El ambiente en la oficina al día siguiente es un cóctel de reacciones. Apenas llego, siento las miradas de todos sobre mí. Algunos sonríen y me felicitan con sinceridad, otros parecen no saber qué decir, y algunos mantienen la distancia, como si hubieran perdido un extraño juego que solo ellos estaban jugando. A cada paso, el peso de las miradas se vuelve más evidente, y la presión aumenta. Una compañera se me acerca para felicitarme, aunque sus palabras están cargadas de doble sentido: —¡Felicidades, Daniela! Debes ser muy especial para haber… conquistado a Magnus —dice con una sonrisa, que no parece tan amable como debería. No sé cómo interpretar sus palabras, pero decido mantener la calma y agradecerle sin darle más importancia. Lo cierto es que, aunque sabía que la noticia iba a dar

