Capítulo 8: El grito de un depredador

1529 Words
Megan Martin En cuanto la limusina se estaciona fuera del salón de eventos, siento que el estómago se me sube. Le tomo el brazo a Irwin antes de que abra la puerta y lo miro con verdadero pánico. —¿Y si me equivoqué de vestido? —Claro que no, Pastelito. Te ves hermosa y sé que nadie se quedará indiferente ante tu presencia —me besa el dorso de a mano y me sonríe con esa calidez que siempre me ha hecho sentir tan bien—. Hoy vas a mostrar que eres preciosa, inteligente y que puedes rendir a tus pies a toda una generación de idiotas. Vamos. Asiento, él se baja y me saca una risa que me relaja cuando me hace una reverencia. Salgo con toda la elegancia que he visto en las señoras de la alta sociedad con que mi madre intenta codearse, aunque no tenga nada de ellas. Miro sin mover mi cabeza a ninguna parte, solo mis ojos hacen un barrido rápido del lugar y me siento en la gloria cuando veo a las arpías que me han hecho la vida imposible quedarse con la boca abierta. —Eres la sensación, mantén la cabeza en alto y todo estará bien. El susurro de mi amigo me alienta a caminar, pero siento que alguien me mira de una manera diferente. Es como… como una presencia depredadora, me detengo a medio camino para buscar esa mirada, porque es demasiado intensa y mis ojos se abren cuando veo a Dereck. ¡¿Qué demonios hace aquí?! ¡¿Es que quiere humillarme delante de todos estos idiotas?! Giro la mirada de inmediato y sonrío como suelo hacerlo en su cara. No quiero que me afecte ni mucho menos que me quite mi máscara de mujer que tiene su vida resuelta, aunque en realidad no tengo dinero para comprarme mis útiles personales el próximo mes. En cuanto entramos, noto el calor y las risas de todos. —Demonios, esto es demasiado para mí —murmuro e Irwin hace lo mismo. —Te lo advierto, no creo que dure más de una hora. —Yo tampoco… Creo que te cobraré eso de ir por pollo frito en el Roll Royce de tu padre. —Perfecto. Una hora, es todo lo que nos quedaremos. Caminamos con la promesa de largarnos de aquí en cuanto hagamos lo que tenemos que hacer. Ninguno quiere dejar la imagen que se ha quedado en el anuario de la generación. Nos acercamos a la enorme mesa de bebidas y nos aseguramos de que el ponche que nos estamos sirviendo no huele a alcohol. Chocamos los vasos plásticos, nos reímos y le digo a Irwin. —Por nosotros, que nos graduamos con las mejores calificaciones. —No seas modesta, este brindis es por ti, que eres la mejor de los mejores —bebemos y sonreímos orgullosos de nosotros mismos—. Me siento honrado de ser parte de tu lista de personas favoritas. Cuando tenga problemas en la empresa de mi padre, te llamaré a ti. —Mientras me pagues un buen cheque —me burlo y él levanta las manos. —Por supuesto. Mi padre me enseñó que los negocios y la amistad no se mezclan jamás. Ahora, vamos a bailar. Me toma la mano, nos metemos en medio de los pocos bailarines que hay y comenzamos a movernos. Por supuesto que bailamos como se nos pega la gana y eso no es de la manera convencional que todos conocen. Siento que me libero poco a poco y pronto me dejo llevar por la música como mejor puedo. Irwin me toma de la mano, me hace girar y recuerdo que es un gran bailarín. Pronto dejamos de movernos como simios hipnotizados y nos tomamos esto en serio. —Nos dejaron en el centro —me murmura al oído en una de las vueltas y miro a mi alrededor. Hay algunos que nos ven con admiración, incluso en las pantallas del salón muestran nuestra destreza y pienso en que cierto señor estaría botando espuma. Tal vez. La canción se termina, Irwin y yo quedamos muy cerca, él tomándome por la cintura y nuestros rostros quedan frente a frente. —¿Más ponche? —Sí, estoy muerta de sed —le respondo jadeante y él me ofrece el brazo. Sacamos unos bocadillos, hablamos de algunas cosas que tenemos pensadas para las vacaciones y todo parece ir normal, hasta que llega uno de los chicos del club de ciencias. —Irwin, ¿crees