Las primeras grietas en nuestro pacto de discreción aparecen al lunes siguiente. Todo parece normal al principio, hasta que entro a la oficina y veo que varios colegas me miran de reojo, con sonrisas que intentan disimular. Un par de murmullos cesan apenas cruzo la sala, y la tensión me resulta casi asfixiante. Para el mediodía, la situación se vuelve aún más incómoda. Estoy preparando algunos documentos en mi escritorio cuando Marcela se me acerca con esa sonrisa inquisitiva que no promete nada bueno. —Daniela, ¿puedes venir un momento a la sala de reuniones? El tono de su voz me pone en alerta. Camino tras ella, intentando ordenar mis pensamientos para una conversación que intuyo no será fácil. Al llegar a la sala, veo que Bruno también está allí. Se cruzan miradas entre ellos, y fina

