Capítulo 41

1340 Words
XLI Tendido en la cama, bañado en sudor, y luciendo como las hermosas flores cuyo rocío las adornaba en las mañanas, se encontraba Dan Choi, que desplegaba sus piernas como si fueran alas. El de ojos de océano estaba en medio de estas, viendo como su amante suplicaba con los ojos que entrara en su cuerpo, de nuevo, también bañado en sudor, con la mirada embriagada de deseo, con el pecho erguido, con la respiración apenas alcanzándole para otra faena de amor. Dan estaba por estallar de nuevo solo con sentirlo, pero para Alexandro no sería suficiente y la furia en su vientre era lo único que lo mantenía con fuerzas suficientes, y así entró en el cuerpo de su profesor de Historia. Estaba furioso, de eso no había duda, pero no por la revelación de Dan, en ese instante estaba histérico pensando que otro hombre lo hubiera visto así, gimiendo, deseoso pidiendo más, gritando por más. Eso estaba por volverlo loco y peor que ese hombre ahora estuviera de nuevo tan cerca de lo que era de su propiedad. Estaban en el punto sin retorno del éxtasis, iban a estallar ambos, cuando el celular de Dan empezó a sonar y a vibrar al costado de la cama. Alexandro a penas si echó un vistazo y vio que se trataba de Dobargo. —¿Por qué demonios tiene que llamar a esta hora? —espetó jadeando sin dejar de arremeter dentro de Dan. —Está... muy preocupado por mí y por tu reacción...—respondió Dan, sabiendo que pronto terminaría. Tomó a Alexandro por el cabello muy fuerte, Alex no se quejó, no quería que al hacerlo Dan se detuviera. —¡Eres mío! ¡Solo mío! —empezó a decir Alexandro una y otra vez sin cesar. Ambos entonces terminaron en un gemido al unísono, extasiados y sin aliento. El hombre de cabellos de luna se dejó caer por completo sobre ese que tanto amaba. A penas si podían con su propia respiración, y el móvil de Dan repicó de nuevo. Giró la cabeza y lo tomó para rechazar la llamada. —Luego le llamaré... —¿Por qué está tan insistente? —preguntó otra vez Alexandro, sin moverse un milímetro de encima de Dan. —Está preocupado, por como pudieras tomarlo tú... a tu reacción conmigo. Es solo eso, lo llamaré luego y le diré que todo está tranquilo. El de ojos claros se separó del cuerpo de su novio y de inmediato se sentó en el borde de la cama. Dan presentía que esa actitud era el preludio del fin de la aparente calma con la que Alexandro había tomado todo. Solo se quedó ahí sentado, dándole la espalda. El coreano se incorporó un poco e intentó abrazarlo por la espalda, no obstante, fue rechazado. Alexandro se puso de pie y fue hasta una de las esquinas de la habitación sin darle la cara. —¿Él creía que yo iba a hacerte algo? ¿Como golpearte o algo así? —¡No! —exclamó Dan en voz alta—. Él cree que puedes tener una reacción como... terminar conmigo, o enfurecer y... ¡Romper otra silla como esa vez que creíste que me había ido!... Cosas de ese tipo... Dan empezaba a ponerse nervioso porque, justo ahora, su amante vislumbraba esa reacción que Fito temía. —¿Y tú, crees que yo podría hacerte algo? —Viró lentamente para ver a Dan a los ojos. El muchacho ya estaba entrando en otro ataque de pánico al no saber qué responder. El hombre de ojos zafirinos lo observaba fijamente, esperando una respuesta, la que fuera, pero Dan estaba aterrado. —Obviamente, no me ha caído nada bien tu historia con ese tipo, y ahora saberlo tan cerca, no me hace feliz ni por un segundo. ¡¿Cómo crees que pueda reaccionar cada vez que sepa que están cerca, o que se saludan o hablan?! ¡¿Crees que simplemente voy a poder ignorarlo?! ¡Si hay alguien a quien quisiera golpear es a ese tal Liberman! —gritó Greco todo lo fuerte que pudo, ignorando la hora que era y retomó su posición inicial dándole la espalda. Dan se puso de pie, se acercó un poco para intentar tocarlo, pero fue rechazado de nuevo. —Alexandro, nada va a pasar, nada como tú lo crees. Voy a tener que hablarle, en algún momento tendré que saludarlo, pero no será más que eso. ¿Escuchaste acaso todo lo que te conté? ¿Crees en verdad que yo quiero repetir algo así? Por favor, yo solo quiero estar contigo, no tienes que preocuparte... —Es fácil para ti decirlo, tú no debes preocuparte por mi ex amante, porque está muerto. Dan en ese momento sintió como si una daga le atravesara el pecho. No podía creer ni por un segundo lo que Alexandro acababa de decir. —Qué cosas tan horribles dices... ¿En serio, tú crees que me hace feliz el hecho que alguien a quien amaste tanto esté muerto? ¡¿En serio piensas que eso es un punto a mi favor?! —Dan empezó a subir la voz, furioso, Alex aún no le veía fijamente, sabía que había dicho una de las mayores estupideces de su vida—. ¡¿Crees que me hace feliz escuchar cuando lo llamas en sueños?! —Fue ahí cuando el hombre de ojos de mar volteó bruscamente a verlo. Dan estaba temblando, con los ojos inyectados, a punto de lanzarse a llorar—. ¡No me hace feliz saber que lo extrañas y que aún lo amas, pero tampoco me satisface que esté muerto! ¡Cómo puedes decir algo así! Yo te he visto cuando miras tu álbum de fotos y sonríes, seguramente recordándolo... ¿Dime, aquí quién es el que no supera a su ex?... Dime, aquí, ¿quién es el que debe sentirse más inseguro de esta relación?... Dan no pudo detener las lágrimas que le rodaron por el rostro. Fue hasta la cama, tomó una almohada junto con un cobertor, y así, desnudo, salió del cuarto. Alexandro no podía reaccionar aún a lo que acaba de escuchar. No podía creer que aunque en su diario vivir llevara a Dan de mañana a noche en el alma, su sueño lo traicionara de esa manera y no podía creer tampoco que Dan se había dado cuenta de que veía esos álbumes de su época de gloria, aunque no como lo pensaba el de cabellos de noche, no buscando a Marco, buscaba dónde estaba ese Alexandro Greco feliz que fue una vez, para poder ofrecerle algo de aquel hombre que fue a su niño coreano. Dan, entre tanto, se refugió en su estudio y se acostó en el piso alfombrado, que afortunadamente era muy cómodo. Llevaba el aroma de su hombre por doquier en su piel. No quería por ese momento seguir discutiendo y hacer en serio un gran pleito. Sintió que la puerta fue abierta y se cubrió la cabeza. —¿Piensas dormir acá esta noche? —susurró Alexandro que también estaba desnudo. —Sí, te agradezco que lo entiendas. Cerró la puerta y se fue. O eso pareció. Uno o tal vez dos minutos después, Dan escuchó que la puerta de nuevo fue abierta, pero eso no fue lo sorprendente, lo realmente increíble fue que sintió que su amante se acomodaba junto a él, con una almohada y una colcha que había traído de la habitación. —Esta colcha es más grande que ese cobertor —dijo con los ojos cerrados, ya con la cabeza en la almohada, dispuesto a dormir. Dan enterneció con ese gesto y se acomodó en el pecho de su hombre, no podía pedirle que se fuera, no quería que se fuera. Alexandro lo recibió y lo abrazó fuerte, todo lo que pudo. Así entonces los amantes durmieron a la luz de la luna en el piso alfombrado del diminuto estudio del profesor de Historia. *** Fin capítulo 39
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