Astrid alzó la vista un segundo, vio la posición, la tensión en el cuerpo de Emma, la erección orgullosa de su marido. Sonrió contra el hombro de Lars y murmuró, tan bajo que solo él pudo oír: —Amor… parece que tus cálculos tienen una variable nueva. Lars parpadeó, bajando la mirada por primera vez. Vio la punta de su pene rozando la entrada de Emma, los labios de su hija abiertos alrededor, brillantes. No retiró la mano del pecho. Solo respiró hondo, voz ronca: —Cariño… ¿estás cómoda así? Emma, con las mejillas ardiendo y la voz temblorosa, asintió apenas. —Mucho, papi… no te muevas. Y en el silencio denso del vapor, los cuatro cuerpos respiraban al unísono, como si la familia entera supiera que algo irreversible y dulce acababa de empezar. —Tranquila, bebé —susurró Lars, voz grave

