Prefacio
“Murphy, no le grites al vecino. Él decide cómo tirar su basura.”
“Murphy, no malgastes tus ahorros en bolsas de basura.”
“Murphy, no alimentes animales callejeros.”
“Murphy ¡Deja de perseguir a los políticos!”
“Murphy, eres muy joven para ir a protestas.”
“Murphy, una niña no puede cambiar el mundo.”
Así siempre ha sido mi vida. La vida de Murphy “la loca”.
No me voy a quejar. Más allá de las constantes quejas de mi familia, vecinos, amigos, conocidos y extraños...bueno, de todos, yo siento que hago un bien y eso es lo único que me importa.
Me llaman “la loca”, no por loca, sino por rara. Pero ¿En qué momento, preocuparse por el planeta se volvió algo “raro”? ¿No debería ser algo común? Lamentablemente este es el mundo en que nos tocó nacer.
Soy una activista por el medioambiente, tengo veinte años y una vida llena de logros que me enorgullecen.
A los cinco años rescaté a un gatito de arriba de un árbol. Me quebré un brazo al caer, pero el gato estuvo a salvo y volvió con sus dueños, los Morrison.
A los seis años recolecté la primer lata de refresco de la vereda y la tiré al contenedor de basura. Ahí comenzó todo.
A los nueve ya había recibido un premio a la activista por el ambiente más joven.
A los doce, rescaté a un cachorro de una tormenta causada por un huracán que azotó a mi ciudad...Mis padres me castigaron dos meses por arriesgar mi vida. El cachorro se convirtió en mi mejor amigo, Mur.
A los catorce, el alcalde me premió con dos mil dólares por mi contribución a la ciudad. Doné dos mil dólares al refugio de mascotas local.
A los quince, besé a Marco Dean, cinco horas después lo golpeé al verlo hacer bullying a un par de chicos que vendían limonada para reunir dinero y poder operar a su perrita Sassy. Les di doscientos dólares a Parker y Paul. Se convirtieron en mis mejores amigos.
A los diecisiete, fui arrestada por causar desorden público...lancé basura a la intendencia en protesta por su nula preocupación ambiental. Parker y Paul pagaron mi fianza de doscientos dólares y mis padres jamás se enteraron.
A los dieciocho, volví a ser arrestada por tirar bolsas de basura por sobre el paredón de la casa del alcalde Dorevy. Logré que se apruebe una ley para aplicar multas por arrojar basura...fui la primer multada por mil dólares. Mis padres casi me matan.
A los diecinueve, papá y mamá viajaron a Cancún como segunda luna de miel, tuve un accidente al caer de la escalera y me quebré una pierna y dos costillas. Estuve dos horas llorando de dolor en el suelo, mi perro Mur corrió hasta la casa de Parker y Paul; trajo ayuda para mí. Su casa quedaba a un kilómetro y medio.
Ahora tengo veinte años y me encuentro en el tercer y último año de mi carrera. Jamás dejé de ser la Murphy Kailani Hiddleston que sacaba a todos de quicio.
Limpio la ciudad por las mañanas y estudio por las noches, las tardes son mis horas felices.
En veinte años de vida, he recibido cinco nombramientos por parte de la ciudad, agradeciendo mi colaboración por un mundo mejor. Pero, contrariamente a lo que podrían esperar o creer, a pesar de que me reconozcan por el esfuerzo, jamás han hecho planes de cuidado al medioambiente de forma voluntaria.
Cualquiera se hubiera rendido al estar luchando contra la sociedad de forma tan solitaria.
Mi mamá, Jean, me dijo un día que una niña no podía cambiar al mundo. Estaba furiosa porque me habían arrestado al tirar las bolsas de basura al alcalde. Después de aquella frase no me habló durante una semana, hasta que un día, cuando me notificaron que el proyecto de las multas había sido aprobado, corrí hacia donde ella estaba y con la carta en sus manos me miró asombrada.
-Sé que no puedo cambiar al mundo, pero puedo luchar porque no lo arruinen tan rápido-
¿Saben que hizo mi madre desde aquel día? Me dejó ser la Murphy que tanto le sacaba de quicio.
Las personas nacemos destinadas a ser alguien en la vida, y no podemos luchar contra ello.
Mi destino, por suerte, es este...