres, pero al no poder ir mi madre porque tiene una gala benéfica hoy, y mi padre una junta de negocios con los socios de su empresa textil, quedo yo. Nuestra madre se comunicó con la directora y ella autorizó que fuera. Kins Jefferson University queda a solo dos horas de distancia de nuestra casa, así que me preparo mentalmente para la nueva tortura.
La única razón por la que yo no estudio ahí, es porque no soporto a la gente remilgada, élite llena de poder sucio e inmoral. Los rumores que rodean a esa escuela, dejan mucho que desear.
Cuando por fin llego, después de haber pasado por muchos controles de seguridad, me doy cuenta de que no hay mucha gente, casi nada de alumnos. Aparco el auto y veo a lo lejos, en la entrada, pasando las enormes rejas que separan al colegio del área de estacionamiento, a Clove, mi hermana de diecisiete años, corriendo hacia mí. Lleva puesto su uniforme de manera implacable. Su cabello n***o, rizado, se ondea con el movimiento de su frenética carrera, sus ojos negros me sonríen antes de llegar y darme un abrazo.
Ella y yo somos tan diferentes, que la gente piensa que no somos hermanas de sangre. Mientras que ella tiene el pelo corto y rizado, n***o, ojos oscuros y piel morena, yo soy más alta, esbelta, con el cabello largo, n***o, liso, pero con ondas naturales, mis ojos son azul grisáceo, y mi tez es muy clara, casi blanca. Le llevo dos años, pero ella es la amable, la hermana que es buena y bondadosa, mientras que yo… bueno, soy todo un caso.
—¡Llegaste, por fin, date prisa, la directora está enfadada! —tira de mi brazo.
—No fue mi culpa, había tráfico —miento.
—Aja —ella me conoce muy bien.
Dejo que me guíe por su universidad.
—Mamá y papá hicieron el pago, pero tengo que firmar los papeles, después podrás firmar el permiso.
—Tranquila, vas demasiado rápido —río.
—¡Es que hoy es el baile de otoño, no sabes lo mucho que lo he esperado, mamá me compró un vestido amarillo hermoso, combina con mi tono de piel!
Ensancho mi sonrisa, ella es tan alegre, tan positiva, la envidio, de verdad envidio su manera de ver las cosas. Clove siempre encuentra algo bueno en todo, nunca hay oscuridad a su alrededor, solo luz.
Me lleva hasta una sección de oficinas, en donde una secretaria la mira de arriba abajo, después hace lo mismo conmigo y nos da el paso, mi hermana me lleva a rastras hasta una puerta que tiene una placa dorada “DIRECCIÓN GENERAL”
El aire dentro de esa habitación me repugna, en especial por la directora, que no deja de mirarnos como si fuéramos un bicho que debe aplastar.
—Tomen asiento, por favor —la mujer con rostro seco, desliza unos papeles y mi hermana comienza a firmar con manos temblorosas.
Su rostro es delicado, todavía marcado por cierta inocencia, refleja tanto alivio como entusiasmo. La observo desde la silla contigua, luego, con los brazos cruzados y el semblante serio, estudio a la directora, una mujer de porte impecable, con cabello recogido en un moño tirante y labios pintados de rojo intenso. Ella nos contempla a ambas con gesto adusto.
—Listo —anuncia mi hermana, dejando el bolígrafo sobre los documentos, me lo desliza y firmo el restante, tal y como lo ordenó mi madre.
Termino y devuelvo el bolígrafo colocándolo sobre la documentación, algo que le molesta a la directora.
—Señorita Evans —dice la mujer con voz firme—. Ya tiene asegurada su permanencia en la modalidad de ballet. Pero recuerde que no debe bajar su promedio. La excelencia es lo único que la mantendrá en esta clase.
Clove asiente con rapidez, temiendo que un segundo de vacilación la haga perder todo.
—Además —prosiguió la directora, entrelazando los dedos sobre el escritorio—. La próxima semana llegará una nueva profesora. Reclutará a las mejores para presentar El Cascanueces. Será un evento importante. Espero verla entre las seleccionadas.
Los ojos de Clove brillan de emoción. Sus labios se curvan en una sonrisa contenida, casi reverente, noto cómo la respiración de mi hermana se acelera levemente, esa chispa de ilusión que contrasta con su propia visión cínica de la vida.
