BLAIR
Mi celular no deja de sonar, lo ignoro, mis padres no son, Kaden, menos, el único que me puede estar jodiendo, es Tobin. Sabía que algo no andaba bien con Clove, debí haberme quedado con ella, debí haber intentado sacarle información como cuando éramos niñas. No lo hice. Estaba tan adentrada en localizar a mi ahora exnovio, que dejé de lado a mi hermana menor cuando sé que en el fondo estaba gritando por ayuda. Nadie me quita de la mente su mirada confusa y su tono de voz temeroso.
Conduzco con las manos tensas sobre el volante, ejerzo tanta fuerza, que los nudillos se me blanquean. Debí haber insistido un poco más, pero la culpa no sirve en estos momentos, una sola palabra retumba en mi mente “ATROPELLADA” Cierro los ojos con fuerza por dos segundos y aumento mi límite de velocidad. La carretera se traga la noche por completo.
«Esto no puede estar pasando, ella estará bien, esto es solo una pesadilla»
Las luces de la carretera se convierten en líneas borrosas mientras me muerdo el labio inferior. Mantengo mi mente en blanco, el sabor de la sangre explota en mis pupilas gustativas y cuando menos me doy cuenta, ya he llegado al hospital. Corro hacia la recepción, pregunto por mi hermana dando su nombre completo, me indican el piso, subo al elevador, presionando los botones mediante movimientos torpes, los dedos los tengo congelados, como todo mi sistema nervioso.
Las puertas del elevador se abren y a lo lejos, a un par de metros cerca de lo que es la sala de espera, veo a mis padres hablando con una enfermera, al tiempo que mi padre sostiene a mi madre como si esta fuese a desvanecerse.
—El doctor saldrá en un momento para explicarles mejor la situación —les dice la enfermera, me echa un breve vistazo y después desaparece en el interior del quirófano.
—¿Qué le pasó a Clove? —mi voz tiende de un hilo.
Los ojos de mi madre me fulminan, como cuando éramos niñas y mi hermana se metía en problemas, provocando que la única que pagara los platos rotos fuera yo.
—¡¿En dónde estabas?! Llevamos horas tratando de localizarte.
Me trago las palabras que se me atoran en la garganta.
—Cariño, ¿qué te pasó en la cabeza? —me pregunta mi padre.
Levanto la mano y toco la herida que me causó Tobin.
—No es nada —niego.
Mi madre rompe el llanto, mi padre la acuna en su pecho con sus brazos, se dirigen hacia uno de los asientos y los sigo en estado catatónico.
—No sabemos qué es lo que pasó, solo que un auto atropelló a tu hermana —me informa mi padre, una vez que mi madre deja de llorar y de llamar la atención de todos—. Quise comunicarme con la universidad, pero la directora fue clara en decir que no sabe lo que pasó, al parecer tu hermana estaba fuera de las instalaciones de la universidad.
Mi celular no deja de vibrar dentro del bolsillo de mi pantalón, lo saco de mala gana y al ver el nombre de Tobin, lo bloqueo.
—Eso es raro, es decir, Clove no es de las que rompen las reglas, además, ella esperaba con ansias el baile, ¿por qué estaría afuera del colegio? —suelto, justo cuando las puertas del quirófano se abren y un doctor en bata blanca, nos mira atento.
—¿Familia Evans? —dice, con voz grave.
—Somos sus padres y ella su hermana mayor —anuncia mi madre, poniéndose de pie como resorte.
—Su hija fue atropellada cerca del campus universitario. Al parecer, un guardia de seguridad la encontró en el suelo, inconsciente y con una hemorragia considerable. La rectora llamó de inmediato a emergencias, en cuanto se enteró.
Mi madre suelta un sollozo ahogado, cubriendo su boca con la mano.
—Actualmente, presenta traumatismo craneoencefálico severo, múltiples fracturas en las costillas y contusión pulmonar. La operación para estabilizarla fue un éxito, pero debemos esperar. Su estado es crítico, lo que quiere decir que las próximas horas son decisivas —nos mira a todos de hito en hito—. Sin embargo, quiero ser sincero, deben prepararse para lo peor, su columna recibió severos golpes, por lo que es muy seguro que no vuelva a caminar, nunca, tengo entendido que practicaba patinaje artístico, me temo que, si sobrevive, jamás podrá volver a hacerlo.
Mamá solloza con fuerza, hundiéndose en el pecho de papá, yo siento que la piel se me eriza, dejo de respirar, el aire se me comprime en los pulmones ¿Qué hacía Valerie fuera de la universidad? ¿Por qué? No tiene sentido. Me dejo caer sobre una de las sillas de metal, sintiendo que la sangre se me hiela. Pierdo la noción del tiempo, las horas se arrastran en la sala de espera. Miro el reloj una y otra vez, hasta que mi celular vibra con un nuevo mensaje, el número no lo tengo registrado, por un momento, pienso en rechazarlo, en borrarlo de inmediato, pero algo me hace abrirlo, sabiendo que puede ser Noah. No es así.
NÚMERO DESCONOCIDO: Sé quién quiso matar a tu hermana. MT. Las respuestas las encontrarás en Kins Jefferson.
