El bosque detrás del parque no parecía real. El aire era denso, casi sólido, y el suelo crujía con un lamento antiguo bajo cada pisada. A esa hora de la noche, el lugar no estaba hecho para los vivos. Las ramas desnudas se enredaban como garras contra un cielo sin luna, y el frío no se sentía como temperatura, sino como un castigo. Miguel sostenía a Miriam entre sus brazos las manos de la mujer estaban rojizas por el fuerte apretón del ángel sobre ellas. Su cuerpo temblaba con cada contracción, y sus quejidos eran cada vez más constantes. El sudor le perlaba la frente y su piel pálida resaltaba más bajo la luz enfermiza del lugar. —¡Suéltala! —rugió Shamael al frente, apuntando con el brazo tembloroso a Miguel—. ¡Te lo advierto, suéltala! Miguel, de pie, con la túnica ondeando como si e

