PARTE 2 │Juego

1723 Words
BLAIR AÑO DESPUÉS Han pasado doce meses exactos desde el día en que mi hermana menor, Clove, quedó tendida en una camilla, conectada a máquinas que respiran por ella, incapaz de abrir los ojos. Doce meses desde que nuestra vida se detuvo en seco, y la policía, con sus informes vacíos, nos dejó con la única certeza de que nunca sabremos qué pasó. La universidad se deslindó de inmediato, como ratas abandonando un barco en llamas: “La alumna se encontraba fuera del plantel, por lo tanto, no es responsabilidad nuestra”. Palabras frías. Palabras que me taladran el cráneo cada vez que las recuerdo, sacando un instinto asesino que no sabía que tenía. Camino con el ramo de alcatraces frescos en las manos, los preferidos de Clove, porque ella decía que parecían pequeños soles atrapados en pétalos, siempre fue así, ella es la romántica que busca una historia de amor, y yo la táctica y fría que solo busca paz. Entro en la habitación blanca, helada, donde su cuerpo descansa, y dejo caer las flores viejas, marchitas, en el bote de basura, mientras acomodo las nuevas en el florero, terminando, me siento en la silla junto a su cama, apoyando los codos sobre mis rodillas. —Ya estoy aquí otra vez —susurro, con voz baja y firme, como si quisiera convencerme de que ella sí me escucha—. Me tomé un descanso de la universidad, no podía seguir fingiendo que todo estaba bien. Pero regresaré… suspendí Administración de Empresas, ¿recuerdas? Tú siempre dijiste que sonaba aburrido, pero que al menos yo tenía cabeza para números. Mis dedos se enredan entre los mechones oscuros de su cabello apagado. —Tobin me engañó —suelto, con una risa amarga que me duele en la garganta—. Sí, ya sé que ya te lo había contado, pero aún me cuesta creer que lo hiciera con una profesora, ¿puedes imaginarlo? Es un maldito patán —cierro los ojos con rabia—. Lo peor es que ella renunció al día siguiente, por miedo a que yo abriera la boca. Cobarde. Por otra parte, él sigue buscándome, no entiende que lo nuestro murió antes de empezar, a mí misma me costó trabajo procesarlo, tu accidente no me dio tiempo de duelo o de procesar lo que estaba ocurriendo con mi relación. Me acomodo mejor en la silla, mirándola, observando sus párpados inmóviles, esperando verlos temblar. —Mamá está mejor, al menos ya no intenta hacerse daño, hace unos meses estaba tan perdida… Ahora parece más tranquila, no sé cuánto tiempo dure, al menos es un respiro por ahora. Una punzada de impotencia me atraviesa el pecho. Me inclino sobre ella, dejando un beso en su frente fría. —Clove… —Mi voz se quiebra, obligándome a mantenerla firme—. Ya basta, ¿sí? Despierta. Te necesito, no sabes cuánta falta me haces. Me inclino hacia adelante, depositando un suave beso en su frente. —La vida no es divertida sin ti. En ese instante, la puerta se abre de golpe y dos doctores entran, con expresión grave. —Señorita Evans, lo sentimos mucho, pero necesita salir ahora mismo. —¿Qué? —me incorporo de golpe, alzando la voz—. ¿Qué ocurre? Ambos se miran al unísono, hasta que el más alto carraspea, incómodo, mirándome de arriba abajo como si fuese un bicho al que debe aplastar. —Su hermana será trasladada a otro hospital. La familia no ha cubierto los últimos seis meses, y ya no podemos mantenerla aquí. El alma se me cae a los pies, sus palabras son el equivalente a que, si me hubiesen inyectado agua helada en las venas, todas mis extremidades se tensan, no reaccionan a mis demandas mentales, mucho menos la voz sale de mi garganta, se queda ahí, suspendida entre mis cuerdas vocales. —¿Qué están diciendo? Eso es imposible, es decir, mi padre… nosotros… —balbuceo, incapaz de detener mis espasmos nerviosos. —Lo lamento, pero sin pagos no se puede continuar —añade el segundo doctor, con la lástima lacerante en sus pupilas. Ellos no dicen nada más, se encaminan hacia dónde está el cuerpo vegetal de mi hermana, con toda la intención de desconectarla de los aparatos que revisan sus signos vitales. Uno de ellos levanta el escuálido brazo de mi hermana, ese toque es el que me da una bofetada de realidad y me obliga a reaccionar. —Esperen un momento —replico con dureza, intentando parecer ruda—. Mi padre necesita estar aquí, no pueden decidir eso sin él. —Déjalos hacer su trabajo, cariño. Mi padre aparece justo en ese momento, con aspecto ilegible, la frente perlada de sudor. —Blair, sal un momento —dice seco, sin darme margen de réplica—. Van a trasladar a Clove, déjalos hacer su trabajo. —Papá, no puedes permitirlo… —Ahora —su demanda no parece ser negociable. Obedezco. Camino detrás de él hasta el pasillo, mis pasos resuenan contra el suelo encerado, cuando estamos solos, cerca de la sala de espera, se detiene, con los hombros cargados de un peso invisible. —Estamos en bancarrota, hija —su voz se