Capítulo 37

1481 Words
XXXVII Abrazado a sus piernas y en medio de la penumbra de la noche, Alexandro veía dormir a su amante, su relajado respirar, su cabello alborotado en la almohada, su boca entreabierta, su cuerpo cubierto con la ropa que él mismo le había prestado. Y así, se preguntaba si hizo lo correcto al contarle toda su vida, todos sus miedos, todos sus dolores, todo lo que él había sido hasta ese momento. Jamás a persona alguna, a excepción de Chris, le había hablado sobre su pasado, y, pese a eso, a su amigo no se lo dijo todo, no al menos con tanto detalle. Aquello lo hizo sentir frágil y vulnerable, quizás Dan ya no lo viera como el hombre seguro que había conocido y ahora de alguna manera las cosas cambiaran. Odió eso. Dan, muy al contrario de lo que pensaba Alexandro, sintió que ahora que llevaba un poco de la carga de su amante, le haría ver la vida menos gris de como lo hacía ahora. Se abrazó a su hombre de cabellos de trigo una vez terminó aquella catarsis y le pidió que durmieran, las emociones estaban en extremo alteradas. Alexandro le preguntó y le pidió que le contara su propia historia de cómo terminó en Rusia, no obstante, Dan quiso dejarlo para después, lo suyo, aunque se trataba de un corazón roto en su totalidad, jamás llegaría al nivel de tragedia como lo sucedido con Alexandro, así de devastador. Por ahora el profesor de Ballet era prioridad y Dan sabía que seguro él iba a mostrarse molesto por un tiempo, pues dudaría si fue buena idea el haberle contado su pasado. Era ahora cuando la paciencia del hombre de cabellos de azabache se pondría a prueba. Alexandro, que veía casi cómo amanecía, por fin se rindió al sueño y se dejó caer al lado de Dan de nuevo, ese aroma a nostalgia le traía mucha paz. Dan sintió el movimiento y abrió los ojos, se los restregó un poco y vio a su hombre, a ese que ya no tenía que ver por la mirilla de la puerta para poder soñar con él, pues ahora lo tenía a su lado dormitando. Por fin conocía cada espacio de su cuerpo, cada esquina de esa piel tan blanquecina, ahora se veía en esos ojos del color del mar y la alegría le llegaba al cuerpo en forma de una sonrisa que nadie podía y quizás nadie quería ver. Se levantó despacio, y empezó a deambular por el departamento. Buscó en la nevera un refrigerio, al no hallar nada se preparó un sándwich. El amanecer se asomaba a aquel lugar de recuerdos tristes, así que decidió cocinar el desayuno para tenerlo listo cuando su novio despertara. Se sintió algo mal por usar las cosas sin su permiso, pero pensó que tal vez si todo quedaba muy delicioso, Alexandro lo dejaría pasar. Fue hasta la alcoba, el hombre seguía profundo y de seguro lo estaría un par de horas más. Dan decidió que para aprovechar el tiempo, empezaría a trabajar en el informe del cronograma que debía entregar a la Universidad, aún faltaban dos semanas, pero necesitaba entretenerse en algo mientras tanto. No se negaba que estaba muy asustado y ansioso con lo que seguiría con Alex, con cómo podría simplemente dejar toda esa historia de lado y seguir su vida con él. Todo aquello que le contó fue aterrador, triste, estaba frente a alguien que lo había perdido todo y que, por alguna razón, había sobrevivido. No lograba imaginar las noches de angustia, los días de llanto y decepción, la furia infinita, todo aquello que ese hombre, que lo tenía enamorado, debió sufrir, toda aquella carga que debía arrastrar día a día, aquellos recuerdos que bebían destaparlo en la noche y dejarlo expuesto a las pesadillas, a la frustración. No entendía muy bien el papel que jugaron su padre y su madrastra, pero había algo en toda aquella historia que no le cuadraba en su cabeza. Por supuesto, su misión en ese momento era escuchar y callar, no iba a cuestionar a Alexandro bajo ninguna circunstancia, no en ese momento. Caminado con su taza de café por el comedor del aquel departamento, tropezó con unas cajas que estaban recostadas en lo que él creía que era una pared. Sin embargo, cuando intentó acomodarlas, se dio cuenta de que ahí había una puerta, tan pálida