XXXIV
Tomaron una ducha y se prepararon un café. Alexandro le prestó ropa de dormir a Dan para que no tuviese que usar la que traía en sus maletas, que de seguro no estaba tan limpia. Parecía que hicieran todo el preámbulo para ver una película, y en cierta manera lo era, la película de la vida de Alexandro Greco.
Cuando ya tuvieron la taza de café en las manos, se dirigieron a la cama y se sentaron cada uno en partes diferentes de la cabecera. Dan entonces viendo cómo el horizonte reflejaba las titilantes luces de la ciudad, empezó a escuchar la historia que tenía que contarle su novio, su amante, su todo.
—Bueno, por dónde puedo comenzar... —dijo Alexandro tomando un gran sorbo de café—. Mi madre murió cuando yo aún era un chico y quedé al cuidado de mi padre. Ella siempre quiso que mi vida se viera enfocada en las artes, me decía que el arte, cual fuera que fuese, era lo mejor para un mundo que se devastaba en guerras, por eso, desde muy pequeño, me incentivó en toda clase de actividades, desde tocar el violín hasta el teatro, pero fue en el Ballet donde me destaqué. Ella estaba feliz y la verdad yo disfrutaba mucho el danzar. El General nunca vio problema en eso...
—¿El General? —interrumpió Dan muy curioso.
—Verás, El General es como le dicen a mi padre, o mejor como le decimos a mi padre. Él realmente no es General del ejército, pero sí hizo parte de la policía secreta de Moscú, y le apodaron así por ser rígido e implacable en su trabajo. Según me contó, cuando conoció a mi madre, dejó atrás toda su vida en la policía y se hizo maestro. Creo que por eso yo también tenía esa tendencia, mi madre también era maestra.
Dan tenía la boca muy abierta. Ya desde sus orígenes, Alexandro tenía una vida muy interesante. Quiso hacerle mil preguntas acerca de su padre y de su madre, pero en ese momento solo se dedicaría a escucharlo, pues lo pedía a gritos.
—Mi madre enfermó y nunca supimos la razón de su deterioro y muerte. Mi padre fue el más afectado con su partida. Se encerró, se acorazó, mejor, y ya nadie pudo traerlo de donde estaba, la amaba demasiado.
»Sin embargo, me dejó a mí a la deriva, yo esperando por él para que pudiéramos compartir el dolor juntos. Así entonces la brecha entre nosotros se hizo más extensa, más profunda y sé que llegó el punto en que me odió con su vida y aún debe hacerlo. No sé exactamente los motivos, pero llegué a ser su punto n***o.
»Aun así, por fortuna, no estuve solo, Manini era una gran amiga de mi madre, casi como su hermana, y se hizo cargo de mí. Intentó darle a mi vida la alegría y la calidez de una verdadera mamá, y por eso El General se casó con ella. Dudo que la amara, solo lo hizo para que se hiciera cargo de mí.
»Ella intentó que yo dejara de danzar, pues sabía que eso molestaba a mi padre, el Ballet no era para hombres. Yo me desilusioné un poco y un día, solo por casualidad, tendría tal vez doce o trece años, vi por la televisión un programa donde se hacía la presentación del Ballet Bolshoi, y supe que mi vida entera la dedicaría para entrar en este.
Le pedí a Manini que me llevara a la academia que ellos tenían y ella, por fortuna, accedió. Al inicio me fue fatal, un horror, la exigencia ahí era mucho más alta de lo que yo pudiera imaginar y la verdad, me sentía algo derrotado. No obstante, se me convirtió en un reto que amé de principio a fin.
»Yo tenía el cabello muy largo, mi madre amaba que lo tuviera así, pero Manini me dijo que era mejor cortarlo. Yo le hice caso en todo lo que me dijo; ella me salvó cuando era pequeño y es mi madre ahora. Nunca entendí por qué El General la trataba y la trata tan mal si lo único que quiso fue ser esa madre que yo perdí. En fin... Resultó ser que era muy bueno, no tanto como para ganar un sitio en el aquella compañía, pero lo suficiente para probarme en otras no tan grandes y que me trajeron mis primeros reconocimientos.
