Saskia, aunque aún aturdida por su propia transformación, asintió, siguiendo a Max, mientras se adentraban en el corazón de la ciudad, donde la verdadera esencia del Día de Muertos aguardaba en las sombras. “Hemos llegado.” Max y Saskia se detuvieron en un mirador apartado, donde las luces de la ciudad se mezclaban con el brillo cálido de las velas esparcidas por cada rincón. Desde allí, la vista era espectacular: las calles de la ciudad parecían un mar de luces danzantes, en las que las llamas de las velas y las farolas eléctricas coexistían en un contraste perfecto, como una ofrenda viva que unía lo antiguo con lo moderno. Saskia, embelesada por la vista, se sentó junto a Max y cruzó las manos sobre su regazo. “Vaya, en serio, que este sitio es hermoso,” murmuró, como si las palabras

