Capítulo 33

1592 Words
XXXIII Las horas pasaron angustiosas. Dan solo pensaba y ahogaba lágrimas por lo que pudiera esperarle en el departamento de Alexandro. Los pensamientos iban y venían de lo más negativo a lo más romántico, sin embargo, las palabras de Fito le retumbaban como un balón en su mente. Era cierto, su amante tenía ya definida una vida para él mismo, se lo dijo muchas veces a Dan y a Suni. Pensó entonces que aún le quedaba ella... y era cuando cerraba los ojos y movía su cabeza, Suni, por muy eficiente que hubiera sido, no podría servirle para siempre. Por fin el angustiado muchacho llegó a Rusia. En el aeropuerto, Dan apenas si coordinaba un pie con otro, estaba extremadamente nervioso, la incertidumbre siempre ponía así a cualquiera. El profesor, con sus maletas, tomó un taxi directo al departamento de su hasta ahora amante de cabello como el sol. Pronto, al parecer, ese título terminaría y serían de nuevo solo colegas de la misma Universidad, que coincidieron en la vida y en la cama. Llegó a la puerta del lugar y en efecto, la llave estaba bajo el tapete. Eso quería decir que Alexandro no estaba y que tendría que esperarlo. De seguro aún estaba en la casa de sus padres. Entró sigiloso y todo estaba como siempre, en orden total, con las paredes sin vida y con ese ambiente triste por todos lados. Con muchas cajas sin abrir, como si apenas acabara de mudarse. La puerta de la habitación estaba cerrada y le dio algo de pena entrar sin que Alexandro estuviera presente. Luego de un rato pensó que igual él no iba a enterarse, así que giró la perilla y dio dos pasos dentro de ese sitio que lo había visto desnudo y frágil tantas veces. Fue directo a la cama y hasta ahí caminó, sabiendo que quizás era el último día en que la vería. —Pensé que no ibas a entrar nunca... Dan, espantado, gritó muy fuerte, dio la vuelta y junto a la pared que daba a la puerta estaba él, que había esperado en la habitación todo el tiempo y había pasado a su lado, sin verlo. Estaba ahí, vestido de n***o, hermoso, como las noches de luna llena, con los brazos cruzados, recostado a la pared, con la mirada seria como siempre. Dan apenas si podía con su propia respiración. Alex se levantó y empezó a acercarse lentamente, sus ojos estaban furiosos. Ese era el fin. Dan cerró los suyos esperando la despedida, no obstante, lo que sintió fue que lo tomaron con fuerza por la cintura y lo aprisionaron contra el otro cuerpo. Le fue imposible hablar, cuando abrió los ojos sintió la nariz de Alexandro en su cabello, lo estaba literalmente absorbiendo. Luego salió un suspiro de su boca. —Me hacía tanta falta tener tu aroma impregnado en mi cuerpo... Dan... Fue entonces cuando ese animal salvaje que llevaba Alexandro por dentro se le salió del cuerpo para amar a Dan. De un brusco movimiento se lo cargó en la cintura y lo arrinconó a una pared, empujando fuerte su pelvis contra la del asustado muchacho de cabellos negros, era obvio que quería estar dentro de ese ser lo más pronto posible. Alexandro lo miró directo a los ojos sin decir una palabra y llegó de nuevo ese beso prohibido, devorador, ese mismo beso que tuvieron por primera vez en el estudio de ballet. Dan lo tomaba desesperado por el cabello, halándolo como era su costumbre, ahogando gemidos entre la espesa saliva. La batalla de las lenguas era igual de sensual y perversa, desligadas de cualquier vergüenza ya. Por fin se separaron un poco para respirar, el hombre soltó a Dan por donde lo estaba levantando y lo empujó directo a la cama. El coreano cayó tendido, excitado, mientras veía como Alexandro se quitaba con furia, mucha furia, su camisa. Luego se le lanzó encima, y le arrancó de igual manera la camiseta deportiva que llevaba el profesor de Historia. Lo observó un rato y se sentía orgulloso de que por todo aquel pecho aún se conservaban las marcas que le había dejado. Sonrió, mordió sus labios, y luego puso su boca en los pezones oscuros de ese amante de cabellos de noche, que se retorcía de dicha. Lo que vino después, sorprendió mucho a Dan, pues con desespero, Alexandro le bajó el pantalón y lo dejó por completo desnudo para observarlo de nuevo, pero ya no con la furia inicial con la que lo había recibido: Lo observó con duda. Alexandro Greco, en ese mismo momento, quiso darse cuenta y estar en plena conciencia que estaba por hacer el amor con un hombre, igual que él mismo. Ya en ese momento en que no solo el cuerpo, sino también el corazón, estaban ambos