El gemido salió largo, dulce, tembloroso. Su vulva se contrajo alrededor de los dedos de Erik, un chorrito cálido mojando su palma. Eso fue suficiente. Erik se tensó entero, la respiración cortada. El semen brotó en chorros gruesos, calientes: primero sobre la mano de Emma, luego salpicando sus muslos desnudos y parte de su propio vientre. Ella siguió moviendo, maravillada, sintiendo cómo palpitaba entre sus dedos, cómo se vaciaba. —Es la primera vez que lo veo de verdad, Erik. Sabía que era una eyaculación, pero no imaginé que fuera tan… mágico. —Ufff… sí. Mágico. Se quedaron quietos un segundo, respirando fuerte, mirándose con esa mezcla de risa y sorpresa que solo tienen los que acaban de descubrir algo prohibido y delicioso a la vez. Emma levantó la mano pringosa, la miró curiosa

