El aire en los cielos superiores no solía tener variaciones. No existía viento ni temperatura, ni ese peso invisible que a veces cae sobre los hombros de los mortales. Sin embargo, últimamente, algo se sentía fuera de lugar. Isriel caminaba por los corredores de alabastro del Reino Medio, con el ceño fruncido y sus brazos apenas extendidas sobre un velo delicado de encaje n***o. Su traje solía ser una armadura oscura bastante tosca con la que siempre lucía elegante y peligrosa. No obstante, cuando estaba en sus aposentos descasando (casi nunca) lucía un hermoso vestido griego con delicadas telas bailando a sus costados. Su andar era sereno, pero por dentro, la inquietud latía como un tambor sordo. Había pasado demasiado tiempo observando. Las fracturas eran pequeñas, casi imperceptibles…

