Capítulo 4: Registros visuales…

1251 Words
Megan Martin Estos días me he quedado mayormente encerrada en mi cuarto luego de llegar de la escuela. Son los últimos días, nadie va a esa cosa, pero quedarme aquí no es una opción. Desde la adorable cena con mi padrastro, he estado comiendo más temprano y en la cocina. A mi madre la he visto poco también, porque se la ha pasado en reuniones con señoras de la alta sociedad, compras, sesiones de belleza, gimnasio y, por supuesto, haciendo cualquier cosa para adorar a su nuevo esposo. —Que me parta un rayo si alguna vez me caso y me pongo como ella —digo con un bufido, mientras muerdo una barra de cereal—. O si simplemente me caso. No soy una de esas traumadas que piensa en no casarse jamás. He aprendido que las parejas son diversas y que todo es subjetivo. Puedes casarte muy enamorado con alguien, pero ese amor se puede acabar en tres días, tres años o nunca. Lo mío, es más bien, por algo práctico. Soy hermosa, lo sé, tengo espejo y mi autoestima muy alta, pero también tengo un tremendo cerebro. Y odiaría que, por casarme, termine metida en una casa cuidando hijos, los que tampoco quiero tener. O peor, que mi esposo me encierre en la casa porque soy más inteligente que él y se niega a que lo demuestre. Si me quedo sola, no tendré que pasar por nada de eso. Esa es la única razón para huir al matrimonio. Miro las cuatro cartas y decido que aceptaré la oferta de MIT. Tomo mi botella de agua, pero está vacía, por lo que salgo con ella en una mano y mi teléfono en la otra. Le marco al único ser que me comprende, porque es tan hermoso y nerd como yo. Irwin McConnor es mi mejor amigo desde hace cuatro años. Nos conocimos por un chat de nerds y descubrimos que vamos a la misma escuela tras quejarnos del tutor del taller de ciencias. Me responde en el segundo tono. “Pastelito, ¿cómo estás? ¿Ya me extrañas?”, se ríe el tonto de mi amigo. —Por supuesto, por eso te llamo —le respondo con ironía—. Te llamo para recordarte la famosa flor. No olvides comprarla y venir por mí mañana. “No te preocupes. Ya la tengo y conseguí rentar una limusina.” —Estás enfermo —se me sale una carcajada y salto los dos peldaños que me quedan—. Pero te lo agradezco. Creo que con eso podré taparles la boca a unas cuantas lechuzas desplumadas. Prometo que te pagaré la mitad en cuanto recupere mi tarjeta. “No seas tonta. Me estás ayudando a evitar que mi madre me mande con una de mis primas.” —Todas son más lindas que yo —pongo el altavoz y comienzo a llenar mi botella. “Claro que no. Tú eres la chica más hermosa que conozco. Eres una mezcla de Afrodita y Atenea, hermosa e inteligente. Y con un toque de Minerva. Eres perfecta. Te irá bien en el MIT, lo sé.” —Qué lindo eres, yo… —pero no puedo terminar de hablar, porque mi teléfono desaparece bajo una mano grande. Levanto la mirada y veo a Dereck. Mira el teléfono, corta la llamada y luego sus hermosos ojos verdes se posan en mí. Trago con dificultad, porque tenerlo cerca me afecta y se vuelve peor cuando su aroma llega a mi sistema. Odio que me guste de esa manera, porque es el esposo de mi madre y me siento sucia. Así que recurro a mi único recurso. —Hola, papi. —Ya te dije que… —No te llame así, pero en vista que me cortaste la llamada con mi amigo, no veo por qué deba hacerte caso —cierro el grifo y le pongo la tapa a mi botella, sin dejar de mirarlo con intensidad. Dereck aprieta su mandíbula, deja el teléfono en la mesada y comienza a sonar con las notificaciones de Irwin. Yo no desvío la mirada, porque sé que, si lo hago, le daré el poder de intimidarme y no se lo puedo dar. —¿No crees que eres demasiado joven para tener novio? —su voz sale ronca, peligrosa y me estremece, pero paso por alto la sensación. —No, en realidad ya debieron besarme, pero he estado ocupada con otras cosas. Tal vez mañana deje que me den mi primer beso… y algo más. —Si te quedas embarazada, olvídate de mi apoyo económico —sisea con tanto veneno, que yo no puedo sino responderle con más que eso. —No te preocupes. Yo no me salté las clases de educación s****l. Es más, llevo meses preparándome para mi primera vez, viendo registros visuales de las prácticas de apareamiento de los homínidos en cautiverio. Veo la cara de Dereck con su gesto de incomprensión y me río. —He estado viendo por… —me cubre la boca antes de que diga «no» para completar la palabra y me ve con los ojos abiertos. —¡¿Es que no tienes pudor?! ¡Yo no tendría por qué enterarme de tus intimidades! —le paso la lengua a su palma y me la quita rápidamente—. ¡Eso no es digno de una señorita! —¿Y quién te dijo que lo soy? Por lo demás, si no quieres enterarte de mis intimidades, no te metas en mis conversaciones ni mis cosas. Si no quieres ser mi «papi», entonces no tienes ninguna explicación que pedirme. Con permiso, tengo que ir por mi vestido de graduación. Salgo de allí lo antes posible y corro a mi cuarto. Me encierro, me apoyo en la puerta de madera y siento que todo se me va a salir por la boca. Pienso en lo que acabo de decirle y abro los ojos. —Maldición. Ese hombre me saca lo peor. ¿Cómo se me ocurrió decirle que veo esos videos para adultos? —bebo un trago de agua y la escupo cuando me doy cuenta de que dije algo peor—. ¡¿Y cómo se me ocurre decirle que jamás he dado un beso?! Golpeo mi cabeza un par de veces en la puerta y bebo agua otra vez. Busco con qué secar mi desastre, tomo mi bolso y salgo de allí, con la capucha de la sudadera cubriéndome todo el rostro. Me fijo que el señor Controlador no esté por ninguna parte y cruzo la puerta de la casa. Uno de los guardias me sale de la nada, lo que me provoca el mismo espanto de siempre, y me dice. —¿A dónde la llevo, señorita? —A ninguna parte, iré yo sola. Camino a la salida, dirijo mis pasos lo más lejos de la mansión y pido un servicio de transporte. Puede parecer tonto, pero no quiero que nadie sepa que vivo en la casa del maldito Dereck Hunt, el joven prodigio y mi dolor en el trasero. En cuanto me subo al auto, respiro hondo, como si pudiera quitármelo de encima. Pero sé que todo lo que está pasando entre los dos, pronto me traerá consecuencias. —Solo espero que no con mi futuro… o esto se pondrá muy feo. Cierro los ojos, apoyo mi cabeza en el asiento y trato de pensar cómo salir de su control lo antes posible o perderé más que solo mi tranquilidad.
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