El timbre de la puerta se cerró tras ellos con un suave tintineo. Mace se quedó solo en la acera, la mano aún colgando en el aire como si esperara que ese gesto no correspondido pudiera deshacerse. La retiró lentamente, como si hasta eso doliera. No era el rechazo lo que le había dolido. Era el reconocimiento. Azazel. No hacía falta más para saberlo. La energía que había sentido era inconfundible. Fría y antigua como el abismo que separa el principio del fin. Mace lo había percibido incluso antes de que el otro hombre saliera del local, incluso antes de que se acercara. Un roce de eternidades. Dos existencias que no debían coincidir. Pero lo hicieron. Y en medio de ambos… ella. Silvia. —¿Por qué tú? —murmuró Mace, sin saber si le hablaba a ella o al destino. Caminó de regreso a l