—Sí, señora —contesta ella.
—Bien, eso es todo, fuera.
La directora cierra la carpeta y nos indica con un gesto que podemos retirarnos. Ya en el pasillo, le doy un leve codazo a mi hermana.
—Lo hiciste bien —murmuro con una media sonrisa.
Clove se gira hacia mí, manteniendo los ojos encendidos por un entusiasmo que no puede disimular.
—¿Te das cuenta, Blair? ¡Podría estar en El Cascanueces! Tengo que trabajar el doble para que la profesora me elija. Rentaré la pista de hielo de ser necesario, convenceré a papá para que la pague por horas extras aquí en la escuela. Soy inteligente, por eso entré un año antes a la universidad —se dice a sí misma y río por lo bajo.
—No tienes que trabajar el doble —la observo con la seriedad que siempre me acompaña—. Ya eres buena. Yo lo sé, todos lo saben. Tú estarás en esa obra.
—¿De verdad lo crees?
—Por supuesto que sí —Me quedo callada un par de segundos más.
No me siento a gusto con la idea de que se sobreexija.
—Vamos, dilo, sé que no has venido a la universidad en la que estudio, así que dime lo que pasa por tu cabeza —insiste, divertida.
—Lo sé. Es que... ¿Te has fijado? La universidad ya no tiene tantos alumnos como antes. Escuché rumores —encojo los hombros.
Clove ladea la cabeza, confusa.
—¿A qué te refieres? —frunce el ceño—. No hay nada malo con Kins Jefferson University.
—No es difícil notarlo. Cada año entran menos estudiantes, y muchos abandonan la institución antes de terminar la carrera, unos incluso desaparecen antes de empezar. Algo ocurre aquí —digo en un susurro, como si fuera un secreto que no debe repetirse demasiado alto—. Tal vez es la presión por mantener un promedio elevado, tal vez son los estándares tan altos... Pero me da la impresión de que no es solo eso.
Clove suelta un largo suspiro, tratando de apartar ese pensamiento.
—Siempre buscas lo extraño en todo... —Ríe con suavidad, aunque pronto recuerda algo y sus ojos se abren de golpe—. ¡Por cierto! Esta noche es el baile de otoño, no lo puedo creer.
Arqueó una ceja.
—¿Te refieres al baile de otoño del que me has hablado desde hace tres meses?
—Tonta.
Río por lo alto.
—Sí, lo mencionaste cuando llegué, mamá te compró un vestido amarillo, ¿recuerdas que me lo acabas de decir hace como veinte minutos? —chasqueo la lengua.
—Cierto, perdón, no sé en donde tengo la cabeza últimamente —Su sonrisa se desvanece y hay algo en ella que llama mi atención, algo que no me gusta.
—Oye…
—¿Clove? —Se acerca una chica regordeta que me ignora por completo, solo se enfoca en mi hermana, quien ahora parece seria, algo extraño en ella—. ¿Puedes venir un momento por favor?
Mi hermana asiente, después me mira.
—¿Puedo dejarte sola unos minutos? —su voz ha cambiado.
—¿Estás bien? —inquiero con cautela.
—Sí, no es nada, los baños están a la vuelta —Gira sobre sus talones tan rápido, que la pierdo de vista cuando gira en la otra esquina del pasillo.
Me muerdo el labio inferior y camino buscando el sanitario. El baño está frío, con luces blancas que resaltan los azulejos brillantes. Me inclino frente al lavabo, abro la llave y dejo que el agua helada golpee mi rostro. Mientras me miro en el espejo, pienso en los celos enfermizos de Tobin, en la última discusión que parecía no tener fin. Una maraña de sentimientos contradictorios se me clava en el pecho: amor, rabia, dependencia, miedo.
Cuando salgo, me dirijo por el pasillo donde había dejado a mi hermana. No espero nada fuera de lo común, hasta que giro la esquina y chocó con un cuerpo sólido. El impacto me habría hecho caer de bruces, de no ser porque un brazo fuerte me rodea por la cintura, deteniendo la caída. El contacto es eléctrico, una descarga que me inmoviliza por un instante.
