VIII
A pesar de tener una charla tranquila con sus colegas, Dan no se encontraba ahí y comía sin darse cuenta. Había dolido la indiferencia, muchísimo. Tenía una extraña sensación en el pecho que le estaba ahogando las lágrimas en la garganta. Empezó a retomar su hasta ahora mediocre vida amorosa, como él mismo le llamaba. Tenía 31 años y jamás había tenido una relación seria con nadie. Cuando se mudó a Estados Unidos, comenzó a sentirse un poco más libre con su sexualidad, pero para su desgracia los hombres con los que se topaba no parecían querer nada más allá de la cama. Eso lo hizo sentir muy mal, porque de verdad deseaba una relación de aquellas cursis. Pese a eso, empezó a creer que con los hombres no se podría.
Por eso optó por cambiar su pensamiento y liberarse del romanticismo, pero eso lo llevó a la cama de muchos insensatos. Su carrera se la había pasado en ser el chico exótico, tomando pésimas decisiones, creyendo que en alguno de esos amantes encontraría uno con quien charlar en las mañanas tomando un café, o en las noches cenando y viendo algún aburrido programa. Le gustaba mucho el sexo, claro que sí, pero eso satisfacía al cuerpo, más no el alma.
Estuvo mucho tiempo sentado ahí, replanteándose lo que había hecho en su vida afectiva. Pensó en «Suni», la relación más sana que quizás había tenido, pues hablar con Alexandro de esa manera era lo que anhelaba hacer como hombre. Pero su dignidad estaba tremendamente afectada y ni qué decir su autoestima, ya que para poder acercarse a él de manera natural, tuvo que llegar a esa bajeza.
Tomó su celular furioso y lastimado en su ego, canceló la cita que «ella» tenía con Alexandro al día siguiente. No sabía cómo controlarse, la cabeza le estaba dando vueltas en lo turbio de toda aquella situación y lo único coherente que pudo pensar era en alejarse de Alexandro Greco en todo sentido, mientras hallaba una respuesta a su corazón, o mientras hallaba la fuerza suficiente para romperle la cara.
Alexandro recibió el mensaje de la dama. Se sintió un poco mal, pero entendió que si estaba enferma y debía estar en cama una semana, pues nada podía hacer si no desearle que se recuperara lo más pronto posible. Creyó la mentira, por supuesto, ya que parecía que la época de la influenza llegaba a su país. Sin embargo, tenía su respaldo. Dan Choi, una abrumadora ironía. Pensaba que si bien no podría verla, a Dan lo tendría esa tarde, o la tarde siguiente, para manosearlo entero y seguir siendo un hipócrita con el resto del mundo. No se negaba él mismo que estuvo muy mal ser tan grosero; aun así, no sentía que lo trataba diferente a otras veces. Había que disimular lo mejor posible.
No obstante, esa tarde en la que vería a Dan, parecía que no llegaba. De alguna, manera y por más de una semana, esperó dentro de su salón de ballet a que el profesor asiático llegara, pero nunca lo hizo. Alexandro no creía necesario que Dan llegara primero, quería tener ese pequeño detalle con él y hacerle saber que también deseaba verlo. No le pasaba nada diferente por la mente, que no fuera que Dan estaba muy ocupado, jamás que no deseaba verlo.
Llegó a pensar que estaba molesto, a pesar de eso, de nuevo recordó que no lo podía tratar diferente o tal vez se delataría. El juego del gato y el ratón tenía que empezar a cambiar. El salón de ballet tenía que cambiarse por otro escenario, ya debían hablarse las cosas como eran, y eso pretendía hacer con Dan, pero él no aparecía. En el día a día parecía normal, siempre iba al lado de Dobargo o de algún alumno, su rostro lucía igual, solo que él no sabía que su corazón estaba muy decaído.
Un ocaso, siete días después, cerró algo desilusionado el salón y se fue de ahí con la esperanza de que el lunes fuera el inicio de una nueva semana, en que sí lo vería. Era un viernes de copas para casi todo el mundo, pero para él, era una noche más de amargura por su simple y gris vida.
—Profesor Greco, pase un feliz fin de semana —le despidió el portero de la entrada—. Tenga cuidado al salir. Por cierto, ¿sabe usted si el profesor Choi saldrá pronto?
—¿El profesor Choi aún está adentro? —preguntó Alexandro tan sorprendido que casi tropieza—. ¿Dónde le dijo que estaba?
—Pues todos estos días ha estado en el salón de ballet, pensé que usted lo acompañaba. Bueno, espero que...
El hombre no pudo terminar de hablar, porque Alexandro salió corriendo como si su vida dependiera de eso. Subió a brincos las escaleras, Dan quizás estaría en su salón, solo que no se habían puesto de acuerdo en los horarios. Llegó, abrió la puerta con particular entusiasmo; no obstante, nada más que silencio y soledad encontró. Cerró de nuevo la puerta, y se recostó un tanto en la pared. Si no era en ese lugar donde estaba Dan, ¿por qué le mentiría al hombre de vigilancia? Tendría que estar en alguna parte, aun así, no podía pensar en un sitio dentro de esa universidad que también le llamara la atención a Dan. Y entonces, de golpe le llegó a su cabeza, el otro salón de ballet. El femenino.
Tenía que recorrer toda la universidad para llegar a ese otro estudio que estaba casi en un sótano. Era mucho más grande que el suyo y todo se debía a que eran más las alumnas a los chicos que estaban en el programa en ese momento. Corriendo sin entender muy bien por qué, llegó a las escaleras de bajada que conducían a ese salón y escuchó la música. La Danza Ritual del Fuego. Tenía que estar ahí eso era definitivo, y sin pensarlo dos veces abrió la puerta de golpe y se encontró con Dan girando sobre su pie. Se detuvo en seco dándole la espalda. Alexandro entendió que las cosas no estaban bien.
—Pensé que irías a mi estudio a practicar. —Alexandro cerró la puerta despacio, aún observando la espalda de Dan. El profesor Choi parecía que no deseaba hablar—. Creo que estás molesto por algo.
La absurda observación hizo que Dan volteara y le viera de frente.
—Dime qué es lo que deseas. Yo ahora estoy practicando un poco. Si no te importa, quiero estar solo.
Dan, quien llevaba su ropa deportiva oscura ya muy sudada, tomó un poco de agua de una botella en el piso. Alexandro sabía que tenía que decir alguna cosa. Pero no sabía por dónde empezar.
—Tú sabes que... yo quería verte.
Dan, con fuego en los ojos, comenzó a agitarse mucho más de lo que ya estaba. Era un completo volcán a punto de hacer erupción.
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Fin capítulo 8