VII
Un fuego que le salió desde el vientre y le subió a los brazos, hizo que Dan pusiera sus manos en los hombros del profesor Greco y lo alejara de un empujón. Alexandro estaba sorprendido, sin palabras. Dan enterraba sus dedos en los hombros de ese precioso ser humano queriendo que se fuera, pero a la vez atarlo a él. Tenía la cabeza agachada, Alexandro no se movía, esperaba que Dan levantara el rostro y saber o adivinar que era lo que estaba pensado, y darle el adiós debido de su vida.
Dan levantó su vista y soltó los hombros de Alexandro, y como al inicio, no dejó de verlo ni un segundo. Ojalá hubiera podido escucharse lo que hablaban sus ojos. Dan lo miraba desafiante, con los labios entreabiertos, agitado, casi furioso. Alexandro se encontraba estático, los pies no le respondían, algo tenía que decir ese hombre y estaba esperando sus palabras.
Pero no llegó ninguna. Dan, poseído y excitado, saltó al cuello de Alexandro, quien con furia y deseo lo recibió y se lo cargó en la cintura. Luego, con la misma fuerza, lo empujó hasta la pared sin dejar de cargarlo, agarrándolo por su firme e incitante trasero. Entonces se dio. Ese beso tan vulgar, tan lleno de saliva y deseo. Unas lenguas que libraban una batalla, unos gemidos ahogados que luchaban por sobrevivir.
El beso no se detenía y cuando por fin frenaron a penas para respirar bien, un ruido fuera del estudio los paralizó. Se soltaron al tiempo, aunque el de cabellos claros lo hizo con especial delicadeza. La puerta estaba girando su perilla, en ese lugar no había donde esconderse y Alexandro corrió a intentar frenar al intruso.
—¡Profesor Greco, qué sorpresa! —habló el hombre que no era otro que el vigilante de esa torre—. Vi la luz y me asomé, al no ver a nadie, decidí entrar para apagarla, honestamente esperaba encontrar al profesor coreano.
El hombre le extendió la mano para saludarlo, Alexandro, que apenas si había abierto la puerta para asomar su rostro, extendió igual la suya para saludarlo. Dan estaba sentado en el piso junto a la puerta, haciendo imposible que el hombre lo viera.
El vigilante parecía querer tener una charla, la verdad era apenas la estrictamente necesaria. Que tuviese cuidado al salir tan tarde, pues se habían reportado algunos asaltos, y que dejara las luces apagadas al terminar. Alexandro respondía apenas con monosílabos y viró la mirada un poco a Dan, quien desesperado y excitado empezaba a masturbarse. Ni siquiera el susto le había ayudado a calmarse. Alexandro, apenas de reojo, le podía apreciar con el palpitar de su entrepierna, así que despidió lo más rápido posible al vigilante y lo siguió con los ojos hasta comprobar que desapareciera en el pasillo. Cerró y se aseguró que fuera con tranca, luego se arrodilló frente a Dan.
—Por favor, no me vea, váyase ya, se lo ruego... —suplicaba Dan, intentando frenarlo, levantando la mano que no tenía ocupada.
—Yo le di esa oportunidad, hace rato ya. Ahora esa súplica no vale de nada...
Como si estuviera poseído, quitó la mano de Dan y puso la suya para continuar esa labor hasta el final, hasta que en su mano sintió el semen caliente del muchacho coreano. Se recostó un poco en el hombro de Dan, él mismo estaba por venirse, aun así tuvo que contenerse. Luego se levantó sin prisa, y de un locker muy pequeño sacó una toalla para limpiarse.
Dan se acomodó la ropa y apenas si podía reaccionar. No quiso verlo, estaba avergonzado. Seguro ahí acabaría todo, se sentía un vulgar, tocarse en semejante situación y, más aún, que quien acabara todo aquello fuera Alexandro. Viró la mirada y se abrazó a sus piernas. Sintió entonces cómo el maestro de ballet se arrodillaba frente a él, de nuevo, y luego le tomaba por el rostro.
—Este sitio es muy peligroso, si nos encuentran estaremos en serios problemas. Por hoy debemos detenernos. Por favor, sal tú primero y yo me iré rato después. Buscaré un lugar para estar tranquilos. Te lo haré saber
Dan lo miró muy sorprendido de que empezara a tutearlo.
—¿Vamos a seguir? —preguntó con algo de inocencia el profesor de Historia.
—Hoy no, claro está. Pero sí. Yo te lo dije, te lo pedí, si no me detenías en ese momento, yo ya no voy a hacerlo.
Alexandro lo soltó y dejó que se pusiera de pie y se alistara un poco. Dan tomó su maletín y le sonrió y Greco le sonrió de vuelta. Sonrojado, salió de ahí corriendo por el pasillo oscuro, sintiendo calor de cabeza a pies. Aún sus labios palpitaban, aún su lengua se saboreaba por Alexandro. Y ni qué decir su m*****o. Se detuvo un momento y se llevó las manos al pecho, sonriendo. Lo había logrado, había logrado besar a ese hombre de hielo y fue bien recibido. Y lo mejor, la historia parecía que seguiría. Ahora ya podía detener la absurda actuación suya como una chica y vivir lo que tuviera destinado con Alexandro Greco, como hombre. Era hora de detenerse con Suni, como Dobargo le había pedido. Era el momento.