como todo en aquel lugar. Movió las cajas con cuidado y giró la perilla esperando encontrar algún otro secreto, pero se topó con un cuarto muy pequeño, totalmente vacío, que más parecía un estudio. Tenía una ventana enorme por donde entraba mucha luz, y daba hacia la parte posterior de la torre de departamentos. Se le hizo sumamente extraño que Alex no pusiera todas esas cajas regadas por doquier en aquel sitio y darle un aspecto un poco más organizado al resto del espacio. Pensó de nuevo que no era su asunto y que de seguro tendría una muy buena razón, por muy extraña que fuera. Recordó de golpe que sus maletas estaban a mitad de la sala, así que decidió llevarlas a ese cuartito para que no estorbaran por el momento. Arrastró también hasta allá una mesa de centro que vio descuidada y se sentó en el piso para empezar a trabajar en lo que pudiera, no quería quedarse en el comedor y hacer más ruido innecesario. Alexandro necesitaba descansar, cerró la puerta y se puso sus audífonos, ese lugar era ideal, aislado totalmente del resto y muy iluminado. El de cabellos de sol abrió los ojos y ya pasaban de las diez de la mañana. Se estiró un poco y buscó a Dan con la mirada, empezó a llamarlo, pero él no respondía. En ese momento no se preocupó, podía estar en el baño, en la cocina, o quizás había salido a comprar algo. Salió perezoso y vio la comida tapada sobre la estufa, olía muy bien, ese sería un delicioso desayuno. Se sentó en el comedor y empezó a observar todo a su alrededor. Aún estaba algo adormilado, sin embargo, de un momento a otro se levantó bruscamente, caminó hasta el sofá y le dio la vuelta un par de veces, parecía que buscaba algo y así era. Las maletas de Dan no estaban, Dan no estaba; entonces todo ese miedo que había acumulado por años le saltó del pecho y se le deslizó por toda piel: él no había soportado el peso de su historia y se había marchado, habiéndole dejado el desayuno a manera de disculpa. Alexandro no podía creer lo que estaba pasando, se sintió traicionado... abandonado. Había puesto su corazón en una bandeja y Dan lo había tomado y tirado a la basura en certero lanzamiento. Cerró los puños con fuerza, sintió como el calor corporal se incrementaba y se centraba todo en su cabeza, tomó una silla y con todo el odio y la furia del universo la lanzó a la pared haciéndola pedazos. —¡¡TE ODIO, DAN CHOI, TE ODIO!! —empezó a gritar sin control mientras pateaba las cajas a su alrededor, golpeando las paredes y la mesa. Levantó una nueva silla para estrellarla al concreto de nuevo, cuando vio salir de atrás de una pared de la cocina al joven coreano, asustado y agitado. —¡¿Pero qué demonios está pasando?! ¡¿Qué es lo que haces?! Alexandro tenía la silla en alto y estaba en completa euforia, respiraba como si sus pulmones lucharan por el oxígeno. No podía entender de dónde había salido Dan, que solo por temor no dio un paso para acercársele. Poco a poco recuperó la compostura, bajó la silla y miró al piso, seguramente contando hasta diez, antes de siquiera entender lo que acababa de pasar. —De dónde demonios saliste Dan... —jadeó sin dejar de ver al piso—. Te busqué por todos lados. Por supuesto, la afirmación carecía de lógica, de haber buscado por todos lados lo habría encontrado. La situación ya de por sí era muy estúpida, pero no se le ocurrió otra cosa para decir. —He estado todo el tiempo acá, dentro de tu departamento, en este cuarto atrás de tu cocina, hubieras abierto la puerta y ahí me hubieses encontrado. —Hizo una pausa viendo el desastre en el comedor—. ¿Pero qué fue lo que pasó? ¿Recibiste alguna mala noticia o algo parecido? Alexandro no supo qué decir en ese momento. Se sintió un completo cretino al ni siquiera recordar que tenía una habitación extra tras la cocina, él nunca pasaba de cierto punto en su propio departamento; admitir ahora que estaba histérico con la idea que Dan lo había dejado luego de su confesión, lo dejaría en una posición demasiado débil. Así que no dijo nada por largo rato. *** Fin capítulo 37
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