Levanto la vista y lo veo, se trata de un chico de cabello castaño que cae con naturalidad sobre su frente y unos ojos grises tan fríos como tormentas invernales. Él no dice nada. Solo me mira con una intensidad que me atraviesa la piel. Su rostro permanece serio, altivo, casi arrogante, pero en sus ojos hay un destello imposible de ignorar: atracción, curiosidad. Algo más oscuro. Está furioso, lo noto en la vena carótida que le resalta del cuello.
Siento que el tiempo se suspende, que la respiración se me atasca en la garganta. El brazo que me sujeta es firme, cálido, quema. Y, de pronto, él me suelta con brusquedad, simulando que mi contacto le repugna demasiado. Pese a que todo ocurre en cuestión de segundos, ese momento parece una eternidad.
—Fíjate por dónde vas —dice con voz grave, seca, y se marcha sin mirar atrás.
Lo sigo con la vista, con el corazón latiendo a destiempo y el enojo incrementando.
—Bastardo... —murmuro para mí.
«Y es por esto que no estudio aquí»
Cuando encuentro a mi hermana, Clove está sola, con el rostro serio mientras mira su celular. Algo le preocupa, pero al notar mi presencia, vuelve a sonreír como si nada ocurriera.
—Ya me tengo que ir —arguyo muy a mi pesar—. Lamento no poder estar en tu baile, pero sé que te irá bien.
Clove me abraza con fuerza, más de la habitual.
—Lo sé. Quiero que me prometas que verás las fotos mañana —su voz tiembla.
—No lo dudes —me aparto de ella y la miro detenidamente—. Sabes que puedes contar conmigo, si algo anda mal, cuéntame.
Ella abre la boca y la cierra rápido, elevando las comisuras de sus labios en dirección al cielo, ocultando su miedo y lo que sea que le preocupe.
—No es nada, te veré pronto —Me da un beso en la mejilla y me vuelve a abrazar.
Esta vez, su cuerpo tiembla y me susurra al oído:
—No sabes lo bien que me hizo verte, ojalá estudiaras aquí —confiesa con lentitud, noto el cambio en su voz, y sé que ella se da cuenta—. ¡En fin, te mandaré una foto cuando esté lista con el vestido, maquillaje y todo!
—Ok —sonrío.
Clove me lleva hasta el estacionamiento, nos despedimos y al subir a mi auto, la miro a través del espejo retrovisor, este mal presentimiento no se me va, algo no anda bien. Me espero unos minutos más para ver si se anima a acudir a mí, no lo hace, así que arranco y me alejo de la universidad.
Manejo hasta que anochece, mis pensamientos son una corriente nefasta que me lleva al mismo sitio, o a la misma persona; Tobin. Giro el volante y cambio de ruta, no voy directo a casa, no a la mía, sino, a la de mi novio. Las manos me tiemblan, me muerdo el labio inferior hasta que sangra.
La mansión de los Young se vislumbra como una propiedad más fría que el polo norte, estaciono rápido, llevo el celular en la mano y le marco una vez más, no obtengo respuesta, casi corro por el camino de piedra que lleva hasta la entrada, de soslayo me doy cuenta de que hay un auto rojo, un Porsche, uno que no pertenece a ningún m*****o de esta familia, mucho menos a alguno de sus amigos.
Abro la puerta, pero está cerrada con llave, jalo hacia mí, no abre, busco entre una de las macetas a los costados de los pilares de la entrada, y encuentro la llave de repuesto, sé que está en casa, porque su auto se encuentra estacionado. Entrando, el silencio es asfixiante, no veo a ninguna de sus sirvientas, por lo que subo las escaleras, deslizando la palma de mi mano por el barandal frío.
El pasillo que da con su habitación, me parece el camino hacia una escena de terror, algo en mi interior me dice que esto está mal, pero al acercarme a la puerta, girar la perilla lento, los gemidos femeninos me detienen el corazón. Abro por completo la puerta y lo que veo me rompe por dentro.
—¡Ah! Sí, así, dame más, no te detengas —la mujer pelirroja que está en cuatro, jadeando como zorra barata, es nada más y nada menos que la profesora de deportes de nuestra universidad, la esposa del entrenador de fútbol americano—. Me encanta, joder, lo haces tan bien.
