Dereck Hunt
Detengo el auto, apago las luces y suspiro con cansancio. No tengo idea de qué hago aquí, yo debería estar en mi oficina, pero aquí estoy. Megan ni siquiera debe sospechar que me he estacionado frente al famoso salón de eventos en donde será su fiesta de graduación.
Y, aunque sé que esto no es correcto, siento que debo estar aquí. Hay algo que no me deja quieto, como si aquel vestido fuera la muleta que usan los toreros y todos los demás fueran los toros, salvajes y furiosos, que irán contra ella.
—Estoy jodido —apoyo mi cabeza en el asiento, cierro los ojos y presiono el puente de mi nariz.
Esto no tiene sentido. Yo no soy así, pero aquí estoy.
Mi teléfono me saca de mis pensamientos, veo que es Karl y decido ponerle solución a mi ansiedad.
“Señor, ya tengo todo listo, solo necesito los documentos que fue…”
—Olvídalo. Mañana terminaremos todo esto.
“¿E-está seguro, señor?”, sí. Karl me pregunta si estoy seguro porque yo jamás, nunca en mi vida como empresario, he dejado algo para mañana.
—Sí. Ahora mismo tengo otro problema.
“¿En qué le puedo ayudar, señor? ¿Ya mató a su hijastra?”
Sí, Karl también sabe acerca de eso, porque me he quejado de la mocosa desde que la conocí.
—No. ¡Y no digas que es mi hijastra! Yo no tengo edad para ser su padre ni padrastro, ni nada de eso.
“Lo siento, señor.”
—Deja de disculparte. Trae tu trasero aquí.
Se hace un silencio y mis ojos se posan en la entrada del lugar, para ver si logro encontrarla, pero es imposible.
—¿Karl?
“Sí, señor. Claro que iré, solo que no sé dónde.”
Dejo escapar un bufido y le digo la dirección. Corto la llamada, decido salir de mi auto y acercarme un poco a la entrada. Quiero ver cómo la reciben. Quiero saber si los chicos de ahora son inteligentes y la recibirán como la diosa que parece ser. O si son un montón de idiotas que la humillarán.
Meto mis manos en mis bolsillos, me siento en una jardinera cercana y espero. Veo entrar un montón de parejas, algunas bastante desastrosas. Hasta que la única limusina que ha llegado hasta ahora, se detiene.
Me pongo de pie, pero sin dejarme ver tan fácilmente. La puerta trasera se abre y veo bajar al tarado que fue por ella a la casa. Hace una reverencia, extiende su mano y veo que ella se la da.
Miro todo alrededor y me sonrío de medio lado. Un grupo de chicas que no ha dejado de sacarse fotografías se acercan, con la boca abierta y con la envidia supurando como el pus asqueroso que es.
Megan se baja con una elegancia que no le conocía, mira a Irwin con coquetería y los dos caminan como si fueran los reyes del lugar. Él me importa una mierda, pero ella…
Ella sí es la reina del lugar.
De pronto, la veo detenerse con el ceño fruncido, mira a un lado, luego a otro y sus ojos se encuentran con los míos. Los abre solo dos segundos por la sorpresa, luego mira al frente de nuevo y sonríe. Esa sonrisa cargada de ironía que detesto y me enloquece al mismo tiempo.
—Mierda… —siento un toque en mi brazo y doy un salto—. ¡Santa mierda! ¡Karl, no me jodas!
Me llevo una mano al pecho y mi asistente está serio, mirando al frente y como si estuviera listo para matar.
—Yo no fui a mi graduación —me dice con un tono casi doloroso—. Era demasiado nerd y cobarde.
—¿Eras? —le pregunto con una ceja levantada y se ríe.
—¿Qué hacemos aquí, exactamente?
—Yo nada. Pero tú te mezclarás con los profesores, padres o los camareros. Lo que sea, pero quiero que entres y vigiles a Megan.
Karl me mira con los ojos muy abiertos y niega. Yo ruedo los ojos, saco mi teléfono y le hago una transferencia de cincuenta mil dólares. Me muestro la pantalla del teléfono y él abre los ojos.
—Eso es lo que cuesta tu famosa figura de tamaño real de Thor. Ahora, ve y entra a espiar. Si ves algo raro, me llamas.
—¿Y qué tengo que ver, exactamente?
—Cualquier cosa que pueda ser potencialmente riesgosa para un nerd. Yo era el chico popular en la escuela, así que no tengo idea qué le podrían hacer a un nerd o un rechazado social. Pero tú sí, por eso no fuiste a tu graduación, ¿no?
Él solo asiente, respira hondo y camina como si fuera un robot. Busca cómo entrar, saluda a una persona y entran unos segundos después como si nada. Me quedo parado y trato de mantener la calma, porque esto no es normal para nada.
Yo soy un hombre adulto, serio y controlado de veintinueve años. Yo no estoy para espiar muchachitas odiosas.
«Pero ella no es cualquiera, lo sabes», me dice mi consciencia y me siento antes de colapsar aquí mismo.
No sé cuánto tiempo más pasa, tal vez horas y cuando compruebo mi reloj, ha pasado solo poco más de una hora. De pronto, mi teléfono comienza a vibrar y al ver que es Karl, contesto de inmediato.
“¡Señor, tiene que entrar! ¡Van a atacar a la señorita y a mí me van a sacar porque creen que estoy acechando jovencitas!”
Corro hacia la entrada, me encuentro con el guardia y lo empujo en cuanto me prohíbe entrar. Veo que traen a Karl entre tres hombres, me acerco a ellos y lo tomo por las solapas de su traje.
—¡¿Dónde se llevaron a Megan?!
—¡No lo sé! Estos señores me pararon antes de que pudiera ir tras ellos para sacar a la señorita.
Los tres hombres se quedan quietos y con la voz más fría que tengo, les digo.
—Si a Megan Martin le pasa algo, ustedes serán cómplices y por cada pelo que le toquen, ustedes lo pagarán con mil de los suyos.
Tiro de Karl, caminamos un poco más y le hago un gesto para que me diga por dónde se fueron. No van a tocarla, el único que puede joderle la vida soy yo.