Un escalofrío me atraviesa el cuerpo entero. ¿Matar? La palabra me quema los ojos. Rápido tecleo.
BLAIR: ¿Quién eres?
Espero paciente su respuesta, no tarda en llegar.
NÚMERO DESCONOCIDO: Una amiga que quiere ayudar.
Frunzo el ceño, estoy a nada de teclear una respuesta cuando mejor le llamo, pero enseguida, la contestadora me avisa que el número al que estoy llamando, no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio. Antes de que pueda reaccionar, el doctor vuelve a aparecer con un rostro sombrío.
—¡Doctor! —mi madre se pone de pie—. ¿Cómo se encuentra mi hija? Dígame que está fuera de peligro, por favor.
El hombre niega con la cabeza, un destello de lástima que es fugaz, se ancla en sus ojos, luego, la frialdad regresa tenue a sus facciones.
—Lo siento mucho —dice, carraspeando—. Hemos hecho todo lo posible, pero su hija ha entrado en coma.
El mundo se congela a mi alrededor, el aire deja de existir, me quedo de pie, inmóvil, procesando el hecho de que mi pequeña hermana menor, jamás podrá ser feliz, jamás podrá volver a hacer lo que más amaba; bailar. Y ahora, está en un coma profundo que nos deja en la incertidumbre. Las voces inconexas de mis padres se vuelven lejanas, le preguntan algo al doctor, no me quedo, mis piernas se mueven casi por voluntad propia hasta que llego al baño, el ácido estomacal se me sube a la garganta, voy directo al lavabo y me mojo el rostro con agua fría.
Primero el engaño de Tobin, luego el accidente de Clove, ahora esto, mis ojos se llenan de lágrimas que ya no puedo retener, no quiero.
—Clove —miro mi reflejo en el espejo.
La puerta se abre y enseguida aparece el reflejo de Tobin, con los ojos inyectados en sangre, pupilas dilatadas, su cabello rubio está alborotado, no tiene buena pinta. Me giro creyendo que es un espejismo, un sucio juego de mi mente, no obstante, es él, en persona. Su respiración es inestable, su pecho sube y baja debido al subidón de adrenalina.
—¿Qué haces aquí? —inquiero con cautela, no reconociendo mi voz—. ¿Cómo me encontraste?
Él se encarga de cerrar la puerta con seguro.
—Hace un año le puse un localizador a tu celular —rechina los molares.
—¿Qué? —mi indignación crece.
Tobin merma el espacio entre los dos, de dos zancadas, lo tengo pecho contra pecho, rodea mi cintura y me estrecha contra su cuerpo.
—Me entere de lo de tu hermana, pero tranquila, no pasará nada, estoy contigo —oculta su rostro entre la curvatura de mi cuello—. Hueles tan bien, maldición, esta noche he descubierto que no me gusta nada estar sin ti.
Salgo de mi ensimismamiento y lo empujo.
—Detente.
Apenas logro alejarlo unos centímetros de mí.
—Tú y yo ya no somos nada, terminamos.
La oscuridad en su rostro me hiela.
—Eso es algo que no lo decides tú, Blair —ajusta más su agarre—. No hemos terminado.
—Joder, ¡me fuiste infiel, pedazo de mierda! —me remuevo inquieta bajo su agarre—. Quiero que te largues de mi vista, no quiero que me toques, me das asco.
—Fue solo una cogida insignificante, un coño para follar y ya, es a ti a quien quiero, a quien amo —toma mi rostro con una de sus manos—. No te pongas así, mi amor, eres mi chica, mía.
No sé si reírme o llorar.
—Eso no es amor —le sostengo la mirada.
—Joder, te ves tan caliente cuando te enfadas —me acorrala contra la pared—. Creo que ya es momento de que te meta la v***a, ¿no te parece? Que mi polla se introduzca lento en tu apretado coño, hasta que la bañes con tu sangre, que gimas del dolor y…
Le doy una patada en las bolas, se dobla y me aparto.
—Jódete, Tobin, no quiero que te vuelvas a acercar a mí —Saco mi móvil y lo lanzo contra el suelo, este cae y se fractura la pantalla—. Ten tu puto localizador de mierda.
—¡Blair! —brama a mis espaldas.
Me detengo bajo el umbral de la puerta, mirándolo por encima del hombro.
—Estaba enamorada de ti, lo arruinaste, eres de lo peor —niego con la cabeza—. En verdad espero que no te vuelva a ver.
Una vez afuera, tomo una larga bocanada de aire, las manos me tiemblan. Mi mente se esclarece y llego a una conclusión; Clove no tuvo un accidente, conozco a mi hermana, a ella la intentaron matar, como lo dice ese extraño mensaje.
De una cosa sí estoy segura, los hombres cometen errores porque se creen invencibles, los asesinos cometen errores porque creen que nadie los descubrirá. Pero la moralidad es un disfraz inútil frente al dolor. Yo descubriré quién intentó arrancarle la vida a mi hermana, aunque tenga que convertirme en aquello que más temo. Porque si el mundo es lobo, entonces yo también aprenderé a aullar.