El rugido del motor cortaba el silencio de la noche mientras Alexa maniobraba entre las calles desiertas de la ciudad. Su mente trabajaba a toda velocidad, repasando cada detalle de la emboscada. Dmitri revisaba la carpeta con el ceño fruncido, su mandíbula tensa por la rabia contenida. —Esto cambia las reglas del juego —murmuró, cerrando la carpeta de golpe—. Nikolai sabe que estamos tras él. Alexa mantenía la mirada fija en el camino, sus nudillos blancos por la fuerza con la que sujetaba el volante. —Siempre supo que alguien vendría por él tarde o temprano. Pero ahora no puede ignorarlo. Dmitri sacó su teléfono desechable y marcó un número. —Es hora de mover nuestras piezas —dijo en cuanto la llamada fue respondida—. Reúne a los hombres en el almacén del puerto. Tenemos trabajo. C
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