Capítulo 9

1219 Words
IX —Bueno, me estás viendo ahora —respondió Dan rastrillando un pie en la duela—. Lo haces todos los días. Dime qué deseas. ¡Ah! Ya lo recordé, deseas manosear a Dan Choi. La basura de día, el cualquiera de noche. ¿Eso deseas, no? Muy bien. Alexandro estaba sorprendido con la forma en que Dan se le estaba dirigiendo, y fue peor cuando vio que se quitaba su camiseta y dejaba su pecho al descubierto. Ese momento le generó una angustia que no experimentaba desde que era muy joven. Dan, con la camiseta en la mano, de pie, furioso, parecía más querer irse a los puños. Alexandro intentaba evitar mirarlo, no sabía qué decir. —Ponte tu ropa, por favor… —¿Qué pasa ahora? ¿No te gusta mi pecho? ¿Mis pezones quizás no sean tan claros o tan oscuros como los deseas? Vienes a manosearme, anda, hazlo y lárgate. —¡¡Ya basta!! —gritó Alexandro muy alterado, soltando en el piso su maletín—. ¿Qué es lo que deseas tú? ¡Pensé que entendías el acuerdo al que habíamos llegado! —¿Habíamos, acuerdo? No recuerdo que se haya dicho nada... aparte que ibas a buscar un sitio para acostarte con este tipejo. —Alexandro odiaba que Dan se refiriera a él mismo de esa manera—. Hazlo ahora, todos lo hacen, después de la primera vez me tratan como tú todos los días. Pero creo que tú comenzaste al revés. —No voy a hacer nada, nada que tú no desees. Sin embargo, pensé que tú querías estar conmigo tanto como yo. Y deja de tratarte así, odio escucharte decir eso. No entiendes ni siquiera un poco lo que estoy sintiendo por ti. Alexandro empezaba a alterarse, dio unos pasos a una pared y dejó reposar un puño. Pero Dan parecía no querer detenerse. Se acercó hasta el reproductor y bajó el volumen de la música. —¡Ah, no me digas! Ahora se te alborotó el cariño por mí, solo con haberme visto bailar dos veces, ya tienes sentimientos por este profesorcillo. No dejes que tu amigo entre tus piernas te engañe. Alexandro se ofendió horrible y con furia desmesurada se lanzó sobre Dan hasta caer con él al piso. La mirada enloquecida de sus ojos azules asustó mucho al coreano, y supo que probablemente había provocado a Alexandro para violentarlo. Cerró los ojos, si tenía que ser de esa manera, que fuera rápido y que pudieran seguir con sus vidas. Alexandro, en cuatro, apoyando las manos en el piso a cada lado de la cabeza del profesor de Historia, miraba con ira al tendido hombre. —¡¿Dos veces?! ¡¿Qué maldita sea, crees que soy?! ¡¡Yo te vi desde que llegaste hace un año ya!! ¡¡Yo he tenido que tragarme mi confusión cuando te veo!! ¿Dos veces? ¿Crees que con dos veces yo llego a manosear a las personas? ¿Dos veces? ¿Dos veces y crees que busco una cama? ¡¡Maldito estúpido!! Lágrimas de cólera literal se le escaparon de los ojos, muy traidoras, pues lo último que quería era mostrarse débil. Dan, quien apenas podía acomodar en su mente todo lo que estaba escuchando, sintió cómo una de esas lágrimas le caía en la mejilla. Alexandro pareció darse cuenta, se levantó y se sentó en el piso, dando la espalda a Dan, quien aún estaba tendido. No podía creerlo. Alexandro, aquel que había hablado muchas veces de su gusto por las mujeres, parecía que ahora se debatía por otro hombre. Por él. Se sintió horrible, no podía ni siquiera imaginar cómo era posible que un ser que parecía tan seguro, ahora estuviera en ese laberinto por su culpa. Empezaba, o creía entender, por qué el increíble fastidio que parecía producirle y recordó las palabras que le dijo a Suni: «Es mi muro». Alexandro se estaba protegiendo de Dan, pero en ese salón de ballet cuando lo interrumpió la primera vez, no pudo contenerse más y había salido de su armadura. Dan se incorporó y se puso su camiseta. Volvió a agacharse para tomar a Alexandro por un hombro e intentar hablar de todo ya de manera calmada. No sabía cómo empezar, así que solo se sentó junto a él. —Dime qué deseas, Choi. —Un noviazgo. —Imposible —respondió Alexandro de inmediato—. No puedo darte una relación diferente que no sea por debajo de la mesa. Lo siento. La voz se hizo muy baja. Dan le tomó por una mano intentando calmarle. —No te estoy pidiendo que seamos «novios» ante todos. Solo entre nosotros. Juntos, por debajo de la mesa, como dices, podríamos llevar una relación que no fuera nada más de sexo, que eventualmente se dará claro que sí. Eso quiero de ti. Alexandro lo miró algo confundido. Sería como una relación de adolescentes, pero a los treinta. No le gustaba la idea, no obstante, tampoco quería dejar de estar con Dan. Entendió, eso sí, que si el profesor de hermosos ojos sesgados hablaba con tal sinceridad, él también debía hacerlo. —Yo estoy saliendo con una chica ahora mismo. No tengo pensado dejarla, solo si aceptas eso, podré intentar ser tu «novio». —Es horrible lo que me pides. No sabía que salías con una mujer. —Dan llegaba al máximo de su cinismo, fingiendo no saber nada—. Sin embargo, quizás en algún momento, yo pueda ocupar... —No, Dan, no. No estaré con un hombre en mi vida diaria, no es posible. Y si me caso, será con una mujer. No voy a poder prometerte nada más que no sea un secreto. Al final, esto siempre termina mal, así que tomamos lo que podamos de cada uno en este momento, o se acaba... Pero yo no quiero... que eso suceda. ¿Puedes creer lo egoísta que soy? Ni yo me lo esperaba… Alexandro bajó su cabeza, confundido y aterrado. Dan estaba al borde del abismo. Podría tener a ese hombre y desaparecer a Suni. Pese a eso, la sentencia de Alexandro lo aterraba, porque si no era «ella», sería otra y ya no podría luchar contra eso. Se sintió celoso de sí mismo. Parecía que a Alexandro, Suni le gustaba mucho. Tomó aire y se jugó su último As. Le extendió la mano que fue bien recibida, luego le regaló un leve beso en la frente, a ese caprichoso de ojos de mar. Aceptaba el acuerdo, serían novios a las escondidas. Un juego sobre un campo minado, como sabiamente dijo Alexandro. Estuvieron en silencio un largo rato mientras Dan se alistaba para salir. Aún las cosas en la cabeza estaban calientes y ni siquiera entendían muy bien lo que acababa de pasar. Por fin estaban en la puerta y, antes que apagar la luz, Alexandro le preguntó si podía darle un beso. Dan le sonrió y se puso de puntas para abrazarlo por el cuello y hacerlo tan profundo y apasionado como pudo. Fue largo y tierno. Dan sonreía y, aunque no podía tomarlo de la mano, ir junto a él le alegraba la vida. Aprovecharon el viernes para ir por unos tragos y celebrar su noviazgo. *** Fin capítulo 9
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