Tres días saliendo con Eva, y Emma ya no es la misma: camina con una sonrisa secreta, los ojos brillando como si guardara un tesoro. Nunca nada fue tan intenso como aquella tarde con los padres de Eva, pero solas también arden. Fuman un poco de hierba antes de tocarse —“para relajarnos”, dice Eva con esa voz ronca—, y entonces los besos se vuelven lentos, profundos, adictivos. Emma descubre que una chica puede saber exactamente dónde tocar, cómo morder, cómo hacerla temblar más que cualquier chico torpe del colegio. Hoy están en casa de Emma, duchándose juntas. El vapor llena el baño, el agua caliente cae como lluvia suave. Emma está tímida, como siempre al principio: se cubre un poco con los brazos, ruborizada aunque Eva ya ha visto y lamido cada centímetro suyo. Eva, en cambio, es pura