que nos puedas ayudar con algo? —le dice Vic, un chico flacucho, pequeño y de lentes—. Queremos traer una máquina de humo que hicimos, saldrá de colores. —Claro —dice él, pero antes de irse, me mira a mí—. ¿Estarás bien? —Sí, anda. Sé que también pusiste tus ideas en esa cosa. No me moveré de aquí. —Buena chica. Se va animado, yo pongo los ojos en blanco y sigo comiendo. De pronto, una de las chicas más pesadas llega conmigo, me mira de pies a cabeza y yo me pongo en modo defensivo de inmediato. —Megan Martin, la pobretona que quiere subir acostándose con el nerd millonario. ¿Qué tuviste que hacer para que te comprara ese vestido? Me miro el vestido y me encojo de hombros. Esta es mi oportunidad para responderle como se me pegue la gana, porque nunca más la veré. —Me lo pagué yo misma, Taylor. No soy como tú, que seguramente tuviste que usar tu boca con varios chicos para ese Dolce & Gabbana de hace tres años. —¡¿Cómo te atreves, perra? —levanta la mano para pegarme, pero la detengo con fuerza. —La única perra aquí eres tú, que te has acostado con la mitad de los chicos de aquí y con unos cuantos maestros —ella abre los ojos y sonrío con satisfacción—. Todos sabemos tu sucio secreto, señorita Ackerman. —Te voy a… Oigo una discusión cerca de nosotras, me distraigo solo un segundo y una de las amigas de Taylor me cubre la boca y me arrastra a la oscuridad hacia uno de los pasillos laterales. Intento pelear, pero cuatro contra una… No es mucho lo que puedo hacer para defenderme. Solo sé que tengo una extensión rubia entre mis manos y mis uñas perfectamente pintadas ya tiene la carne de una de ellas incrustada. —¡Métanla aquí! Vamos a ver cuál de los chicos quiere ensuciarse con esta maldita perra. Quiero gritar, pero me han cubierto la boca con una pañoleta de seda. Huele fatal, a perfume caro y dulce, un asco. Sigo peleando, quiero salir de aquí. ¡Necesito salir de aquí! Mientras Taylor se pierde de aquí, las malditas me sientan en una silla y se apresuran a buscar con él atarme. En cuanto una de ellas se agacha para atarme las piernas, levanto mi rodilla e impacto su nariz. —¡Maldita! —chilla con los ojos llorosos y la sangre saliendo a borbotones—. ¡Me rompió la nariz! Consigo escupir la pañoleta y le digo lo más fuerte que puedo, tal vez alguien me oiga. —¡A lo mejor así te la arreglan de una vez por todas! Me da una bofetada que me marea. Me unen las manos tras la espalda y la que me sostenía el brazo derecho se para frente a mí, me da otra bofetada y siento el sabor de la sangre. La miro con una sonrisa y le susurro. —Eso, golpéame, así hacen que esto sea un delito más grave. La puerta de pronto se abre, el capitán del equipo de basquetbol y me río. —No puede ser, esto se volvió un maldito cliché —forcejeo para soltarme, pero me toman de nuevo, con más fuerza. —¿En serio, Taylor? ¿Quieres que me folle a esta nerd estúpida? —Wow, pero que coherente… Una nerd estúpida, ¿eso en verdad existe? —siseo con rabia y él se acerca a mí. Me toma el rostro, aprieta con fuerza y me quejo, porque me duele demasiado. Intenta besarme, pero yo intento morderlo y él se echa hacia atrás. —Maldición. Puedo con chicas borrachas, Taylor. Pero esta está lúcida y no quiero problemas. Siento arcadas, este imbécil tiene la fama de acostarse con chicas borrachas, pero siempre se culpan por eso, que estaban demasiado borradas de la realidad para recordar si consintieron o no la relación. Ahora sé que no, al menos una buena parte de ella no lo hizo. —Bueno, déjame ver si la noqueamos o algo —sisea ella—. No quiero que se vaya de aquí sin saber que no se tiene que meter conmigo. Toma una escoba, se acerca a mí con ella y solo siento el golpe. Y todo lo demás es un borrón. El capitán ordenando que me pongan en el suelo, él quitándose el cinturón de su pantalón y luego… El grito de un depredador que me hace sentir tan segura, que puedo dormirme al fin y dejar de pelear.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD