La rutina en la oficina se convierte en una prueba de fuego. Cada vez que paso cerca de Magnus, sus ojos se encuentran con los míos por un segundo más de lo que debería. A veces siento que él está ahí, observándome a propósito, como si quisiera recordarme lo que compartimos en esa cabaña, ese fin de semana donde el mundo parecía solo nuestro. Hoy, sin embargo, todo parece especialmente tenso. Las llamadas se acumulan, los correos no dejan de llegar y Magnus… está en uno de esos días. Su voz retumba en la oficina, cada indicación viene cargada de una impaciencia que hace que cualquiera quiera salir corriendo. Menos yo. —¡Daniela! —su tono seco me hace dar un pequeño respingo, aunque estoy acostumbrada a sus “crisis de jefe”. Respiro hondo y entro en su oficina. Lo encuentro con la mirada

