Alexa llegó al puerto minutos antes de la medianoche. El aire salado se mezclaba con el frío de la noche, y las luces parpadeantes de los barcos anclados en la distancia creaban sombras alargadas en el suelo húmedo. Se recargó contra su auto, con la mirada fija en el muelle vacío. No tenía miedo, pero la incertidumbre palpitaba en su pecho. Dmitri Mikhailov no era un hombre cualquiera, y si había accedido a reunirse con ella, significaba que había algo más en juego. El sonido de pasos resonó en la madera del muelle. Alexa giró la cabeza justo cuando una silueta emergió de las sombras. Dmitri caminaba con la confianza de alguien que no temía ser atacado. Alto, de complexión robusta, con una chaqueta oscura que se ajustaba a su cuerpo como una armadura, se detuvo a unos metros de ella y la