expuestos a la abrasadora luz del sol, no habría marcha atrás para él. Ya no sería solo la piel para satisfacerse, era otro hombre. Uno de pecho plano como el suyo, y aunque eso ya debería tenerlo claro, ese conflicto por buscar una mujer en un futuro debía quedar resuelto para los dos en ese instante. Ya no habría cabida en su vida para una mujer, no lo quería, no lo deseaba. El portarretrato familiar arriba de su chimenea, ya no involucraba a una chica a su lado. Convencido de eso, abrió su boca para atrapar en esta ese pene exquisito, esa hombría que deseaba como nada saborear. Sí, de nuevo caía en el amor con otro hombre y lo adoraba, su corazón y su vientre gritaban que era él. Mientras lo succionaba y sentía que Dan le tomaba fuerte por el cabello, deseaba más, quería sentir en su garganta ese semen que confirmaba por completo su gusto absoluto por su amante. Pero él mismo estaba desesperado por embestirlo, por hacerlo gemir, porque con su voz gruesa gritara su nombre, porque dijera cosas en coreano que no entendería, quería devorárselo entero. Lo giró sobre la cama, y su lengua tan perversa buscaba esa entrada, por donde lo embestiría como un animal. Tomó con fuerza sus nalgas y las separó, abriéndose camino para lamerlo como se le daba la gana. Dan intentó con las pocas fuerzas que tenía, separarlo de ahí, sentía una vergüenza enorme, no obstante, luego que esa lengua estuvo tan adentro, el placer no le permitió otra cosa que gritar por más. Dan serpenteaba de placer, el verano aún era muy intenso y empezó a sudar más de la cuenta. No había palabras, solo gemidos que de nuevo se ahogaron en sus bocas cuando Alexandro lo besó. Dan ya estaba desesperado, Alexandro se separó un poco de él y se recostó en la cabecera de la cama. —Ven acá, niño coreano, quiero que dances sobre mí... Dan lo entendió perfectamente. Alexandro veía todo aquello, extasiado, feliz. El muchacho de cabellos tan negros, también entrelazó sus dedos con esos largos y hermosos de su ruso, reafirmando que así estaban los sentimientos de ambos en aquella relación, mientras se enterraba en ese m*****o tan grande y tan grueso, que le desgarraba, le partía el cuerpo. Alexandro empezó a exhalar gemidos gruesos que Dan no había escuchado nunca antes en él, pues el interior de su amante lo succionaba con furia y eso lo enloquecía. Era el momento, el clímax llegaba al cuerpo del joven de oriente que tomó por los hombros a Alexandro y le enterró las uñas con demasiado ardor. El amante de cabellos como el sol, lo sintió y se quejó un poco. Estaba también por terminar. Ese momento, en el que el éxtasis llenaba su interior, era el despertar de un hombre que había estado dormido mucho tiempo, soñando solo en morir, hasta que una mano muy blanca, se extendió para tomarlo y rescatarlo de las tinieblas que lo consumían. Un muchacho, de una tierra muy extranjera para él, le hizo sentir cosas que jamás había experimentado, uno de ojos sesgados, cabello muy n***o e idioma incomprensible para él. Ese que escondía la mirada de avellana tras unos lentes, le estaba sacando del abismo, luchando con todo lo que tenía, para no dejarlo caer. Estuvo entonces largo rato tendido sobre el cuerpo de Dan, que tampoco se atrevía a decir nada. Se sentó en la cama de repente, viendo a la ventana, donde el sol se levantaba imponente en el cielo. Dan no sabía que decir, cualquier cosa lo quebraría como un cristal, no tenía en mente otra cosa que no fuera una despedida. Aun así, se levantó también, sentándose del lado opuesto al que estaba Alexandro, dándole la espalda. Recordó que traía para él un obsequio muy pequeño, pero con mucho cariño. Se puso en pie con la intensión de buscar ese regalo, perdió un poco el equilibrio, sin embargo, pudo dirigirse hasta la puerta; fue ahí cuando Alexandro lo detuvo. —Yo sé perfectamente lo que dije, y me hago responsable de mis palabras, Dan Choi. —El asustado profesor de Historia giró para verlo, Alex seguía sin cambiar de posición—. Te amo, Dan, y necesito que me escuches ahora. Vas a oír mi historia, y deseo con toda el alma que me prestes mucha atención, entonces ya decidirás... si puedes estar conmigo. Dan sintió que el corazón se le derretía de amor. Se devolvió y se puso de rodillas frente a su Alexandro, ese caprichoso y malhumorado hombre del que se enamoró locamente, para escuchar por fin como ese ser humano precioso, descargaba su alma. *** Fin capítulo 33
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