La noticia de la prueba de Baldi y su propuesta de traición había enfriado el fuego entre Julian y yo. La tranquilidad del jardín se desvaneció, reemplazada por la urgente necesidad de estrategia. Pero antes de sumergirnos en la guerra, Julian se detuvo.
—Necesitamos a Pietro —dijo Julian, su voz carecía de la brutalidad que había usado para arrastrarlo fuera de la cafetería—. Lo necesitamos como aliado. Si lo tratamos como un peón, huirá.
Ambos bajamos al sótano de la villa de Enrico. La zona de servicio era limpia, pero fría. Pietro estaba acurrucado en una cama improvisada, la expresión de terror petrificada en su rostro. Parecía un niño, no un hombre de dieciocho años.
Recordé mi propia infancia en el convento, la sensación de ser una propiedad intercambiable. Esa empatía, rara en mí, me hizo avanzar.
Dejé una bandeja de pasteles de nata y una botella de agua sobre la mesita. El dulce aroma lisboeta no encajaba con la atmósfera del sótano.
—Pietro. No vamos a hacerte daño. Si quisiera matarte, ya lo hubiéramos hecho —dije, con el tono más suave que pude encontrar.
Pietro levantó la cabeza, sus ojos de topo parpadeando ante la luz.
—El Señor Julian... él me odia. Su padre me mantuvo allí para burlarse de mi...
—No te odio, Pietro —intervino Julian, sentándose en el suelo, una posición inusual de vulnerabilidad—. Yo te creía un sirviente asustado. Ahora sé que eres una víctima de mi padre. Una víctima muy valiosa.
Julian le empujó los pasteles de nata.
—Cómelos. Te los ganaste.
Pietro, con lentitud, tomó un pastel, sus dedos temblaban. Agustina se arrodilló a su lado.
—Abietti te robó para humillar a Luca Rossi. Luca Rossi es tu padre, Pietro. Él te está buscando. No para matarte, sino para encontrarte. Él no sabe que su hijo trabajaba limpiando la suciedad de su enemigo —dije Agustina, forzando la verdad con delicadeza.
—Mi madre... mi madre siempre me decía que yo no era un huérfano cualquiera —susurró Pietro, las lágrimas asomando.
—No lo eres. Eres un Rossi. Y eres la única persona que puede darle la paz y el poder a tu padre. Y la única persona que puede hundir a la Madre Superiora y a Baldi.
Julian me miró con una gratitud silenciosa. Él, el Don, no habría podido ablandar el miedo de Pietro. Necesitaba a Agustina, la hija del trato, para hablar de deudas y de familias perdidas.
—Mira, Pietro —dijo Julian, mostrando su teléfono con la prueba de Baldi que acababa de recibir—. Baldi nos envió esto. Es la confirmación de que la monja envenenó a mi padre. No te necesitamos para convencer a los jueces. Te necesitamos para convencer a Luca Rossi.
Julian extendió su mano. —Yo te protejo de la Iglesia. Te doy la prueba del asesinato de mi padre. Y te entrego vivo y a salvo a Luca Rossi. A cambio, tú juras lealtad a la Famiglia Vermilion. Una tregua eterna, ¿Estás de acuerdo?.
Pietro miró la mano de Julian, luego el teléfono, y finalmente a Agustina. Por primera vez, su rostro mostró algo más que terror, algo llamado esperanza.
—Yo... yo quiero ver a mi padre.
—Lo harás. Pero antes, tienes que darnos tu palabra. No somos tus enemigos. Somos tu única salida —dijo Julian, su mano seguía extendida.
Pietro tragó saliva, el pastel de nata se atascó en su garganta. Lentamente, colocó su mano temblorosa en la de Julian.
—Lo juro. Los Vermilion y yo... en paz. Solo quiero a mi padre.
Agustina le pasó un vaso de agua para pasar el pastel de nata, parecía que le gustaba mucho aquel pastel.
El pacto se cerró. El testigo, el peón, se había convertido en un aliado.
—Ahora, Agustina —dijo Julian, recogiendo el teléfono—, la calma ha terminado. Luca Rossi sigue pensando que somos dos fugitivos. No sabe que tenemos a su hijo. Es hora de usar esta carta.
Julian marcó el número de Luca Rossi.
Sonó unas dos o tres veces, Agustina pudo ver una gota de sudor por la frente de Julián, así que decidió agarrar su mano.
—Luca Rossi. Te tengo una sorpresa. Y está en Lisboa.
Julian miró a Agustina. El respeto en sus ojos era ahora más peligroso que cualquier amenaza. Sabía que ella era la única persona que podía navegar la oscuridad a su lado. El camino de vuelta a Venecia pasaría por un enfrentamiento final en Lisboa.