»Todos estaban sorprendidos con mi talento, mi entrenador era un viejo cascarrabias, aun así, me apreciaba mucho y me enseñó todo lo que sé y con lo que ahora me defiendo para enseñar a esos muchachos. Algunos muy torpes para mi gusto.
Dan lo miró con una media sonrisa. Sus alumnos eran excelentes, pero Alexandro siempre quería más de ellos.
—¿Cómo le pareció a tu padre que te dedicaras de lleno al ballet? —preguntó Dan dejando su taza en la mesita de noche, mirándolo fijamente.
—Creo que no le importó. La verdad es que su cordura empezó a flaquear con los años y Manini me decía que entraba y salía de estados de conciencia y no se sabía si estaba en el presente o en el pasado. Recuerdo que una vez me invitó a cenar y me dejó plantado. Realmente yo quería conversar con él, lo esperé por horas en el sitio que Manini me indicó, sin embargo, nunca llegó. Quizás fue la última vez que esperaba poder hablar con El General, ya yo era un hombre hecho y derecho. Él se escuchaba tan entusiasta cuando me dijo que deseaba celebrar conmigo mis victorias, y por un segundo creí reconocer a ese padre que me amó como nadie, antes que mi madre falleciera. Yo lo amaba Dan, pero él destrozó mi vida como no tienes idea.
—¿Qué fue eso tan grave que hizo? Hasta el momento lo único que escucho es que es un hombre con el corazón roto por la muerte de su esposa y que no quiso hundirte en su propio dolor. Estuvo mal que te alejara de su vida, no obstante, hay tanto resentimiento en tus palabras que no imagino lo que pasó.
Alexandro lo miró con algo de sorpresa, se suponía que con su relato, Dan también en ese punto debería sentir desprecio por El General.
—Ahora es cuando comienza mi verdadera historia Dan, esa que deseas escuchar, la que de verdad deseas escuchar.
Hizo una pausa, intentando buscar las palabras con las cuales comenzar a hablar. Dan, viendo todo ese debate interno, lo tomó por una mano y se la estrechó fuerte. Con ese simple gesto le hacía saber que él estaba ahí para escucharlo y quedarse a su lado.
—Dan, cuando yo tenía veintitrés años conocí a alguien... que llenó mi vida de color, de alegría y de sueños. Llegué a sentir tanto amor por él, que no me importaba enfrentar al mundo y pelear con quien fuera por su amor... sin embargo, la realidad fue una maldita... pero bueno, empezaré desde el comienzo.
»La compañía a la cual yo pertenecía, hizo un cambio en casi todo su personal técnico, dejando solo los entrenadores más experimentados, entre esos el mío, por supuesto, no obstante, los asistentes de ellos fueron reemplazados por personal más joven y entre esos, estaba él.
Alexandro miró a Dan, que estaba muy atento a lo que estaba contando. Era la hora de ser honesto, pese a eso, no sabía cómo le caería a su amante hablar de alguien a quien amó tanto.
—Se llamaba Marco, era un año menor que yo y se acercó a mí, admirado por mi destreza y por mis triunfos. Al inicio lo creí un oportunista que quería solo acercárseme para sacar provecho de alguna forma, Manini siempre me dijo que tuviera cuidado con las personas muy amables.
Dan empezaba a creer que «Manini» era quien había mantenido a Alexandro prevenido de todas las cosas del mundo y de alguna manera lo había alejado, aun así, él hablaba con tanto entusiasmo de esa mujer que por ahora lo mejor era no cuestionarlo.
—Él era diferente. Siempre tenía una sonrisa, siempre parecía que una luz iluminaba su cuerpo cuando caminaba, incluso su aroma, era como estar en medio del bosque en tranquilidad y satisfacción total, como cuando sientes todo el universo soplar en tu cuello... y durante un año insistió e insistió hasta que por fin yo respondí a toda su amabilidad.
Ahí, la voz gruesa del hombre con ojos de océano, empezó a quebrarse.
***
Fin capítulo 34