La sala era amplia pero vacía, como si su inmensidad tuviese el propósito de hacerla sentir más sola. Miriam estaba sentada en un banco de piedra, con los tobillos atados por una suave cadena dorada que no dolía pero que no podía romper. La luz era suave, proveniente de una especie de lámparas flotantes que no ardían, sino que pulsaban como estrellas temblorosas. Miguel estaba de pie a unos metros, dándole la espalda, como si contemplara un mural que solo él podía ver. Su figura era imponente, de cabellos tan blancos como el yeso y ojos que no brillaban, sino que quemaban. Llevaba puesta una túnica sin pliegues, recta como la ley que decía representar. —¿Dónde estamos? —preguntó Miriam, tratando de mantener la voz firme pese al nudo en su garganta. Miguel no respondió de inmediato. Pare