rompe en un hilo áspero—. Los socios me tendieron una trampa, me acusaron de fraude hace seis meses. Perdí casi todo, no puedo con los gastos de tu madre, mucho menos con los de Clove. Lo miro, incrédula, sintiendo que la tierra desaparece bajo mis pies. —¿Y no pensaste en decírmelo antes? —escupo con rabia contenida—. ¿Me lo ocultaste mientras yo hacía malabares creyendo que todo estaba bajo control? —No quería preocuparte. Todo saldrá bien —cierra los ojos con fuerza, agarrando el puente de su nariz. No le respondo, no puedo, agradezco haber tomado la decisión de alejarme de la universidad por un buen rato, ahora entiendo por qué no se opuso, un doctor aparece para decirle que debe firmar documentos para el traslado. Mi padre asiente, se aleja con él, y yo me quedo sola en el corredor. El teléfono vibra en mi bolsillo. Tobin. Otra vez. Siempre consigue un número nuevo, lo ignoro, bloqueándolo de inmediato, ya no tiene lugar en mi vida. El tiempo pasa como cuchillas lentas, pienso en una solución, no sé bien los detalles, mi padre no me los dirá, por lo que tendré que investigar por mi cuenta. Las siguientes horas pasan más rápido de lo normal, y para cuando llegamos al nuevo hospital, frunzo el ceño al darme cuenta de que es más pequeño, más frío, con menos recursos. Un insulto disfrazado de ayuda, me cuesta dejar a mi hermana menor ahí, pero ahora mismo no puedo hacer nada. —Prometo que solucionaré esto —Le doy un beso en la frente, antes de salir de la habitación en la que descansará. Cuando regresamos a casa, siento el cuerpo pesado, como si cargara con la losa de todo el mundo. Me doy una ducha rápida, intentando arrancarme la angustia de la piel, pero no funciona, por lo que bajo a la cocina por un vaso de agua. Es ahí que escucho la voz de mi padre en la sala. Las luces están apagadas, solo las lámparas permanecen encendidas en penumbras. Me acerco en silencio, pegándome al marco de la puerta. —…entonces perderemos la casa también —su voz es un susurro quebrado—. ¿Dónde meteré a mis hijas? ¿A mi familia? Guarda silencio, escucha al otro lado y después cuelga. Se sienta en el sofá, hundiendo el rostro entre las manos. Llora. Lo veo desmoronarse, y una parte de mí se quiebra con él, aunque no digo nada, me retiro despacio, rumbo a su despacho. Al igual que el resto de la casa, todo está a oscuras. Enciendo la lámpara de escritorio, empiezo a revisar los cajones, papeles, documentos apilados, hasta que la encuentro: una carpeta gruesa, marcada con sellos rojos. La abro. Informe tras informe, investigación tras investigación, la palabra “fraude” aparece repetida. Los documentos muestran transferencias, cuentas, demandas en proceso. Y allí, el nombre que me enciende la sangre: Turner, los socios. Ellos fueron quienes acusaron a mi padre, quienes lo arrastraron al barro para quedarse con todo. Aprieto los dientes, conteniendo la rabia. Abro la laptop, busco. “Familia Turner”. Me topo con un mar de artículos: una familia poderosa, con dinero en exceso, fundadores de empresas, de instituciones… incluso de la universidad en donde estudiaba Clove. Esa misma universidad que nos dio la espalda. Entro en su página web, reviso con calma, y allí, en letras doradas sobre fondo azul marino, encuentro la convocatoria: Programa de Becas de Excelencia Kins Jefferson. Solo cinco alumnos aceptados al año, con todos los beneficios: matrícula cubierta, acceso a programas internacionales, residencia estudiantil, prácticas en las empresas fundadoras, un boleto directo a su mundo. Me quedo mirándolo. «Ya sé lo que haré» Tomo el teléfono y marco un número que tengo guardado bajo iniciales, sin nombre, a los dos segundos, contesta una voz masculina, ronca, con un tono burlón. —Vaya, vaya… la señorita seria, me llama al fin. ¿Me extrañaste? —Necesito un favor —respondo tajante, ignorando su burla. —Pensé que me odiabas. —Lo hago. Pero aún me debes una. Se queda callado un segundo, antes de reír bajo. —Está bien. ¿Qué quieres? —Documentos legales, con otro nombre. Lo antes posible. —Eso no es poca cosa, Blair. —Tú me debes. Y sabes que cumpliré con lo que pidas después. —Perfecto, en unos días tendrás lo que necesitas, pero dime… ¿Qué piensas hacer con una nueva identidad? Levanto la vista hacia la pantalla, el logo de la universidad brillando en la oscuridad, aparece. Mis labios se tensan en una línea dura. —Me infiltraré en la universidad Kins Jefferson. —Joder, estás loca, esa universidad es de pura gente élite. —No te metas en donde no te llaman, solo hazlo. —¿Y cómo te llamarás? Señorita “Lo tengo todo bajo control” Aprieto el puño, mirando mi reflejo desde la laptop. —Blair Gray. Cuelgo sin esperar respuesta. La decisión está tomada, no voy a detenerme hasta llegar al fondo de todo.
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