Tobin, mi maldito novio, tiene el cabello rubio mojado, sostiene sus caderas y le da una fuerte palmada en las nalgas.
—Eres una puta sucia, Blair.
Saber que la llama por mi nombre, termina por hacerme jadear de sorpresa, de rabia. De decepción. Él levanta la mirada, nuestros ojos se conectan y se aparta de la profesora al tiempo que me doy la media vuelta para salir corriendo de ahí.
—¡Mierda!
No me detengo, pese a que el corredor y las escaleras me parecen eternas, mis ojos se llenan de lágrimas y veo borroso, casi me tropiezo en los últimos escalones, pero logro sostenerme del barandal.
—¡Blair! ¡Espera! —me pisa los talones.
No, no me detengo, no volteo, llego a la base de las escaleras, cruzo el vestíbulo y estoy por seguir avanzando, cuando sus brazos me rodean la cintura por detrás.
—¡Suéltame, me das asco! —bramo.
—No es lo que parece, nena, espera.
Me retuerzo entre sus brazos.
—Eres un hijo de puta, ¿cómo me puedes decir eso? ¿No es lo que parece? —me suelto y lo enfrento—. Pues a mí me pareció ver tu polla entrando y saliendo de su culo.
Tensa el cuerpo.
—La cagué, lo siento, pero —se pasa una mano por el cabello, huele a ella—. ¡Tú tienes la culpa!
—¡No me vengas con eso!
—¡Llevamos siendo novios seis años, Blair, seis malditos años y no has querido acostarte conmigo! —me toma por los brazos, su agarre es fuerte, tanto, que hago una mueca de dolor.
—¡Disculpa por no confiar en ti lo suficiente, pero después de lo que acabo de ver, confirmo que siempre tuve la razón, y sabes qué! —me suelto de él—. ¡Me alegra no haberme entregado a ti, imbécil!
Me doy la vuelta, lista para salir de esa casa, cuando el impacto de su cuerpo, aplastando el mío, me deja sin aire.
—No, tú no me vas a dejar, Blair, eres mía —Mis pechos se aplastan contra la pared a un costado de la puerta principal, su pecho me presiona la espalda.
—¿Qué haces…? Suéltame, hueles a su perfume barato.
—Te amo, joder, te amo y nunca te voy a dejar. Nunca me vas a dejar.
Tira de mi cabello y me estampa la cabeza varias veces contra la pared, puntos de colores invaden mi vista y después todo se vuelve oscuro, pierdo el conocimiento.
[…]
La cabeza me duele, siento la garganta seca, los párpados pesados, poco a poco recobro el conocimiento. Lo primero que veo es el techo, no es mi habitación, reconozco en dónde estoy.
—Blair, nena, por fin despiertas.
El alma se me cae a los pies, me incorporo y Tobin se acerca a mí, llevo mi mano a mi frente, mis dedos rozan algo extraño, desciendo la mirada cuando bajo la mano, es sangre seca.
—Lo siento, no quise hacerlo.
Recuerdo todo, cada escena. Mi celular suena y lo localizo en la mesilla de noche.
—Ella no significa nada, solo es entretenimiento, yo te amo —balbucea mientras me pongo de pie.
Me dirijo hacia mi celular, el nombre de mi madre aparece en la pantalla y después se apaga.
—Ella ha estado llamando desde que…
Lo miro mal y sostengo el celular con fuerza.
—Vete a la mierda, Tobin, no te quiero volver a ver.
Su mirada se oscurece, no dice nada, no me detiene, salgo de su habitación tambaleante, bajando las escaleras con cuidado, mi madre vuelve a llamar y estando afuera de la casa, contesto.
—Mamá…
—¡¿En dónde estás?! ¡¿Tienes una idea de qué hora es?! Te he estado marcando, tu padre también.
Miro la hora, son las doce de la noche.
«Maldito Tobin»
—¿Qué sucede? —Llego hasta mi auto.
—Vamos en camino al hospital.
Dejo de respirar.
—Por qué…
—Tu hermana ha tenido un accidente, la han atropellado.
Me congelo, colgando, al tiempo que observo por la ventana lateral izquierda, a Tobin mirándome lleno de rabia, con la promesa silenciosa de que esto no se ha acabado, y con la certeza de que nunca me dejará ir.