En la oficina de la editorial Prince, donde los muros eran insonorizados más por necesidad que por lujo, Morfeo se deleitaba en los placeres del sexo que su esposa le regalaba como si el mundo se acabara mañana. Kathy lo montaba con maestría divina, cabalgando sobre su cuerpo desnudo como una amazona en celo, con los muslos tensos y los labios vaginales extrayendo hasta la última gota de deseo de su interior. Y, sin embargo, Morfeo no estaba del todo ahí. Había algo. Un nudo. Un presentimiento que se le había metido en el pecho y le carcomía la mente como una termita insistente. “Dejá de pensar en Fob, cariño, y disfrutá” —ordenó Kathy en un ronroneo mental cargado de deseo mientras lo cabalgaba más fuerte, con el ritmo salvaje de una diosa que sabía cómo romper las almas con placer. P