No quiso pensar en nada más que en ir a su casa y seguramente soñar toda la noche con ese encuentro. Además, debía alistar la ropa para la cita de «ella» con Alexandro, después de todo, sería la última. Parecía que en ese momento, Dan no quería parar por ningún flanco. Era un ser humano después de todo, uno egoísta, obsesionado y muy, muy estúpido.
Alexandro se tendió en el piso brillante del salón, recapitulando su vida. Y eso que acababa de pasar era lo mejor que le había sucedido en mucho tiempo.
***
La Universidad se dividía en tres edificios enormes que eran llamados «torres», las cuales formaban un trapecio, junto con la entrada principal. En el centro de estos se levantaba un pequeño campo con fuentes de agua y árboles muy altos. Cruzando la calle estaba la cafeteríaestaurante de la misma, solo que desde la torre tres, se llegaba por un puente. El sitio tenía dos plantas, y aun así no parecía ser suficiente para la cantidad de personas que estudiaban o enseñaban en ese lugar.
Tuvo que darse cuenta de eso Dan, cuando ingenuamente compró su almuerzo y empezó a recorrer el sitio sin encontrar un sitio libre. No le quedaba de otra que regresar a la barra y esperar que hubiese lugar. Iba hacia su objetivo cuando escuchó que lo llamaban. Ese día en particular estaba repleto, pero era a causa de la hora. Él casi siempre esperaba para almorzar tarde junto a Fito, pero él no se había presentado, pues había amanecido terriblemente enfermo.
Buscó la voz insistente entre la cantidad de gente y logró ver una mano levantada; entusiasta, se acercó y vio que se trataba de su colega Chris Sheaver, pero sus pies se quedaron privados, pues junto a él estaba Alexandro, que no levantaba la mirada y tomaba lo que parecía café. La mesa de ellos tenía un asiento libre y a Chris, que lo había visto pasar, le pareció correcto invitarlo para que su comida no se enfriara mientras esperaba.
—Profesor Choi, lo vi buscando sitio y acá ya hay uno libre. Por favor, acompáñenos.
Chris le sonreía, pero Alexandro ni siquiera se inmutaba, lo estaba ignorando por completo de la manera grosera que lo caracterizaba. Sin embargo, para Dan era chocante. No esperaba que saltara de dicha y le corriera la silla para que se acomodara, no dadas las circunstancias ahora, pero al menos una mirada y un saludo, odioso, pero saludo. Ignorarlo de esa manera rompía el corazón de Dan.
—Gracias, profesor, no obstante, creo que mejor espero, no quisiera incomodarlos.
—Por favor, nada de eso. Siéntase libre de acompañarnos.
Dan sonrió y tomó lugar en la pequeña mesa. Alexandro actuaba como si no lo viera. Era doloroso. No parecía el hombre que noches atrás casi se lo devoraba. Era un excelente actor, si acaso estaba actuando.
Chris, quien claro que había notado la horrible actitud de su amigo, empezó a conversar con Dan. Cosas típicas de las clases, de los alumnos y de lo inusual que estaba la cafetería ese día, repleta en su totalidad. Alexandro que leía unas notas y tomaba su café, puso la taza en la pequeña mesa y se levantó, apenas diciéndole adiós con la mano a Chris, tratando a Dan como una silla más. Él inclinó su cabeza muy dolido, Chris se dio cuenta, y no supo cómo justificar la actitud de su amigo.
—No se preocupe, profesor Sheaver, es evidente que para el señor Greco soy un fastidio. La verdad es que yo mismo quería pensar que él era así con todo el mundo, sin embargo, parece que a mí me quisiera ver tres metros bajo tierra.
—Por favor, no diga eso. Discúlpelo, es un grosero con todos, yo mismo le haré el reclamo por su altanería, no puede ser que...
—No, no le diga nada, profesor, no soy un niño, no tiene que defenderme o algo así. —Dan sonrió y vio a Chris—. Molesta un poco, pero, pues, la vida tiene que seguir.
Chris le devolvió la sonrisa y supo que tenía razón. A Alexandro no le iba a importar en lo más mínimo el reclamo, aun así, decirle que no fuera un cretino no estaba de más. Chris miró su reloj, debía ir a impartir una clase, se despidió de Dan y se disculpó por dejarlo solo. Dan de nuevo le sonrió y le dijo que no debía preocuparse mientras repetía sus agradecimientos por darle el lugar en esa mesa. En cuanto se levantó, dos maestras llegaron a los lugares vacíos y empezaron a conversar con el hermoso profesor coreano.
***
Fin capítulo 6