Capítulo 5: Una llamada. Una foto

1154 Words
Dereck Hunt —¡No la soporto! —golpeo mi escritorio, como si tuviera la culpa de que esa mocosa me saque de mis cabales. Sé que debo hacer algo y debe ser ahora. El mocoso con el que hablaba dijo que le irá bien en el MIT, eso quiere decir que piensa quedarse ahí y yo no pienso permitirlo. Quiero que se vaya lo más lejos de aquí y, para que eso ocurra, solo tengo una opción. Tomo mi teléfono, llamo a mi asistente y le doy una orden muy simple. —Contáctame con el rector del MIT. Tienes una hora. Dejo mi teléfono sobre mi escritorio y sonrío. Veremos si ahora será tan feliz como hasta ahora, seguramente solo quiere quedarse aquí para tener las comodidades que le puedo proporcionar. Pero si se larga al otro lado del país, puedo restringir todos sus beneficios. Me siento frente a mi laptop y comienzo a revisar departamentos en la costa oeste. Si elige Caltech o Stanford, ya estaré preparado para eso. Harvard dudo que lo elija, porque debe ser demasiado difícil para ella. —Quién sabe cómo consiguió esas aceptaciones, pero estoy seguro de que no los mantendrá. Mi teléfono vibra, veo que es mi asistente. En cuanto le respondo, me da la buena noticia de que el rector espera mi llamada. Le marco en cuanto termino mi llamada con Karl y el rector me saluda con la curiosidad oculta en la cordialidad. “Señor Hunt. Es un honor hablar con uno de los empresarios más importantes de nuestra ciudad. ¿Qué puedo hacer por usted? —Buenas tardes, señor Jenkins. Quiero hacer un intercambio justo que nos puede beneficiar a los dos. Se trata de una beca que le otorgaron a una estudiante… La conversación con el rector es rápida y sencilla. Me cuesta solo una donación para una de sus investigaciones y tres cupos para pasantías. Sonrío y tomo mi saco, hay cosas que debo arreglar en la oficina, entre ellas, una reunión con mi agente de bienes raíces. Tengo un departamento que rentar en California. Aunque comprarlo tampoco sería una mala inversión, ya veremos. Megan Martin Mi vestido es precioso. Es de un rojo italiano elegante y perfecto. Mi madre insistió en comprar un modelo costoso y exclusivo, pero yo lo mandé a hacer en el taller de una diseñadora local, modesta y mucho más económica. Me miro al espejo y veo que la tela me queda como una segunda piel, es de corte reina Ana, de manga corta y con la movilidad perfecta en la falda. Me encanta, porque le queda perfecto a mi tono de piel, a mi carácter y es el ideal para salir de aquella escuela de idiotas mostrando de lo que soy capaz. Dejar infartado a cada estúpido que se burló de mí durante toda mi adolescencia. Le mando una fotografía a Irwin y su respuesta me hace reír. Me manda un sticker de un dibujo animado quemándose. —Justo eso es lo que quiero —susurro al reflejo frente a mí. Tras quitarme el vestido, le pago a la señora lo que me restaba del saldo total y sonrío satisfecha. Me he ganado este dinero desde los once años, dando tutorías, ayudando con ensayos, tareas, trabajos, debates y todo tipo de trabajos complicados para los simples mortales. Pero el que me dejó más dividendos fue ayudar al padre de Irwin con un problema en su empresa. Saber que puedo hacer algo así me hace sentir poderosa. Pero como siempre he pensado, es mejor que el enemigo no sepa cuáles son mis habilidades, así el golpe le llega más duro. Salgo para esperar un taxi, miro la bolsa con mi vestido y siento que alguien me observa. De reojo noto una figura a unos metros de mí. Miro mi teléfono para despistar, giro la cabeza como buscando algo y los veo. Pongo los ojos en blanco, me acerco a los gorilas de Dereck y, con las manos en la cintura, los enfrento. —¿Qué se supone que hacen siguiéndome? ¿Acaso su jefe les ordenó que lo hagan? ¿No le basta con controlar todo lo que hago, sino que debe espiarme? —Solo cumplimos órdenes, señorita. —Bien, es bueno. Así, cuando llegue la policía, lo culparán a él —saco mi teléfono y los hombres se ponen tan blancos como el papel—. Los acusaré por acoso e intimidación. Intento llamar, pero uno de ellos me quita el teléfono, el otro me sube al auto y me llevan a casa. No grito ni peleo, solo pienso en las mil maneras que me gustaría ver morir a Dereck Hunt, el maldito obseso del control que pretende dominar mi vida. Al llegar a la casa, le pido mi teléfono al idiota, pero me dice que no me lo dará hasta que Dereck llegue a casa y decida qué hacer con él. —¡Perfecto! Otro cargo más, el de hurto y apropiación indebida. No se olviden de decirle eso al juez, que el señor Hunt se los ordenó. Me meto a la casa, me encierro en mi cuarto y comienzo a mover todo en él. Necesito quitarme la energía que traigo, el coraje que me envuelve. Antes podía limpiar a fondo el departamento en el que vivíamos con mi madre, pero no puedo hacer lo mismo con la mansión de Dereck. Terminaría la próxima semana. Me coloco unos audífonos, me pierdo en mi ira y pienso que ya es tiempo de dejar la cama en otra posición. Es eso o buscar al idiota de Dereck para mandarlo al demonio y perder mi oportunidad de lograr mi sueño. Dereck Hunt Llego a casa cuando el sol está a punto de desaparecer. Uno de los hombres de la seguridad de la mocosa se me acerca y me entrega su teléfono. —Señor, le tenemos novedades de la señorita —veo el teléfono y siento que retrocedí diez años en el tiempo. ¿Cómo se supone que le funcione todavía esta cosa obsoleta y fea? Escucho lo que tiene que decirme y solo me hierve la sangre. Así que, amenazando con llamar a la policía, ya veremos en qué quedan sus ganas de joderme. Camino con dirección a su cuarto, pero me detengo cuando un mensaje ilumina la pantalla. Como es antiguo, se desbloquea fácilmente. Veo que tiene una fotografía de ella, con su cabello al viento y los ojos cerrados. —Se quiere poco, la mocosa. Y no sé por qué, abro el mensaje que le ha llegado. Veo que es un chico y que le dice que será la sensación al día siguiente. Se me ocurre subir y veo la imagen. Suelo controlarme, suelo no pensar en otras mujeres porque me tomo enserio mi matrimonio. Pero esa mujer en la foto se salta todas mis reglas y ahora con mayor razón debo alejarla de aquí.
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