Lars estaba en el salón, supuestamente leyendo el periódico, pero sus ojos azules la siguieron desde el instante en que apareció. No fue una mirada descarada; fue peor: lenta, serena, como quien aprecia una obra de arte que ya conoce pero nunca se cansa de mirar. La taza de café se detuvo a medio camino de sus labios. Un músculo de su mandíbula se tensó apenas, imperceptible para cualquiera que no lo conociera tan bien como su familia. Cuando Eva pasó cerca del sofá, él inclinó la cabeza un grado, lo justo para que la vista bajara por la curva de su espalda hasta ese pliegue que asomaba y desaparecía. Respiró hondo, lento, como si oliera algo delicioso que aún no puede probar. La mano libre, apoyada en el brazo del sofá, se cerró un poco, dedos fuertes imaginando ya la textura de esa piel

