Al llegar, se dio cuenta de que la puerta seguía cerrada. No había señales de que Renata hubiera salido.
Subió directamente al dormitorio, pero ella no estaba allí. Sus pensamientos comenzaron a descontrolarse.
—¿Esa mujer fue a contarles a mis padres lo que ocurrió anoche?
Liam apretó los dientes con frustración. Cerró la puerta y salió de la habitación.
Sin embargo, cuando llegó a las escaleras, escuchó el sonido del agua corriendo en el baño.
—¿Todavía no ha salido? —pensó.
Se dirigió al baño y abrió la puerta. La escena que encontró lo dejó paralizado.
Renata yacía inconsciente en el suelo del baño. Su rostro estaba pálido y sus labios habían adquirido un tono azulado. La sangre había teñido de rojo las baldosas blancas bajo su cuerpo.
Sin perder un segundo, Liam la llevó al hospital.
En el hospital, Liam permaneció de pie frente a una ventana. Encendió un cigarrillo y comenzó a fumar. El humo difuminaba las facciones de su rostro, ocultando la expresión que se reflejaba en él.
Renata seguía en el quirófano de emergencias.
Cuando Liam la llevó al hospital, estaba inconsciente y su respiración era apenas perceptible.
Al recordarlo, frunció el ceño.
Todavía podía sentir el temblor de sus manos mientras la cargaba hasta urgencias.
Aunque deseaba poner fin a aquel matrimonio, nunca había querido acabar con su vida.
Había pasado una hora desde que Renata entró al quirófano.
Durante todo ese tiempo, Liam permaneció esperando en el pasillo.
No había informado a nadie de lo ocurrido, ni siquiera a los padres de ella. Sería problemático explicar las circunstancias si llegaban al hospital.
—Señor, ¿es usted familiar de la señorita Anderson?
La voz de un médico lo sacó de sus pensamientos.
El hombre sostenía varios documentos y un bolígrafo.
Liam apagó el cigarrillo que tenía entre los dedos.
Luego vaciló antes de responder:
—Soy... un conocido.
El médico asintió.
—La señorita Anderson nació con una afección cardíaca congénita. Aunque ya fue operada anteriormente, la herida sufrida esta vez desencadenó una complicación. También sospechamos que experimentó una fuerte alteración emocional, lo que provocó el ataque cardíaco repentino.
El médico hizo una pausa antes de continuar.
—Nuestro equipo está haciendo todo lo posible para salvarla.
Luego le entregó un formulario.
—Necesito que firme este consentimiento. Haremos todo lo que esté en nuestras manos para tratarla, pero existe la posibilidad de que...
Antes de que pudiera terminar la frase, Liam reaccionó.
Con una rapidez aterradora, agarró al médico por el cuello de la bata.
Sus ojos se volvieron peligrosamente fríos.
Parecía dispuesto a arrojarlo fuera del edificio.
—¡Señor...!
El médico lo miró horrorizado.
No era la primera vez que pedía a un familiar firmar un consentimiento médico.
Sin embargo, jamás había visto una reacción semejante.
Aquel hombre actuaba como si la mujer que estaba luchando por su vida fuera su esposa.
O la mujer que amaba.
Liam se dio cuenta de que había perdido el control.
Soltó al médico de inmediato.
—Lo siento... Yo solo...
El médico respiró hondo para recuperar la compostura.
—Señor, por favor, mantenga la calma. Haremos todo lo posible para salvar a su esposa.
La expresión de Liam se volvió aún más fría.
El médico se estremeció.
No entendía qué había dicho para provocar semejante reacción.
Sin insistir más, volvió a entregarle los documentos.
Liam tomó el bolígrafo y firmó.
Después levantó la vista.
—Doctor, ella...
—No se preocupe. Haremos todo lo posible.
Liam guardó silencio durante unos segundos.
Finalmente, apretó los dientes.
—Doctor, si necesita otra cirugía... ¿su cuerpo podrá soportarla?
El médico ajustó las gafas sobre el puente de la nariz.
—Si logra superar esta operación y su corazón se estabiliza gradualmente, debería recuperarse. Sin embargo, una nueva intervención representaría una carga enorme para su organismo.
Su expresión se volvió seria.
—Como médico, no recomendaría realizar otra cirugía innecesaria.
Inconscientemente, Liam volvió la mirada hacia las puertas cerradas del quirófano.
No podía imaginar cuánto dolor estaba soportando Renata en aquel momento.
Sin embargo, ya había tomado una decisión.
—Doctor, después de la operación cardíaca, quiero que la operen para que no pueda tener hijos.
El médico se quedó inmóvil.
Por un instante creyó haber escuchado mal.
Liam continuó hablando con frialdad.
Como había mantenido relaciones con Renata, no podía garantizar que aquello no volviera a ocurrir en el futuro.
Y si ella quedaba embarazada, el divorcio sería mucho más complicado.
Por eso, no debía tener hijos.
La petición dejó al médico completamente atónito.
Tras varios segundos de silencio, respondió:
—Puedo realizar el procedimiento, pero debe entender las consecuencias.
Su tono se volvió más grave.
—El cuerpo de la paciente ha sufrido daños considerables esta vez. Incluso si en el futuro intentara revertir la esterilización mediante otra cirugía, existe una alta probabilidad de que jamás pueda concebir nuevamente.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Liam permaneció en silencio.
Por alguna razón, una extraña sensación apareció en su pecho al escuchar que Renata podría perder para siempre la posibilidad de tener hijos.
Era una sensación incómoda.
Difícil de describir.
Como si algo importante estuviera a punto de desaparecer para siempre.
Pero no comprendió el significado de aquel sentimiento.
No entonces.
Años más tarde entendería por qué aquellas palabras lo habían afectado tanto.
Después de un largo momento, cerró los ojos y respondió:
—Hazlo.
Incluso para él, aquella palabra resultó extrañamente difícil de pronunciar.
El médico lo observó en silencio.
Había desaprobación en su mirada, pero no dijo nada.
Después de todo, aquel hombre era el esposo legal de la paciente.
Y, según la ley, tenía autoridad para tomar decisiones médicas en su nombre.
Con una expresión fría, el médico tomó los documentos y regresó al quirófano.