Capítulo 36

1244 Words
XXXVI Alexandro apretó los puños y los ojos empezaron a aguárseles. La voz era temblorosa, la respiración se le hizo pesada y un tanto agitada. Dan no supo qué hacer, no podía detener aquella revelación, no deseaba hacerlo, no obstante, presentía que aquello no era más que un trago de cianuro para su amante de cabellos del color del sol. No movió un músculo, respiró profundo y dejó que del cristal roto de los recuerdos, Alexandro trajera un pedazo. —Esa noche... yo llegué igual que siempre, con algo de dulces en mis bolsillos para darle, con la sonrisa amplia, y con las mismas ganas de hacerle el amor que me poseían al verlo, abrí la puerta y todo estaba normal, aunque mortalmente silencioso. Él no estaba ahí, se notaba... Lo llamé tan normal como de costumbre y cuando abrí la puerta de nuestra habitación... su cuerpo, su precioso cuerpo, colgaba al viento... del techo... Alexandro Greco, el inamovible profesor de Ballet, el pragmático, el de expresión adusta, ese que se caracterizaba por ser frío e inaccesible, exhaló un grito desesperado, al igual que esa noche cuando vio a su amante, a su amor, colgando del techo por la garganta, con lo que parecía ser un trozo de sábana. Sin refrenarse, empezó a llorar desesperado, ahogando gritos y furia con la almohada. Dan estaba en shock. Lo último que esperaba escuchar era del suicidio de Marco. Tenía la boca muy abierta, mirando a Alexandro ahogar su dolor en la almohada que ya había recibido sus lágrimas muchas veces antes. Reaccionó un poco después y se lanzó a abrazar a ese hombre que ahora era un pajarillo mojado y desesperado por encontrar calor y no morir mientras sus alas se secaban. Alexandro Greco le había envuelto su vida en un paquete con un enorme moño n***o, y se lo había regalado a Dan Choi. Todo lo que era el profesor de Ballet estaba ahora en manos de un profesor de Historia que había tumbado su muro, como acertadamente dijo Fito. Ahora, Dan era el responsable de Alexandro y lo sería para siempre. El hombre de Corea se llenó de pánico, de ansiedad, sin embargo, en ese momento, él mismo tenía que estar en un segundo plano. El corazón aún sangrante de Alex estaba ahí, por fuera de su pecho, esperando ser rellenado y zurcido de amor para que volviera a funcionar y ese sería el deber de Dan. —El General había ido a verlo... yo sé que él hizo algo, le dijo algo que desencadenó esa decisión... por eso... por eso... —Alexandro se echó a llorar de nuevo con furia contenida por casi ocho años, años en los que no pudo decir a nadie el amor que ese hombre le había tenido ni el amor que él le había tenido a Marco—. No pude ir a su funeral, vi de lejos cómo su ataúd caía en la tierra y cómo su familia lloraba, pero nadie lo hacía tanto como yo... Dan no lo soltaba del abrazo. Alexandro intentando relajarse, recostó su cabeza en el regazo del muchacho de ojos sesgados y así estuvo un largo rato, mirando al infinito mientras sentía cómo las manos de Dan le acariciaban el cabello, enredando sus dedos en esa sedosa cabellera rubia. Ya no deseaba hablar más, aún faltaba mucho por contar, parecía que las palabras por ese momento se habían acabado. Sin embargo, algo más salió de sus labios, algo que tomó a Dan por sorpresa. —Un día, hace como año y medio, llegó al salón de profesores, un hombre de cabellos muy negros y de ojos de avellanas, que me miró y me sonrió a mí, solo a mí, en medio de todo del mundo. Su sonrisa era cautivadora y encerraba todo el deseo de paz y armonía que yo deseaba. Yo intenté rechazarlo, no quería por supuesto involucrarme con otro hombre jamás. Ya tenía un plan para el resto de mi existencia, casarme, tener hijos e intentar amar a una mujer. Eso era lo permitido, lo bien visto, lo normal. Pero ese hombre me cautivó y caí en la trampa cuando lo vi danzar, cuando vi sus piernas elevarse como si tuvieran alas en sus pies… ahora ese hombre que logra que aparte todo mi triste pasado por momentos, sostiene mi cabeza en su regazo, y estoy aterrorizado de eso. A Dan le quedaba muy claro que hablaba de él, pese a eso, todavía no podía decirle nada. Alexandro se incorporó un poco más calmado y se posó frente a su amante, de rodillas, en la cama. Lentamente, se acercó a su rostro para de nuevo poder respirarlo, sentirlo, y fue cuando buscó sus labios para fundirse en un beso con él. Dan lo abrazó con desespero, pues así le hacía saber que estaba con él y con gusto cargaba sus tristezas también. El profesor de ballet subió un poco el tono del beso y le quitó la camiseta que llevaba, dejando su pecho descubierto, recorriendo las marcas que le había dejado y que a penas empezaban a desaparecer. Una a una las besó, las lamió, como si se tratasen de la más exquisita miel. Dan gemía complacido de todo aquello. Esa era su manera de decirle que era y siempre sería de él, que entendía su dolor, así no hubiera estado presente en ese atroz momento en el que tuvo que ver a su amante colgar del techo. Que si hubiese sabido, no habría tardado casi siete años en llegar a su vida para mitigar un tanto la agonía que lo consumía día a día. Alexandro lo sabía, que Dan se quedó sin palabras, no porque no tuviera nada que decir, sino porque en ese momento no podía decir nada que sonara bien, agradable o esperanzador, pero que su presencia era un todo en el alma lastimada del hombre de mirada zafirina. Con toda la delicadeza del mundo bajó despacio el pantalón de dormir de Dan y empezó a besar su abdomen con deseo, con ternura acumulada, y con toda la gentileza que pudo le abrió las piernas para entrar en su cuerpo una vez más, no obstante, esta sería la primera desde que descargaba su alma. Dan gritaba su nombre desesperado pidiéndole más en cada embestida e hizo lo de siempre, tomarlo muy fuerte por el cabello, como si aquello simbolizara un lazo. Alexandro se movía cada vez más rápido y más fuerte, un nuevo éxtasis llegaba a aquellos infortunados hombres que ya mucho habían sufrido y Alexandro en un último gemido fuerte y alto, dejó todo lo que era dentro de la humanidad de su Dan, haciendo en ese momento un nuevo vínculo, uno que protegería por encima de su vida. El de ojos como el mar, se quedó dormido sobre el pecho de su amante de cabellos de noche, con la expresión tranquila y el cuerpo relajado; Dan, en cambio, se quedó pensativo, asustado. Nunca imaginó que tras ese hombre que se veía tan seguro y tan perfecto, estuviera semejante historia de horror. Le empezó a acariciar de nuevo los cabellos al dormido ruso, sabiendo que debía ser algo más que el amante que abría las piernas; debía ser especial para Alexandro, más de lo que fue Marco, más de lo que sería cualquiera. Cerró los ojos para intentar dormir, convencido que pronto era su turno para contar su propia y desdichada historia. *** Fin capítulo 34
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